Como en las décadas de los 70 y 80, el nuevo populismo trajo de vuelta a los fantasma de las crisis pasadas y futuras de finales de sexenio
J. Israel Martínez Macedo / israelmartinez.com.mx
En la década de los años 70 culminó una etapa que la historia consignó como “el milagro mexicano”; tiempo de bonanza que se caracterizó por una política económica conocida como desarrollo estabilizador y que consistió en un importante crecimiento económico que estaba acompañado por la estabilización monetaria; un periodo que culminó de manera súbita con el asenso del populismo de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, que inauguraron una nueva característica de la vida política, económica y social de México: la tradicional crisis de final de sexenio.
Es curioso cómo puede llegar a cumplirse aquella máxima del español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla” porque pareciera que el regreso del populismo lopezobradorista traerá consigo, también el regreso de las llamadas crisis sexenales que parecían haber dejado como última aquella conocida como “el error de diciembre” ocurrida en 1994 durante el relevo entre Carlos Salinas y Ernesto Zedillo Ponce de León.
Fue esa crisis y los hechos que la ocasionaron, de hecho, lo que gestó la imagen de un Carlos Salinas villano de todas las villanías del país, que siendo mito o realidad, se convirtió en una presencia que alcanzó para que el propio López Obrador cimentara en ella el discurso de la corrupción de “los gobiernos de antes” que le ha permitido limpiar la cara de salinistas como Manuel Bartlett para presentarlos como valiosos activos redimidos indispensables para la transformación del país.
El cambio de gobierno entre el populismo lopezobradorista y lo que pinta, hasta ahora, para ser una quimérica administración de Claudia Sheinbaum, ha desatado una serie de incertidumbres en los mercados que le dan nueva vida a los fantasmas de las crisis pasadas y futuras, como si se tratara de un cuento de Charles Dickens que amenaza con aparecer en nuestras casas el próximo 1 de octubre.
Como las crisis económicas no llegan solas, esta parece venir impulsada por una cada vez más visible crisis política enmarcada por el absurdo de una propuesta de reforma al Poder Judicial que avisora la desaparición de la autonomía de este Poder para someterlo a los procesos selectivos que favorecen a los intereses del gobierno en turno, sentando las condiciones necesarias para repetir los Estados fallidos de Venezuela y Cuba, en donde los titulares del Ejecutivo en turno lograron no solo hacerse del control del Legislativo sino apropiarse también, de una manera u otra, del control del Judicial.
El desesperado interés del gobierno saliente por realizar las reformas políticas antes de que ocurra el cambio de administración tiene muy preocupados a quienes deciden dónde y cuándo invertir, los dueños del dinero huyen en el momento en el que perciben que su patrimonio está en riesgo y buscan otros lugares en los que encuentren garantías de que lo que su recurso está relativamente a salvo.
No solo se trata de decisiones relacionadas con las condiciones del mercado, el tema político tiene mucho qué ver, de hecho es la inestabilidad política la que da pie a que los inversionistas decidan retirar su capital en espera de ver cómo se “asientan las aguas” y saber qué tanto riesgo corre su en caso de tomar la decisión de regresar para fomentar el crecimiento y el desarrollo.
Claro que muchos adultos jóvenes que hoy día llenan las redes sociales con comentarios en los que aseguran que nada pasará porque, prácticamente para ellos, “las crisis son un mito”; porque no las vivieron, no les tocó ver cómo el fantasma de la crisis “aparecía” previo al cambio de administración, como se rumoraba en las calles sobre esa posibilidad, cómo quienes tenían la posibilidad se lanzaban a los bancos o a las casas de cambio a comprar dólares porque seguramente habría una buena ganancia en ese movimiento de divisas.
Tampoco les tocó ver el absurdo nivel que alcanzó la caída en el valor del peso que orilló a Carlos Salinas a decretar la eliminación de tres ceros a nuestra moneda, que en términos de percepción fue muy útil para hacernos creer que la economía iba mejor pero que en realidad solo era un paliativo que apenas servía para hacer más fáciles las sumas y las restas en el mercado o la tiendita de la esquina pero para nada más; de repente, mil pesos se convertían en un peso, la deudas se percibieron manejables y los precios se entendían más cercanos al valor del dólar, aunque en realidad estos no fueran así; el dólar estadounidense, que en ese momento costaba 3 mil pesos, pasó a costar 3 nuevos pesos y mágicamente la gente sintió una mejoría económica que era totalmente ficticia porque para 1995 ya costaba 6 pesos o 6 mil “viejos pesos”, como se le llamaba popularmente a esa conversión.
El “error de diciembre” generó que la moneda mexicana perdiera la mitad de su valor respecto al dólar estadounidense ello derivado de una crisis de seguridad (el levantamiento armado de los zapatistas en enero de 1994 encabezaba los riesgos pero ya aparecían otros como los grupos del narcotráfico) aunado a una importante crisis política (el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta, estremeció hasta las bases al sistema) y a una crisis social (el descontento con los fraudes electorales generaban ya un ambiente de discordia); el país se percibía como en descontrol y eso conjuntó los elementos necesarios para la crisis económica.
Ignorantes de la historia ya no tan reciente pero aún vigente en la memoria de muchos quienes la vivieron, el fantasma de las crisis pasadas se asoma por tierras aztecas impulsado por este nuevo populismo que se conjuga con una crisis de seguridad (que amenaza con la militarización del país al entregar el mando de la Guardia Nacional a la Sedena), una crisis política (con la imposición de una reforma al Poder Judicial que bajo el discurso simple y populista apunta a la subordinación hacia la figura presidencial) y una crisis social (enmarcada en la falta de valores e impulsada por una polarización constante alimentada mañana a mañana desde el púlpito presidencial) amenazan con la presencia del otro fantasma, el de las crisis futuras; el que advierte su aparición a partir del 1 de octubre.
La repetición de la historia se cierne sobre un pueblo que bajo el estandarte de una “nueva escuela mexicana” ha olvidado su pasado y se apresta a escribirlo de igual forma, una y otra vez, como ese niño pequeño que busca aprender a través de la repetición de planas y planas del mismo error hasta que algún día se corrija o se asimile como parte de un estilo propio de hace las cosas.
El fantasma de las crisis pasadas y futuras ya ronda la escena nacional y se alimenta con las decisiones políticas de quienes solo se interesan por imponerse para perpetuarse en el poder porque, hablando de momentos del pasado que podrían repetirse, también suenan voces que advierten la posibilidad de un nuevo maximato, aquella época en la que el “jefe máximo de la revolución” como se hacía llamar Plutarco Elías Calles intentó imponer a sucesor que siguieran sus órdenes aunque ya no fuera mandatario ¿serán los tiempos de un “jefe máximo de la transformación”? Porque sí, eso también alimenta al fantasma de las crisis futuras.








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