A principios de este año, Rodrigo Sánchez fue invitado a dar una charla en Toluca, sobre el Escudo y Himno del Estado de México, pero fue cancelada; hoy nos comparte una crónica breve sobre la historia de estos símbolos
Rodrigo Sánchez / @RodrigoSanArce
A principios de este año, de una institución educativa del gobierno me invitaron a dar una plática sobre el Escudo y el Himno del Estado de México. Cambios administrativos impidieron que esa charla se concretara a mediados de mayo. Hoy, de puro coraje y para no quedarme con el niño atravesado, realizo una crónica breve de algo que iba a platicar en aquella charla cancelada.
Toluca es campeona en inaugurar monumentos “por primera vez”. Recordemos que el 16 de septiembre de 1851, el gobernador Mariano Riva Palacio inauguró en Toluca la primera estatua que hubo en México de, ni más ni menos, don Miguel Hidalgo, Padre de la Patria. Casi noventa años después, el 24 de febrero de 1941, el presidente Manuel Ávila Camacho y el gobernador Wenceslao Labra inauguraron, también en Toluca, el primer monumento a la bandera que hubo en México.

Pero si bien el acto estuvo presidido por Ávila Camacho, la inspiración para honrar al Lábaro Patrio vino de antes, de la época del cardenismo. Incluso la historia se puede contar desde años atrás. En el periodo 1921-1924 gobernó al Estado el coronel Abundio Gómez. Detrás de don Abundio llegó una camarilla de políticos que seguiría gobernando la entidad en los siguientes lustros, políticos de la peor calaña (de “chamarra y pistola”, como decía el Profesor Mosquito) que solo se fueron hasta el asesinato del gobernador Zárate Albarrán y la llegada de Isidro Fabela en 1942.
Antes, en 1925 se había creado, según las tendencias políticas en la década de 1920 en México, el Partido Socialista de los Trabajadores, PST (antes, en 1917 se había creado en Yucatán el Partido Socialista del Sureste, liderado por Felipe Carrillo Puerto, personaje que este año cumple el centenario de su fallecimiento), cuyo primer candidato y gobernador fue Carlos Riva Palacio, a pesar de que en el origen del partido estaba la mano del coronel Filiberto Gómez, hermano de Abundio.
Carlos Riva Palacio era descendiente del insurgente Vicente Guerrero y del yerno de éste, el tres veces gobernador Mariano Riva Palacio. En 1929, el candidato del PST fue, ahora sí, don Filiberto, quien sumó a su partido las siglas del naciente Partido Nacional Revolucionario (PNR). En 1933, el candidato fue José Luis Solórzano, cuyo periodo de gobierno, ante su desfachatez e ineptitud que lo llevaron a renunciar el cargo, debió ser terminado por el doctor Eucario López Contreras.
En 1937 el candidato fue un político identificado más con el cardenismo que con el pesetismo local: Wenceslao Labra. Y en 1941, el candidato y gobernador, ahora del PST y del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) creado en 1938, fue el malogrado y asesinado en la antigua Villa Charra de Toluca (donde hoy se ubican las instalaciones de la Fiscalía General de Justicia): Alfredo Zárate Albarrán.

Pero regresemos un momento. Desde su nacimiento, el PST adoptó como estandarte el famoso “círculo rojinegro”, es decir, dos círculos concéntricos, el interno de color negro y el externo rojo, en una especie de reivindicación ideológica de las luchas obreras de la época y del derecho a huelga.
En su Historia del Estado de México del año 1974, el Profesor Mosquito dijo que el culto a la bandera tricolor estaba siendo reemplazado con rapidez por el culto a la rojinegra; llegó a ser tan famosa y a estar tan presente en el ánimo de los habitantes del Estado, que prácticamente había sustituido al culto a la Enseña Nacional. A finales de la década de 1930 había que barrer con ese culto y adecuarse a las tendencias políticas del país que estaban ordenando el traspaso del poder a través de instituciones nacionales, ya fueran el PNR o el PRM.
Y, para que la cuña apriete, ha de ser del mismo palo. A pesar de haber sido yerno de don Filiberto (el suegro había muerto en 1934, tres años antes de que el yerno tomara posesión de la gubernatura), el gobernador Wenceslao Labra era, antes que todo, un político de hechura cardenista. De manera que don Vences se propuso erradicar el culto al círculo rojinegro y, de ser posible, al mismo Partido Socialista de los Trabajadores, lo cual lograría definitivamente Isidro Fabela allá por el año 1945.

Comenzó así la renovación del culto a los Símbolos Patrios en el Estado de México. En 1938 el propio don Vences coordinó la publicación de un libro: Homenaje a la bandera. A los niños y a los jóvenes mexicanos, con escritos y poesías de, entre otros, el propio Labra, Horacio Zúñiga, Heriberto Enríquez y Juan de Dios Peza.
Don Vences cerró su periodo de gobierno a tambor batiente en 1941, dotando al Estado de México de escudo e himno e inaugurando el 24 de febrero de ese año el mencionado Monumento a la Bandera que, como sabemos, se ubica entre las calles Hidalgo y Morelos, a la entrada a Toluca (o a la salida, como se quiera ver), frente a la Biblioteca José María Heredia (edificio inaugurado en 1944 por el gobernador Fabela como Museo de Arte Popular) y al costado del Panteón de la Soledad.
Las razones de la renovación del culto a la Enseña Nacional en nuestra entidad son poco conocidas, fruto del esfuerzo de don Vences por dotarnos de elementos de identidad, luego de 117 años de creado el Estado de México. Y si bien en principio las motivaciones ciertamente respondieron a intereses políticos, no obstante hoy forman parte de lo que nos hace sentirnos orgullosos como mexiquenses.
(Y con esta crónica me saco un poco la espinita de no haber podido dar aquella conferencia.)






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