El ocaso del sol azteca y el destino de sus ex-aliados

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J. Israel Martínez Macedo - Demonios en directo

El sol azteca perderá su registro pero PRI y PAN no están peligro, lejos de eso, son necesarios para la narrativa de Morena y eso les garantiza seguir subsistiendo

J. Israel Martínez Macedo / israelmartinez.com.mx

La noticia caló hondo en la izquierda moderada de México; los resultados electorales confirmaron las sospechas y al no alcanzar el 3% de la votación presidencial, como lo establece la ley, el Partido de la Revolución Democrática, el PRD, el del Sol Azteca, desaparecerá del panorama político del país y aunque el llamado de atención recae sobre el panismo, y especialmente en el priismo; ambos institutos están a salvo, principalmente, porque Morena los necesita con vida y con bien.

Comencemos por el PRD. En cierta forma podríamos decir que el PRD es medio hermano, o mejor dicho, hermano político, del Instituto Nacional Electoral (INE), bueno, en aquel entonces llamado Federal (IFE). Ambos nacieron de la “caída del sistema” ese gran fraude orquestado por Manuel Bartlett en 1988 que retrasó 12 años la transición democrática del país y dejó perfectamente claro por qué las elecciones no pueden ser organizadas por los gobiernos en turno.

La izquierda que se unió y apoyó a Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano para casi obtener el triunfo presidencial, se reagrupó y en 1989 se consolidó en un nuevo partido político, uno que en su momento llegó a amenazar con la posibilidad de derrocar al priismo de su perfecta dictadura… nunca lo logró. Pese a ello, tuvo triunfos importantes como el ser el primer partido y prácticamente el único en gobernar la Ciudad de México, hasta la escisión morenista de 2012-2014.

El perredismo tuvo sus altas y sus bajas, sobre todo cuando su líder moral cedió el bastón de mando y el control; ahí surgieron las llamadas tribus que desataron una lucha interna como no se había visto antes en ningún otro instituto político en el país pues la disciplina del priismo y el dogmatismo del panismo no dejaban espacio a confrontaciones y peleas de ese tipo entre sus filas.

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Es difícil identificar cuándo fue el principio del fin del perredismo pues cada analista podría considerar distintos momentos (incluso los hay quienes consideran que su suerte estaba echada desde el día en que surgió) pero, sin duda, todos coincidiremos en que el golpe mortal, aquel del que no pudo levantarse, fue precisamente el rompimiento del lopezobradorismo después de la segunda derrota por la Presidencia de la República que dio origen a Morena.

En realidad el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) fue conformado como asociación civil en octubre de 2011 como una agrupación alternativa al PRD para impulsar la segunda candidatura de López Obrador a la Presidencia de la República pues se preveía que los perredistas no estaban muy de acuerdo en apoyar este segundo intento por lo que se volvía necesario aglutinar a los seguidores de AMLO en un organismo que mostrara su fuerza y alcance.

Los resultados electorales de 2012 fueron contundentes y López Obrador fue derrotado en las urnas por una aplanadora mercadológica que llevó de regreso al PRI a la Presidencia; el perredismo le advirtió a López Obrador que no habría una tercera oportunidad y fue entonces que el tabasqueño estructuró su asociación civil para conformar un nuevo partido con lo más radical del perredismo y lo más dolido del priísmo, el ala que ya no encontró acomodo en ese intento de rebrading denominado “nuevo PRI”.

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Con el surgimiento de Morena, el perredismo vio diezmadas sus filas y nunca más pudo recuperarse del golpe; el lopezobradorismo les arrebató no solo presupuesto, militancia y satélite (el PT), también el derecho a ser considerados “defensores del pueblo” y el ser la imagen preponderante de la izquierda mexicana.

El PRD nunca se recuperó del golpe; recuerdo que en la elección del año pasado, mi colega y amigo Alfredo Albiter “El Pollo” le lanzó en Villa de Allende a Jesús Zambrano el comentario casi acusación de ser él el responsable del crecimiento de López Obrador al apoyarlo en su segundo intento de alcanzar la Presidencia y entregarle los recursos del perredismo en ese ahora lejano 2011-2012. El líder nacional del sol azteca no pudo más que agachar la cabeza brevemente, sonreír con culpa y volver a alzar la mirada para reconocerlo. Ahora vemos que “amor con amor se paga”.

