Nuestro señor el desollado: Xipe Tótec

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Rodrigo Sánchez - Tianguis de libros

Las diversas manifestaciones del arte mesoamericano fueron concebidas con una imaginación prodigiosa y conmueven por su especial belleza y rigor conceptual, lo que les da un esplendor cultural admirable

Rodrigo Sánchez / @RodrigoSanArce

En su libro La idea fija (1932), el poeta y ensayista francés Paul Valéry escribió una de las frases que han tenido mayor resonancia en la literatura: “La piel es lo más profundo que hay en el hombre”. Más que otros órganos del cuerpo, es la piel la que nos permite sentir una gran diversidad de emociones y afectos. Al ser el órgano más extenso, a través de éste podemos desarrollar otros sentidos como el gusto y el olfato, pero especialmente el tacto.

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Durante el siglo XX, esa simple pero profunda expresión de Valéry convirtió a la dermis en objeto privilegiado de reflexión, no sólo literaria, también filosófica y antropológica. Este último aspecto, el antropológico, es el que interesa a partir del planteamiento de una interrogante: ¿qué pasaría si somos despojados de nuestra piel? Cientos de años atrás, mucho antes de que Valéry expresara esa idea que tuvo inmensa resonancia, los antiguos mexicanos ya tenían una vinculación profunda con la piel humana, con propósitos rituales y sagrados, especialmente con la piel que es desprendida del cuerpo, práctica que es conocida como “desollamiento”.

Las diversas manifestaciones del arte mesoamericano fueron concebidas con una imaginación prodigiosa y conmueven por su especial belleza y rigor conceptual, lo que les da un esplendor cultural admirable. Pensar en el arte de Mesoamérica, nos remite a reflexionar sobre un arte dual que es, a la vez, sublime y terrible, luminoso y oscuro, sagrado y profano. Dentro de los motivos plásticos que dieron forma a ese arte, la piel tuvo un poderoso significado: representaba la muerte sacrificial, pero también la prolongación del ciclo vital; desprender la piel de un cautivo condenado a morir, daba la oportunidad de regenerar la vida al ofrendarla al Sol y a la Tierra. Cabe recordar que, constantemente, los antiguos mexicanos protagonizaban una lucha entre fuerzas contrapuestas, de ahí que practicaran sacrificios con los cautivos de las guerras sagradas, para alimentar a los dioses y que cada día el sol iluminara a su mundo.

Gracias a esta cosmovisión indígena, la piel se convirtió en un vehículo de fuerza y poder divinos, el cual brindó sustento real y moral a los antiguos mexicanos. De la constelación de dioses que poblaron Mesoamérica, actualmente Xipe Tótec es uno de los menos conocidos, pero en su momento fue uno de los más relevantes y venerados.

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Ser mitológico terrible y a la vez sublime, era asociado a la muerte, al maíz, a la guerra, a la primavera y la renovación vegetal —con su sangre, como hacía la lluvia, fecundaba y permitía que renaciera la tierra—. Figura cargada de simbolismo, Xipe Tótec tenía características propias que lo diferenciaban del resto de dioses del panteón mesoamericano. Su característica principal fue representar a quien se le ha arrancado la piel o a alguien que usa la piel desprendida como atavío para cubrir cuerpo y rostro, probablemente sacerdotes o guerreros.

Sobre todo, Xipe Tótec fue deidad fundamental en la siembra y cosecha del maíz. Nuestro señor El Desollado fue protector y colaborador agrícola; a él se ofrendaban las mejores mazorcas de centli o maíz. Como eco del pasado, pienso en Xipe Tótec cuando a las mazorcas también se les quita la piel, es decir, las hojas del totomoxtle, o cuando a los granos se les quita la piel para producir el nixtamal con el que se produce el alimento o tonacayo de los mexicanos. El tratamiento de otros cultivos también representa la esencia de Xipe Tótec: despojar de sus hojas al tomate o “gordo de la milpa”, o retirar las espinas del nopal y la cáscara de la tuna.

En sus diversas formas y advocaciones, con variantes según culturas y lenguajes locales y regionales, Xipe Tótec estuvo presente a lo largo y ancho de Mesoamérica. En el actual territorio del Estado de México, fue venerado durante el esplendor de Teotihuacan; en la culta región de Tula-Xicotitlán —o Jocotitlán, área de Mesoamérica que, según Miguel León-Portilla, estuvo asociada a la mítica Tollan—, y en diversos pueblos de habla náhuatl alrededor de la Cuenca de México y de los lagos de Texcoco, Chalco, Zumpango y Xochimilco. Algunas referencias a esa deidad se hallan también en los Anales de Cuauhtitlán. Y personajes nacidos en nuestro territorio fueron grandes estudiosos del dios, entre ellos, el cronista de Indias Chimalpahin, oriundo de Chalco, y Ángel María Garibay Kintana, tlamatini de Toluca.

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El libro Xipe Tótec y la regeneración de la vida, presentado recientemente en la Filem 2023, es una coedición del sello Fondo Editorial Estado de México (FOEM) y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Es la segunda edición —la primera, de 2016, está agotada y surgió de la exposición de título homónimo, montada ese mismo año en el Museo del Templo Mayor—, corregida y aumentada, de un libro único, sin precedentes, que da cuenta de los saberes y conocimientos explorados en torno a nuestro señor El Desollado —anterior a él, sólo podemos encontrar tesis y artículos en revistas especializadas y folletos—.

Fue elaborado bajo la coordinación académica del arqueólogo Carlos Javier González, el mayor especialista del dios mesoamericano en México; con la participación de Juan Alberto Román Berrelleza, Luis Manuel Gamboa Cabezas y Martha García Sánchez; con supervisión y asesoría de Lucía García Noriega, gran impulsora de las coediciones entre el FOEM y el INAH.

La obra incluye un importante repertorio gráfico de códices, manuscritos, esculturas, pinturas, cerámicas y otros libros, aportado por personal de la Secretaría de Cultura y del INAH, entre ellos, Lourdes Almeida, Javier Hinojosa, Luis Gerardo Peña, Melitón Tapia y Carlos Méndez —editor por parte del INAH—; así como de las colecciones del Museo Nacional de Antropología y de su Biblioteca, “Dr. Eusebio Dávalos Hurtado”. Es una bella edición diseñada y diagramada por Adriana Juárez Manríquez y Renata Alejandra Martínez Lechuga.

Pronto estará disponible en las librerías Castálida del Consejo Editorial, así como en las librerías Educal de la Secretaría de Cultura federal y del Fondo de Cultura Económica.

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