Experiencias con los temblores del 19-S

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Rodrigo Sánchez

Escritor e investigador para la paz. Servidor público durante 27 años. Articulista y comentarista con temas de paz, historia y cultura. Autor en publicaciones del Ayuntamiento de Toluca y el Fondo Editorial del Estado de México (FOEM), donde se desempeña como integrante del Comité Técnico.

Los sismos del 19 de septiembre marcaron hitos en México, activando una solidaridad ciudadana que cambió la forma en que enfrentamos los desastres naturales

Se ha vuelto lugar común preguntar al prójimo “¿dónde estabas cuando ocurrió el temblor?”, o como dice la canción de Chico Ché: “¿Dónde te agarró el temblor?”. Sobre todo, nos entretenemos preguntando esas cosas cuando llega septiembre e, inevitablemente, todos pensamos que va a temblar.

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No es necesario decir que los sismos más fuertes que hemos experimentado han sido los del día 19 de septiembre (19-S) de los años 1985 y 2017. Todos los demás movimientos telúricos palidecen ante lo que sentimos aquellos días. Y cada quien tiene algo que decir al respecto. Las historias personales varían desde las más aburridas hasta las más impactantes. No sé cómo resulten mis historias con los temblores, pero son las que tengo para contar el día de hoy.

El 19-S de 1985, a las 7:19 de la mañana, dormía plácidamente en el sillón de la sala. El temblor me despertó y de inmediato me dirigí a la salida de la casa. Para salir a la calle hay que bajar unas escaleras y pasar un patio. Pero en ese momento la camioneta familiar golpeaba violentamente contra los últimos escalones, por lo que mis papás y mis hermanos nos quedamos varados en las escaleras, hasta que acabó el movimiento de la tierra.

Al salir a la calle, vimos que varios vecinos habían abierto de manera forzada el zaguán de un baldío que había frente a la casa (con los años, el terreno fue ocupado por un gran edificio departamental) para resguardarse de la posible caída de edificios. La casa está a media cuadra de La Bombonera, caldera de los Diablos Rojos del Toluca. En ese tiempo, la barda del estadio era como cualquier otra de ladrillo de dos metros de altura y pudimos apreciar que una porción de la misma se había derrumbado de castillo a castillo.

Luego llegué a mi primaria, la “Gustavo Díaz Ordaz”. Para sorpresa mía y de mi hermano Rodolfo, quien me acompañó, se había caído completamente el techo del corredor, más o menos de 40 metros de largo, que van del acceso principal a las escaleras del primer edificio. En teoría era el sueño de cualquier niño: llegar a la escuela y que estuviera derrumbada, pero al ver la realidad ya no resultaba tan divertido pues hubiera podido ocurrir alguna desgracia con mis compañeros. Afortunadamente el sismo fue antes de la hora de entrada.

Al otro día, 20 de septiembre, por la tarde acompañé a mi padre, el Profesor Mosquito, quien daría una conferencia en el Aula Magna del edificio de Rectoría de la Universidad. Cerca de las 7:00 de la noche percibí que las ventanas del recinto (antes de sus majestuosas remodelaciones, el Aula Magna contaba con ventanales en la parte alta) se agitaban y sentí el movimiento de tierra, por lo cual salí corriendo del viejo edificio hacia la calle Instituto Literario, donde coincidimos varios parroquianos parados en medio de dicha calle.

Al terminar el sismo se había ido la luz y mi padre, junto con funcionarios universitarios, incluyendo el Rector Agustín Gasca Pliego, alumbraban con cerillos el vestíbulo de Rectoría y gritaban mi nombre. Luego que esos buenos samaritanos recuperaron al preadolescente Rodrigo, nos fuimos para la casa.

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El 19-S de 2017 trabajaba en el Palacio de Gobierno de Toluca. Viendo de frente el Palacio, la que era mi oficina estaba en la segunda planta, casi a la extrema izquierda, cerca de la calle Bravo. Para mayores señas, está debajo del altorrelieve en cantera del Dios Tolo. A las 11:00 de la mañana, junto con el resto de burócratas, participé en el simulacro realizado en conmemoración del sismo del 85. Nos concentramos en la Plaza de los Mártires, el simulacro se realizó con éxito y volvimos al trabajo.

En esa oficina, viendo hacia afuera por el balcón abierto, se observa la Plaza de los Mártires, los Portales, el Palacio del Poder Judicial y la Plaza González Arratia. A lo lejos se mira la calle Hidalgo y el inicio de la González Arratia. Frente a ésta se encuentra el edificio de la Universidad “Insurgentes”(privada) con grandes ventanales arriba de una tienda de ropa (Men’s Factory). A la 1 de la tarde con 14 minutos me quedé hipnotizado mirando a la distancia cómo los ventanales de esa Universidad se sacudían de manera violenta… Hasta que pasó por mi puerta un compañero que gritó: “¡Vámonos wey, está temblando!”.

Cuál sería nuestra sorpresa e incredulidad que, exactamente 32 años después ¡volvió a temblar el mismo día con unas horas de diferencia! Parecía una mala broma del destino. Más allá del susto, no recuerdo haber visto mayores daños en mi entorno inmediato, sólo que la fachada del Palacio de Gobierno y la plancha de cemento de la Plaza de los Mártires tuvieron algunas cuarteaduras; del Palacio de Gobierno se cayó algún mosaico oscuro de la fachada.

Pero, como sabemos, en ambos sismos las mayores afectaciones se dieron en otras partes. En la Ciudad de México, el mismo 19-S de 1985 nos enteramos en la radio y televisión acerca de los desastres ocurridos gracias a las narraciones de Jacobo Zabludovski. También supimos que varios toluqueños abordaron camiones para ir a la ciudad a remover escombros y rescatar gente. Ante la falta de acción del gobierno federal, que nunca se había enfrentado a una situación como ésta, la gente se organizó para ayudar. Fue ahí cuando el valor de la solidaridad penetró en la conciencia ciudadana.

Sin pretender minimizar daños, en el sismo del 19-S de 2017 los efectos no fueron tan devastadores como los de 1985. En el Estado de México hubo afectaciones en casas e iglesias de municipios como Atlautla, Ecatzingo, Nezahualcóyotl, Ocuilan, Tenancingo, Tepetlixpa, Tianguistenco, Villa Guerrero y Zumpahuacán. Además, tengo la impresión de que la respuesta de las autoridades fue más expedita que en 1985. Para 2017 ya nos informábamos por las redes sociales y si bien vimos cómo mucha gente en la Ciudad de México salió a las calles a ayudar, me parece que ahora la actividad conjunta entre las autoridades y la ciudadanía tuvo mayor efectividad.

Actualmente los memes de las redes sociales, muchos de ellos muy simpáticos y graciosos, nos permiten paliar un poco el sentimiento de fatalidad que nos invade en septiembre. Lo cierto es que en el imaginario colectivo está muy arraigado el hecho de que septiembre es mes de sismos y temblores de tierra, aunque no exista base científica alguna que permita confirmar tal cosa.

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