Periodista. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Miembro fundador del Sistema de Radio y Televisión Mexiquense, conductor principal de diversos noticieros y programas informativos en el mismo. Conduce «Estrategia Pública» los martes a las 20:00 en Mexiquense Radio 1600 AM. Colabora en el canal de YouTube Trascendi Humanitas.
“Locura es hacer la misma cosa una y otra vez, esperando obtener resultados diferentes”
Eran apenas nueve días los que llevaba el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo y ya se habían registrado 638 homicidios en el país, 72 tan solo un día antes, justo el martes en que se presentó el Plan Nacional de Seguridad, y 389 desaparecidos, 42 en ese mismo día. Esto muestra que insistir en seguir por el mismo camino que marcó López Obrador, prometiéndole al crimen organizado que ellos tampoco iniciarían una política represora, es un desatino que solo envalentona a quienes ofenden a diario a una sociedad que está inerme ante la falta de acción de sus autoridades.
Es tal la confianza que tienen quienes delinquen que han optado por cruzar los límites del pasado con la ejecución del alcalde de Chilpancingo, Guerrero, Alejandro Arcos Catalán. Él no tuvo una reunión secreta con sus victimarios, como insisten en mencionar los responsables de la seguridad en el país, sino que fue levantado y posteriormente decapitado por negarse a acceder a las exigencias de sus captores. A diferencia de lo que sucedió en el pasado con su antecesora morenista, con quien hasta desayunaban juntos, como lo muestran algunas fotografías.
Fue por esto que el pueblo de la capital guerrerense, cansado de la violencia y la desatención de sus autoridades, optó por elegir otra opción, haciendo a un lado el chantaje bimestral de 6 mil pesos por algo más sólido. Sin embargo, el narco solo le permitió seis días en el cargo, luego de que este joven político no aceptó entregar varias secretarías del municipio y conceder el 30 por ciento del presupuesto asignado, según aseguran periodistas citando a fuentes del Gobierno y del Estado. Y antes, tres días atrás, habían asesinado a su segundo, el secretario del ayuntamiento Francisco Gonzalo Tapia, y el 27 de septiembre, antes de tomar posesión como secretario de seguridad municipal, el general Ulises Hernández, capitán del ejército mexicano, también fue masacrado. De nada sirvieron a Arcos Catalán los llamados que hizo para pedir protección; ni el Estado ni la Federación tuvieron oídos para escucharlo.
La violencia se ha exacerbado en Guerrero. Ahí, al igual que en muchos otros estados de la república, quienes mandan, ponen y quitan autoridades son los grupos del crimen organizado. Su única preocupación es mostrar qué grupo resulta más poderoso en cada región. Aquí, en el ejemplo que nos ocupa, son Los Tlacos contra Los Ardillos, y en esta disputa criminal y sanguinaria los muertos no bastan: hacer gala de sadismo es lo que cuenta. Las autoridades, por su parte, han optado por volver a criticar al pasado, llámese nuevamente Calderón, por la violencia imparable que sufrimos, restando importancia a los cerca de 200 mil crímenes que se perpetraron durante el sexenio de López Obrador, el mayor número registrado en la historia del país.
Las acciones emprendidas para controlar este flagelo son, según lo demuestran las estadísticas, a todas luces insuficientes y no hacen sino entronar estos poderes fácticos ante la angustia de quienes tienen la desdicha de entrar en contacto con ellos. Nada parece detenerlos y cada día se asientan como grupos terroristas que ninguna autoridad puede o quiere combatir. Sin duda los intereses son diferentes: el pueblo pide soluciones, el gobierno busca mantenerse en el poder, y el crimen organizado se disemina por todo el territorio nacional y el extranjero, consiguiendo más poder y dinero.
El deterioro es evidente y, si bien ya se apreciaba desde el pasado, hoy la falta de empatía hacia quienes viven momentos difíciles lo agudiza. Resulta incomprensible que se haya convertido en la constante no hacer llegar siquiera el pésame a una familia que acaba de perder a un padre, aun cuando haya sido opositor, pero que murió en el país que gobiernan. En cambio, se solidarizan con otro presidente acusado de corrupción, Petro, en Colombia, porque comparten una ideología semejante. El primero debería ser su preocupación primigenia, no al revés. La pregunta subsiste: ¿hasta cuándo combatirán la inseguridad? ¿Dónde está el Estado Mexicano para imponer el monopolio de la fuerza? Imposible saberlo, al parecer también fue secuestrado.





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