Ai la inteligencia artificial nos ha acompañado desde que se dotó a las máquinas con la capacidad de “aprender” ¿por qué hasta hace algunos años se encendieron los focos rojos sobre su uso y abuso, y qué hizo que esas alertas se dispararan?
José Antonio “H” Martínez / @Marginaldo_Mtz
En nuestra colaboración anterior abordamos el tema de la Inteligencia Artificial (IA), tópico que, como se dice coloquialmente, está en boca de todos; esto gracias a la aparición cada vez más constante de aplicaciones al alcance de los usuarios y que, se asegura, “facilitan” la vida pero que, por otro lado, preocupan y ocupan a otro sector de la población: gestores culturales, artistas, académicos y creadores en general.
Pero si la IA nos ha acompañado desde que se dotó a las máquinas con la capacidad de “aprender” para ejecutar acciones casi de manera independiente y autónoma ¿por qué hasta hace algunos años se encendieron los focos rojos sobre su uso y abuso de la misma y qué hizo que esas alertas se dispararan?
En primer lugar, y quizá más preocupante, me atrevería a decir: es el paso del algoritmo que “recomienda” música, lecturas, películas, qué comer, qué vestir y un largo etcétera, al que crea piezas, pinturas, textos y hasta decide y define (ya no sugiere) lo que nos gusta; en pocas palabras: las máquinas controlando al hombre, algo sobre lo que ya nos habían advertido autores como Alvin Toffler con sus planteamientos sobre la “Ola de la Informática; Stanley Kubrick y Steven Spielberg en A.I., o el propio Rockdrigo González con su canción “No tengo tiempo (de cambiar mi vida)”.
“No tengo tiempo de cambiar mi vida, la máquina me ha vuelto una sombra borrosa” reza el coro de la pieza musical del “Profeta del Nopal” y es esa frase la que, además de resultar avasalladora, aborda uno de los peligros que los creadores vislumbran en el uso de la IA: la falta de identidad y la consiguiente homogeneización de gustos y tendencias además de la tan temida aparición de la producción artística en masa.
Otra de las banderas rojas a las que se enfrentan creadores y productores, son los vacíos legales que existen respecto a la propiedad intelectual y los derechos de autor (morales y patrimoniales así como sus subdivisiones) con las que cuentan o no las obras generadas mediante IA. Al respecto, hay tres posturas: los juristas que señalan que se debe considerar el grado de intervención humana en la elaboración para otorgar o negar la protección legal.
Encontramos también a los que consideran que el propietario del producto son los desarrolladores de las herramientas utilizadas y que está animando a muchas empresas a invertir en el desarrollo de herramientas, más que en contratar a especialistas.
Por último, están los que opinan que al igual que todo lo que pulula en la web, las piezas que involucren inteligencia artificial en su elaboración deben ser catalogadas como de uso libre y es esa postura la que tiene más intranquilos a la mayor parte de los involucrados en los procesos creativos ya que es bastante probable que ya no se invierta en la compra de trabajo original, sino en el desarrollo de programas informáticos que desarrollen piezas a destajo.
Como ya mencionábamos en la colaboración anterior, no se trata de estar en contra de los avances tecnológicos sino de pugnar por un uso adecuado de los mismos, en este caso, de la llamada IA y, para ello, hay que estar bien informado. Un gran problema en nuestro país y en gran parte de Latinoamérica, donde un buen número de estudiantes y “profesionales” viven del copy paste además de que no somos muy afectos a leer o investigar, luego entonces antes que pugnar por promover la inteligencia de una máquina, deberíamos ejercitar la propia, pues corremos el riesgo de acabar siendo los autómatas de los que tanto nos hablan el cine y la literatura de ¿Ciencia Ficción?





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