El legado de fray Gerónimo de Mendieta para Toluca

Publicado el

Rodrigo Sánchez

El legado de fray Andrés de Castro y la plaza que lleva su nombre es un tributo indispensable en la ciudad de Toluca que surgió gracias a fray Gerónimo de Mendieta

Rodrigo Sánchez / @RodrigoSanArce

El Apóstol de los Matlatzincas, fray Andrés de Castro, ocupa un lugar especial en la memoria colectiva de los toluqueños. Junto al Parque de la Ciencia Fundadores y las Plazas de los Mártires y González Arratia, la explanada que lleva el nombre de este Apóstol es una de las más importantes del primer cuadro de la ciudad de Toluca.

Anuncio

Inaugurada en 1973 —el año pasado cumplió su cincuentenario—, la plaza Fray Andrés de Castro es sitio de encuentro y cruce de quienes transitan cotidianamente por el centro de la ciudad. Está enmarcada por los arcos interiores del conjunto de los Portales, así como por la Catedral, la iglesia de la Santa Veracruz y el Palacio del Ayuntamiento; por ella corre también la vieja calle de Belisario Domínguez y en medio de la plaza queda uno de los pocos vestigios del convento franciscano de la Asunción: la mal llamada Capilla Exenta, antigua sacristía seráfica.

Es una plaza llena de movimiento, a la que las personas acuden a sus alacenas a comer tortas, tacos, garapiñas, refrescos y dulces; a visitar la librería del Fondo de Cultura Económica (FCE); a presenciar alguno de los múltiples actos que se realizan en el Centro Toluqueño de Escritores, el Foro Sor Juana del FCE o en la misma Capilla Exenta; y de vez en vez se realizan allí ferias y exposiciones de todo tipo.

Cerca del Palacio del Ayuntamiento se yergue la estatua de fray Andrés de Castro, escultura creada por el poblano Ernesto Tamariz. Se compone de la robusta figura del Apóstol que apoya su mano derecha en un bastón; lo rodean dos indígenas matlatzincas, un adulto y un infante; el niño coloca en el pecho de fray Andrés un ramo de flores y éste, con la mano izquierda, toca la cabeza del infante mientras lo observa con semblante adusto y compasivo; detrás del fraile, el indígena de la etnia originaria toluqueña mira al fraile como si estuviera observando a una deidad.

Anuncio

Síguenos en Twitter

Resulta curioso pensar que fray Andrés no existiría en el imaginario toluqueño —al menos no de forma tan prominente como actualmente existe— de no ser por uno de sus compañeros de orden mendicante: fray Gerónimo de Mendieta, misionero de quien ni siquiera existe una calle con su nombre en la nomenclatura de la ciudad.

Gerónimo de Mendieta perteneció también a la Orden de los Frailes Menores (OFM) franciscanos. Nació en Vitoria, España, en 1526. Pasó a Nueva España en 1554. Muy pronto, en 1556 ya residía en el convento seráfico de Toluca, evangelizaba el Valle Matlatzinca, observaba las condiciones de los pueblos —en 1558 fundó Calimaya y escribió varias cartas que dirigió a sus superiores y al rey Felipe II— e impulsaba la utopía milenarista que los hijos de San Francisco adoptaron desde fines del siglo XV. En Toluca estuvo hasta 1562, tiempo suficiente para conocer a fray Andrés.

Castro, por su parte, había llegado a Nueva España desde 1542. Como casi todos los misioneros, de inmediato aprendió el náhuatl y, ya en Toluca, desde 1543 aprendió la lengua matlatzinca y algo de otomí. Escribió los primeros sermonarios, doctrina y vocabulario en matlatzinca —este último aún sobrevive y ha sido estudiado—. Unos años después de su llegada tuvo oportunidad de convivir con Mendieta.

En el último tercio del siglo XVI, Mendieta se dedicó a escribir diversas crónicas y relaciones por encargo de sus superiores. En noviembre de 1570 terminó de redactar un memorial; en 1585 la Relación de la Descripción de la Provincia del Santo Evangelio; y en 1597 envió a España para impresión su obra cumbre: la Historia Eclesiástica Indiana. En los tres documentos, Mendieta realiza panegíricos en torno a la vida y obra de los hermanos menores seráficos que conoció en su estancia en Nueva España. Por supuesto, en los tres aparece fray Andrés de Castro, a quien Mendieta prodiga un especial aprecio, el cual se observa en la extensión de las palabras que le dedica.

