Entrar a un panteón en estas fechas de Día de Muertos es dar un vistazo al futuro del descanso eterno; es sentir la solemnidad de la muerte y el festejo a la vida
J. Israel Martínez Macedo / @Mega_IsraelMtz
Según la nueva cosmogonia mexicana hay una noche en la que las estrellas bajan del cielo para apacentar en los panteones; los pequeños destellos de luz inundan el camposanto para iluminar el regreso de las almas de quienes se han adelantado al Mictlán, a la tierra de los muertos, el destino final de los nacidos aquí, donde un águila que devoraba una serpiente marcó el destino de toda una nación.
En los alrededores hay una verdadera verbena popular, puestos de todos tipo de comida y bebida, la tradicional garnacha mestiza que conjunta en su haber el misticismo del maíz envolviendo los sabores que aportan el pollo, la res o el cerdo que trajeron los españoles desde el otro lado del mar y que, sin proponérselo, se convirtieron en la esencia misma del festejo de esta noche, el sincretismo único de la fe católica y el culto a los muertos que regresan sin resucitar porque, de alguna manera, nunca se fueron.
Entrar a un panteón en estas fechas es dar un vistazo al futuro del descanso eterno; es sentir la solemnidad de la muerte y el festejo a la vida; es convivir con la sobriedad de los rezos que ruegan por nosotros y por el alma de los fallecidos a la par de entonar canciones populares de Cuco Sánchez, Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez, Lucha Reyes, Javier Solis, Lucha Villa y varios más que pese a la fama alcanzada parecieran estar a una generación más del olvido perpetuo.
México es el lugar donde la muerte y la vida se encuentran durante toda una noche para bailar al ritmo del silencio solemne del panteón y del estridente corazón de las familias que no olvidan ni abandonan; una voluptuosa danza que se vuelve admirable, impactante pero incomprensible para aquellos que no han nacido en esta tierra y que se asoman para atestiguar la extravagante reunión entre los vivos y los muertos, mexicanos todos porque como dijera Chavela Vargas, «los mexicanos nacemos donde se nos da nuestra chingada gana» y así lo sentimos en el corazón al acercarnos a esta festividad sin importar en que país hayamos nacido, y mientras tanto se escucha su voz al fondo:
No sé qué tienen las flores, llorona
Las flores del camposanto
No sé qué tienen las flores, llorona
Las flores del camposanto
Que cuando las mueve el viento, llorona
Parece que están llorando
Que cuando las mueve el viento, llorona
Parece que están llorando
Coplas que inundan el viento mientras el aroma a café con canela mezclado con el propio del cempasúchil, el nardo, las gardenias y otras flores complementan el ambiente y le dan su toque de autenticidad mientras la luz de las velas iluminan el camino de vivos y muertos bajo el manto perpetuo de la noche y la complicidad serena de una luna que empieza a menguar.
A un Santo Cristo de fierro, llorona
Mis penas, le conté yo
A un Santo Cristo de fierro, llorona
Mis penas, le conté yo
Cuáles no serían mis penas, llorona
Que el Santo Cristo lloró
Cuáles no serían mis penas, llorona
Que el Santo Cristo lloró
Las anécdotas de los que se adelantaron en el camino a Mictlán o al cielo o a donde sea que las almas vayan a descansar un año hasta su siguiente regreso, fluyen como ríos de sabiduría y gracia, recuerdos del pasado que alumbran el presente; destellos de conocimiento y experiencia que dilucidan y explican viejos secretos familiares o que muestran el camino andado y por el que más de uno encuentra la revelación necesaria para continuar el día a día o aliviar una antigua pena de la que, gracias a esta charla, por fin podrá liberarse.
Así, después de rezos, fiestas, alcoholes y canciones llega el momento de la partida, ya los niños han caído rendidos y se entregan al sueño, puente incomprensible entre este mundo y el de sus ancestros; ahí los ven, los tocan y juegan con ellos, hablan de nuevo con el abuelo y comparten la ofrenda con la abuela para después despedirse y recibir el último consejo que habrán de compartir con la familia al despertar.
Como cada año las familias cumplen, se alejan de la cotidianidad, de los problemas, de las carencias, de las presiones y de los dolores para compartir con sus antepasados de una noche de magia y dolor, para convivir con la muerte, hacerla su amiga y recordarle que el sentido de su existencia, su razón de ser radica en la vida misma porque para morir no es necesario dejar de estar vivo pero sí haber sido olvidado por lo que llega el momento de la despedida, del adiós, del hasta pronto, del hasta el próximo año.
Ay de mí, llorona
Llorona, tú eres mi chunga
Ay de mí, llorona
Llorona, tú eres mi chunga
Me quitarán de quererte, llorona
Pero, de olvidarte, nunca
Me quitarán de quererte, llorona
Pero, de olvidarte, nunca





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