En 2018 Morena se sacudió por completo al perredismo y lo metió al cajón de “la mafia del poder”, el perredismo se vio imposibilitado para plantarle cara al furioso lopezobradorismo que estaba dispuesto a arrasar con todo y con todos con tal de alcanzar el objetivo presidencial para su líder y lo lograron. El perredismo no tenía posibilidad de supervivencia compitiendo en solitario y así prolongó su agonía al aliarse con sus otrora eternos rivales, ahí llegó la segunda estocada, buena parte de los perredistas que quedaron decidieron sumarse, por eso, al morenismo y los que advertían peligro en el talante radical de su izquierdismo prefirieron quedar huérfanos de partido y representación.

El PRD sobrevivió de dádivas del PRI y el PAN pero, sobre todo, de transfusiones artificiales de votos que permitían mantener latiendo su dañado corazón; para colmo, los conflictos internos por lo que quedaba de poder continuaron y menguaron las filas como fue el caso del Edoméx con Christian Campuzano y Omar Ortega o, apenas en este proceso electoral, con el rompimiento entre Jesús Zambrano y Luis Espinosa Cházaro que exterminaron cualquier posibilidad de resurgimiento del perredismo en la capital del país.

Después del golpe de 2018 no solo no hubo trabajo por recuperar su militancia, esta fue escurriéndose entre los dedos de una dirigencia que estaba más preocupada por mantener con vida la maquinaria, fuese como fuese, que por cuidar lo poco que le quedaba de su gente que veía en Morena o en el satélite PT una opción más clara para continuar su camino.

El plazo se cumplió y aunque impugnarán la elección del pasado 2 de junio, los perredistas saben que ya no hay mucho más que hacer; el partido se ha perdido e incluso ya anuncian la posibilidad de conformar una nueva organización política de la que no queda claro qué o cómo o quiénes pero que está ahí, como un último rayo de esperanza en el ocaso del sol azteca.

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Con esta caída hay quienes advierten al PRI y al PAN que deben estar atentos porque podrían ser los siguientes en la lista pero esto está muy lejos de convertirse en realidad por que Morena los necesita a ambos para mantener su narrativa de confrontación y división que tan buenos resultados le ha significado en las urnas.

El panismo representa todo lo que la izquierda y las clases bajas (la fortaleza electoral del Morena) odian. Son los fifís, los ricachones, los conservadores, los neoliberales aspiracionistas, los privilegiados, los que con sus empresas abusan de los pobres y se enriquecen con el trabajo de la gente y el apoyo de los gobiernos corruptos que los han tolerado sexenio tras sexenio; un enemigo así, tan perfectamente construido para enaltecer las filas del morenismo no se puede perder y no lo hará porque es el antagónico natural de esa imagen de víctima justiciera que se ha conformado Morena para sí y los suyos. Por eso los blanquiazules seguirán ahí, son el enemigo necesario y perfecto porque su estructura no es tan grande y difícilmente crecerá, no son una amenaza para los guindas.

Por su parte el priismo también es indispensable para Morena y por eso no están en riesgo de desaparecer, basta con mantenerlos debilitados tal como los tiene Alejandro “A(m)lito” Moreno para estar tranquilos; el PRI es necesario para la narrativa morenista no solo por ser el epítome de la corrupción del pasado, la imagen viva del abuso, los moralmente derrotados, los clavos de Cristo y cualquier otra figura retórica que le sirva a Morena para pintarlos como los responsables de todo lo malo que ocurre en el país; pero más importante aún, el PRI es indispensable para que las bases morenistas no descubran que sus filas están llenas de lo que, en contraposición, debería ser llamado “el viejo PRI”.

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Mientras el PRI exista los expriístas podrán ser morenistas redimidos; los Barttlets, los Monreal, las Sansores, los Durazos, los Navarros, las Cuellar, los Menchaca y todos aquellos que militaron en las filas tricolores orquestando y operando para el PRI lo que hoy orquestan y operan para Morena; el PRI no puede desaparecer porque al hacerlo se caería el velo de pureza, la piel de oveja que esconde al lobo y que impide que al despertar descubran que el dinosaurio aún está ahí y, peor aún, convive con ellos.

La desaparición del PRD no asusta a las dirigencias panistas y priístas (incluso podría decirse que les quita un peso de encima pues ya pueden negociar entre ellos posiciones a placer) porque se saben útiles para un partido hegemónico que mantiene el control absoluto del panorama político, el que revivió el presidencialismo imperial y que los tiene justo donde quiere y los necesita: débiles, en la lona y sin posibilidad de hacerle daño, rotos pero vivos.

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