Sin embargo, ninguno de los documentos tuvo tan buena fortuna, al menos no inmediata. El memorial de 1570 se publicó hasta 1988. La Relación de 1585, hasta 1947. Y la Historia Eclesiástica Indiana, que contiene el testimonio más extenso y de primera mano de la vida y obra de fray Andrés, solo vio la luz hasta 1870, es decir, más de 270 años después de ser concluida. Y si bien en su tiempo la información de Mendieta fue aprovechada por otros cronistas, ninguno de esos escritos tuvo trascendencia, con excepción del libro de fray Juan de Torquemada.

Al parecer, Mendieta realizó dos copias de su Historia: una, la que envió a impresión a España, y otra, la que dio a su ayudante, otro franciscano, fray Juan Bautista, quien en vez de procurar su impresión se la entregó a Torquemada —a principios del siglo XVII, fray Juan también residió en el convento franciscano de Toluca—. Este, a su vez, aprovechó casi toda la Historia Eclesiástica Indiana para escribir su propia obra: Los veintiún libros rituales y Monarquía indiana, la cual se publicó en 1615 —vale decir que en aquel tiempo era práctica común que los cronistas religiosos aprovecharan la información escrita por otros pues se consideraba un trabajo colectivo, además de que no existía el concepto moderno de plagio—. De esta forma, se puede decir que la vida de fray Andrés vio la luz ese año; no obstante, no he hallado indicios de que algún toluqueño se hubiera interesado en el personaje entre los siglos XVII, XVIII y XIX.

Historia Eclesiástica Indiana de Fray Gerónimo de Mendieta - Portada

En cualquier caso, la primera copia de la Historia Eclesiástica Indiana se perdió en la noche de los tiempos de España ya que por diversas razones no fue publicada. Fue en 1860 cuando el erudito y bibliófilo mexicano, Joaquín García Icazbalceta, recibió aviso de que, en algún archivo ibérico, se había hallado la Historia de Mendieta perdida. Por supuesto, Icazbalceta hizo lo posible por rescatarla y publicarla, lo cual sucedió, como dije, una década después, en 1870. Pero la vida de fray Andrés siguió sin interesar a los toluqueños decimonónicos. Tuvo que llegar otro cronista erudito y bibliófilo que la redescubrió y la leyó con mucho cuidado: don Miguel Salinas Alanís.

Seguramente desde fines del siglo XIX, Salinas tuvo a la mano la Historia Eclesiástica del padre Mendieta. Entre la información que extrajo de esta obra y sus propias indagaciones en las ruinas del convento franciscano de la Asunción de Toluca —vale recordar que el edificio fue demolido en 1870—, Salinas reconstruyó la vida y obra de fray Andrés de Castro, aportando nuevos datos a lo escrito por Mendieta, información que reunió en uno de los pasajes de sus extraordinarios Datos para la historia de Toluca, publicados en 1927 —este libro está próximo a cumplir un siglo—.

A partir de ello es que, considero, comenzó el reconocimiento y el culto a fray Andrés de Castro en nuestra ciudad, un reconocimiento que no tendría más de un siglo de existir en el imaginario toluqueño y que no habría existido sin el testimonio de fray Gerónimo de Mendieta —pienso, incluso, que si fray Andrés hubiera sido una referencia vaga de la evangelización, la plaza que felizmente hoy lleva su nombre, pudo haber llevado el de cualquier otro prócer, un mal nombre, algo así como plaza Lerdo de Tejada—.

Ese fue el legado de fray Gerónimo de Mendieta para Toluca, a pesar de las vicisitudes que pasó su obra. Escribo esta crónica en recuerdo del Padre de Mendieta, a 420 años de su fallecimiento, acaecido en la Ciudad de México el 9 de mayo de 1604.

Deja un comentario

Descubre más desde Yo Soy Noticias.MX

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo