Música y danza no son solo espectáculo: conservan la memoria de los pueblos y revelan su identidad, advierte investigador de la UAEMéx sobre su valor social
La música y la danza trascienden el ámbito del entretenimiento. Son, en muchos sentidos, una forma de memoria viva que permite a las comunidades reconocerse, narrar su historia y mantener vigentes sus raíces. Así lo expuso Rodrigo Marcial Jiménez, profesor e investigador de la Facultad de Antropología de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), al destacar el papel de estas expresiones en la construcción social e identitaria.
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El académico explicó que la música ha acompañado a la humanidad desde tiempos prehistóricos, no solo como manifestación artística, sino como una herramienta de cohesión. En distintos momentos históricos, ha servido para unir a las comunidades, transmitir conocimientos y dar forma a prácticas colectivas que aún hoy se mantienen en distintas regiones del país.
A la par, la danza ha cumplido funciones similares. Más allá de su dimensión escénica, se ha vinculado con procesos rituales, religiosos y sociales. En sus orígenes, detalló, ambas expresiones estaban profundamente relacionadas con lo sagrado, lo que explica su permanencia a lo largo del tiempo y su capacidad para adaptarse a nuevos contextos sin perder su esencia.
“La música es un ritual y la danza también. En sus orígenes estaban vinculadas a lo sagrado. En muchas culturas, las danzas tenían un sentido espiritual y social, pues permitían que las comunidades recordaran quiénes son y de dónde vienen”, explicó el investigador.
En el caso de México, estas manifestaciones han servido como una especie de archivo simbólico. Muchas danzas tradicionales, señaló, representan actividades económicas y formas de vida que dejaron de existir, pero que permanecen en la memoria colectiva gracias a su recreación en festividades y celebraciones.
Un ejemplo claro es la danza de los arrieros. Antes del desarrollo de las autopistas y de los sistemas modernos de transporte, los arrieros desempeñaban un papel fundamental en el traslado de mercancías entre distintas regiones. Utilizaban recuas de animales de carga para recorrer largas distancias entre zonas como la tierra caliente y el altiplano central. Con el paso del tiempo, esta actividad desapareció, pero su huella se mantiene viva a través de la danza.
“Cuando esa actividad desapareció, quedó la representación simbólica a través de la danza. La danza conserva la memoria de algo que se hacía antes y que hoy permanece vivo en la cultura popular”, explicó Marcial Jiménez.
El Estado de México es uno de los territorios donde esta riqueza cultural se mantiene con mayor presencia. En distintos municipios aún se practican danzas tradicionales como la de los arrieros, los tecuanes, los lobitos, los listones y los chinelos. Cada una de ellas posee elementos propios que reflejan contextos históricos, sociales y económicos específicos.
También destacan las danzas de concheros y la danza azteca, vinculadas con herencias prehispánicas. Aunque las formas actuales han evolucionado con el tiempo, conservan elementos que permiten rastrear su origen. Instrumentos, vestuarios y coreografías muestran una continuidad cultural que ha sobrevivido a procesos históricos complejos.
El investigador subrayó que, si bien no es posible afirmar que estas expresiones se mantengan exactamente igual que en el pasado, existen evidencias de su existencia en registros antiguos como códices y pictogramas. Estos documentos permiten identificar la presencia de instrumentos y prácticas que hoy forman parte de las danzas contemporáneas.
“Lo que vemos hoy son representaciones que sobrevivieron y adquirieron formas contemporáneas. Quizá no podemos afirmar categóricamente que así eran en el México prehispánico, pero sí sabemos que muchos de esos instrumentos existieron y aparecen en códices y pictogramas antiguos”, puntualizó.
En este sentido, la música y la danza funcionan como un puente entre distintas épocas. No solo conectan el pasado con el presente, sino que permiten a las comunidades reinterpretar su historia desde una perspectiva actual. Son, en términos prácticos, una forma de continuidad cultural que se adapta sin desaparecer.
Ante este panorama, Marcial Jiménez enfatizó la necesidad de preservar este patrimonio. Señaló que uno de los principales retos es garantizar que estas expresiones sean accesibles para las nuevas generaciones, no solo como espectáculos, sino como parte de su formación cultural.
Para ello, propuso la creación de repositorios accesibles que concentren información sobre las distintas danzas y expresiones musicales del país. Espacios donde se documente su origen, su significado y la manera en que se interpretan. Esta información, explicó, permitiría fortalecer el conocimiento colectivo y evitar la pérdida de elementos culturales.
“Necesitamos un repositorio donde cualquier persona pueda consultar de qué municipio es una danza, cómo se interpreta y cuál es su historia. La música también es patrimonio identitario; es parte de la memoria de los pueblos”, concluyó.
El planteamiento apunta a una tarea que, aunque compleja, resulta clave en un contexto donde la transformación social avanza con rapidez. La preservación de la música y la danza no solo implica conservar tradiciones, sino mantener vigente una forma de entender la historia y la identidad de las comunidades.






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