Escritor e investigador para la paz. Servidor público durante 27 años. Articulista y comentarista con temas de paz, historia y cultura. Autor en publicaciones del Ayuntamiento de Toluca y el Fondo Editorial del Estado de México (FOEM), donde se desempeña como integrante del Comité Técnico.
El Estado de México perdió territorios en su camino a consolidar identidad. Hoy es símbolo de adaptación y transformación ante desafíos históricos
Actualmente, el territorio del Estado de México cuenta con poco más de 21 mil kilómetros cuadrados y es el más poblado del país, con casi 17 millones de habitantes. Ocupa el lugar 25 entre los 32 estados, con solo el 1.1% de la superficie del país. Su posición es privilegiada al rodear la capital mexicana, principal centro de desarrollo, y ser un cruce de caminos para otras entidades como Querétaro, Michoacán, Hidalgo, Tlaxcala y Puebla.
No siempre tuvo esta condición. Como sabemos, en 1924 se estableció como fecha de erección del estado el 2 de marzo de 1824, con la instalación del primer congreso. Se considera que, a partir de ese día, inició la vida institucional de nuestra entidad. Entonces, el Estado de México incluía los actuales estados de Guerrero, Morelos, Hidalgo, la propia Ciudad de México y el distrito de Calpulalpan, en Tlaxcala. Su extensión se extendía desde la Huasteca hidalguense, en el norte, hasta las playas de Acapulco, en el sur, superando los 130 mil kilómetros cuadrados.
¿Cómo fue que una extensión tan vasta disminuyó hasta ser seis veces menor? El siglo que siguió a la creación del Estado de México fue convulso, política y socialmente, con cambios de capitales y segregaciones territoriales que dificultaron el desarrollo de una identidad propia. Una rápida revisión de los hechos sucedidos durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX refleja esta evolución, hasta conformar el Estado de México que hoy conocemos.
En un principio, el Estado necesitaba una capital fija. La Ciudad de México fue la primera capital, del 2 de marzo al 18 de noviembre de 1824. Sin embargo, un decreto del congreso mexicano en esa fecha determinó que la Ciudad de México fuera la sede de los poderes federales. Así ocurrió la primera segregación territorial, que significó la pérdida de la primera capital estatal, comprendida en un radio de dos leguas (equivalentes a 9.6 kilómetros) a partir del Zócalo. (Cabe mencionar que el próximo 18 de noviembre de 2024, la Ciudad de México cumplirá su bicentenario.)
Desde ese momento, Melchor Múzquiz, primer gobernador del Estado, buscó una nueva capital. El 4 de enero de 1827, el congreso dispuso que, a partir del 1 de febrero de ese año, la capital se trasladara a Texcoco, importante ciudad cuya raigambre mesoamericana y colonial la convertían en la mejor opción. En Texcoco se promulgó la primera Constitución del Estado de México el 14 de febrero de 1827, bajo la presidencia de José María Luis Mora.
El 8 de marzo de ese año, Múzquiz renunció y fue sucedido por Lorenzo de Zavala, quien consideró que Texcoco no reunía las condiciones necesarias para ser la capital. Así, el congreso local determinó que, a partir del 15 de junio de 1827, la capital se trasladara a Tlalpan (antiguo San Agustín de las Cuevas), al sur de la Ciudad de México. En Tlalpan, el 3 de marzo de 1828, Zavala fundó el Instituto Literario, hoy Universidad Autónoma del Estado de México. Esta sede tenía relevancia, pues había sido sitio de recreo de los virreyes.
Tres años después, nuevamente con Múzquiz como gobernador, el 5 de julio de 1830, el congreso local dispuso que, a partir del 15 de agosto, la capital del Estado de México fuera Toluca. Múzquiz gestionó el traslado de los poderes estatales a esta ciudad, que hoy es la capital de una entidad tan importante como la nuestra. (En algún tiempo hubo otras capitales: Lerma, Metepec, Sultepec y El Oro, pero los poderes residieron en ellas tan brevemente que no las incluyo en esta crónica.)
Volviendo a las segregaciones territoriales, la segunda ocurrió 25 años después del nacimiento de nuestra entidad, con la creación del Estado de Guerrero (antigua provincia de Tecpan, llamada así por el cura José María Morelos) el 15 de mayo de 1849. Esta fue la separación territorial más extensa, en favor del cacique guerrerense Juan Álvarez, prácticamente el último de los insurgentes destacados de la época.
Cinco años después, en febrero de 1854, otro territorio se segregó de la Ciudad de México, incluida Tlalpan, que, como hemos dicho, fue la tercera capital estatal. Más adelante, en enero de 1863, ante la invasión francesa, el gobierno juarista decidió separar el distrito de Calpulalpan (no confundir con Calpulalpan de Jilotepec, donde se libró la última batalla de la Guerra de Reforma), que pasó a formar parte del pequeño pero legendario Estado de Tlaxcala.
Luego de la intervención francesa, en enero y febrero de 1869, a instancias del presidente Juárez, se crearon los estados de Hidalgo y Morelos. Algunos autores sugieren que Juárez no tenía aprecio por el Estado de México, al que llamaba “Estado de Toluca” (ciudad que, por cierto, nunca visitó), ya que su población conservadora no había contribuido a enfrentar a los invasores franceses e imperialistas mexicanos. Juárez habría favorecido intereses de hacendados pulqueros de Hidalgo y cañeros de Morelos, otorgando la creación de estas nuevas entidades federativas.
Fue en Toluca donde el gobierno estatal sufrió las consecuencias de las segregaciones territoriales, sobre todo la caída en la recaudación fiscal. Curiosamente, Mariano Riva Palacio, quien fue gobernador en 1849 y nuevamente en 1869, tuvo que lidiar con dichas consecuencias. Más curioso aún es que al Estado de Guerrero se le dio el apellido del suegro de Riva Palacio, Vicente Guerrero (Mariano se casó con su hija, Lola Guerrero). Por último, cabe mencionar que los únicos tres estados del país que llevan el apellido de un insurgente —Guerrero, Hidalgo y Morelos— se formaron a partir del territorio del Estado de México.
Lo cierto es que la entidad tenía una superficie extensa y difícilmente controlable en términos militares, de seguridad, fiscales y poblacionales. Por ejemplo, personas de lugares remotos como Zihuatanejo, Jantetelco, Huejutla o Nanacamilpa debían viajar hasta Toluca para realizar trámites. A su vez, la gente de la Ciudad de México prefería hacer su vida en la capital del país, antes que trasladarse a una capital estatal con los riesgos que implicaba cruzar por Río Frío, zona afectada por el bandidaje.
Fue durante la República Restaurada cuando la situación comenzó a estabilizarse. Toluca pasó de ser una pequeña aldehuela a convertirse en la “Bella” porfirista, y se fijaron los límites territoriales que hoy definen al Estado de México. Desde entonces, fue posible construir un sentido de pertenencia e identidad estatal, que comenzó a gestarse apenas, desde Toluca y hacia todo el estado, a mediados del siglo XX.






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