A una semana de la elección de gobernadora, la unidad sigue siendo la clave del proceso tanto para Morena como para la coalición PRI, PAN, PRD y Nueva Alianza por lo que la definición quedará en manos de quien haya logrado mantenerla

J. Israel Martínez Macedo

Estamos entrando en la recta final del proceso electoral del Estado de México y los escenarios están tal y como se habían previsto al inicio: con un cierre no apto para cardíacos. Morena dice llevar una ventaja inalcanzable y la alianza dice que ya los rebasaron; lo cierto es que en ningún bando hay certeza de lo que pueda pasar.

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En noviembre del año pasado, en un contexto donde Delfina Gómez estaba desaparecida y una operación cicatriz que no terminaba de cerrar con Higinio Martínez, por un lado; y con una Ana Lilia Herrera aún molesta por la designación de Alejandra del Moral como candidata priísta escribía yo:

“Lo dije antes y lo repito: El nombre del juego para el proceso de 2023 es ‘unidad’ porque en un choque de fuerzas de igual o similar magnitud, como el que se dará, solo la que sea más sólida prevalecerá mientras que la otra, bueno, es obvio ¿no?”.

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A menos de una semana para que se lleve a cabo la elección, “unidad” sigue siendo la palabra clave y definitiva de este complejo proceso, sin duda, el más competido e interesante de los últimos años. Con una seria posibilidad de que ya no sea un priísta quien despache desde Lerdo 300 pero igualmente viable que los morenistas la vuelvan a cruzazulear como ocurrió en 2017 (o peor).

En ambos bandos lo tenían muy claro y así estuvieron actuando: los morenistas se lanzaron a la caza de los tránsfugas de cualquier partido que se quisiera sumar a su causa. Rencor, venganza o ambición, no importaban los motivos en tanto pudieran convencer, principalmente a los priistas, de abandonar su barco y subirse al yate de la 4T.

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La estrategia consistió en acercarse a algunos liderazgos priístas o expriístas que se pudieran sentir ignorados por sus liderazgos para atraerlos al redil del pastor bajo la promesa de que, tras la victoria, habría un lugar para todos en la mesa del “Señor”. Así, como si se tratara de la flor de la abundancia, intentaron construir sus pirámides de reclutas quienes, creyentes de que la elección estaba perdida, preferían buscar mejores opciones en otros lares.

En otros casos, la estrategia fue más directa. Más de un priista recibió una oferta económica según su rango, nivel o valía; cálculo económico ofrecido por la 4T. La compra de voluntades se hizo presente; algunos cedieron ante cañonazos millonarios y otros tantos se mantuvieron incólumes; eso sí, esperando haber tomado la decisión correcta y calculado el escenario preciso.

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La razón de este actuar es simple para los morenistas: la única manera de vencer al PRI y a su alianza con el PAN, el PRD y Nueva Alianza es que fueran los propios militantes de estos partidos quienes los llevaran a la derrota. Dicho de otra manera: Morena no podría ganarle a esta coalición, así que lo único que les quedaba era intentar que la coalición se venciera a sí misma y en eso se han enfocado.

No sería la primera vez que los morenistas actúan así, de hecho, una buena parte de sus último triunfos en las gubernaturas han estado relacionadas con la falta de acción de los partidos de oposición, la incapacidad de construir alianzas o la división de estructuras que se fragmentaron ante la ausencia de una representación que los identificara.

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El ejemplo más claro y reciente sería el del vecino estado de Hidalgo, el rumor de que Omar Fayad, el exgobernador priísta podría ser nominado como embajador en Israel sería el ejemplo más claro de cómo ha operado estos temas las 4T. En ese estado, la elección se definió desde la imposición de Carolina Viggiano como candidata; ahí Chong y Fayad se hicieron a un lado y la abandonaron a su suerte con resultado ya conocido.

Pero en la entidad mexiquense se trabajó para mantener la unidad y fortalecerla, los sectores priístas poco a poco se fueron conjuntando a pesar de las dudas y los rumores que desde el otro bando hacían correr. Aún así, se tiene identificados algunos líderes que han jugado a dos y, a veces, hasta a tres bandos, a quienes se les observa y se les permite actuar porque, bueno “no son los tiempos” (la tradicional advertencia tricolor que recuerda el “verás cuando lleguemos a casa” de las mamás mexicanas).

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Del otro lado las fracturas y divisiones también existen y son latentes, algunas, irreconciliables. Ecatepec, uno de los principales bastiones morenistas suena entre la lista de municipio en donde Delfina no contará con un respaldo ni apoyo. Las diferencias entre Fernando Vilchis y Azucena Cisneros son evidentes y el alcalde ha dicho abiertamente que no hará demasiado mientras la diputada mexiquense esté en el círculo de la candidata; eso sí, sigue haciendo presencia pero no más.

También los hay algunos que en su momento buscaron sumarse de buena lid al proyecto morenista y que aseguran que fueron ninguneados o maltratados por un Horacio Duarte amo y señor de la campaña, quien en el afán de ganar simpatías prometio atención y apoyo pero que después simplemente entregó desplantes olvidos; algo que los liderazgos de Morena no han visto con buenos ojos.

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Así las cosas, a una semana de que la jornada electoral se lleve a cabo, pareciera ser que las traiciones y los amarres que ocurrieron (¿o siguen ocurriendo, quizás?) en ambos bandos terminaron equilibrando la balanza y anulando la estrategia de hacer que los miembros de la alianza se vencieran así mismos.

En la experiencia nacional, Morena no parece tener aún la fuerza para garantizar los triunfos y lo único que le queda es operar para que sean sus opositores quienes terminen derrotándose a sí mismos. ¿Será este el caso del Edoméx? ¿Derrotarán las diferencias, las traiciones y los rencores a Alejandra del Moral? ¿Podrá Morena compensar las ausencias ocasionadas por las malas decisiones de su equipo de campaña? ¿Alcanzarán a reintegrar a los ofendidos o se sobrepondrá la soberbia? Lo sabremos en ocho días, quizás más, pero seguramente no en menos.

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