La voz popular de las tierras toluqueñas no se resigna a las nuevas denominaciones o a la perdida de las mismas. Hay en este valle claros ejemplos de la resistencia cultural al cambio realizado desde los escritorios burócratas
Mario Vallejo Soriano / @VallejoSoriano
Aunque nuestra ciudad “Toluca la Bella”, esa que en algún tiempo fue tranquila y apacible, donde no acontecía mucho y cuando algo ocurría, la noticia se esparcía rápidamente de boca en boca. Era el comentario obligado en las charlas de café, en la comida, en el entorno familiar, escuelas, misceláneas o mercados.
Quedan en la memoria colectiva situaciones como el incendio del antiguo mercado Miguel Hidalgo, ocurrido en la década de los años setenta o la demolición del cine Coliseo en 1981 (antes cine Revolución y en su origen el Teatro Municipal), ambos inmuebles que se ubicaban donde hoy se encuentra la remozada plaza verde José María González Arratia, mejor conocida como “la González Arratia”.
Así como rememoramos al edificio y el espacio social que fue el cine Coliseo, así quedan en la memoria el nombre o la imagen de otros lugares emblemáticos que nos hemos negado a olvidar. Ahí está, por ejemplo, la intersección entre las avenidas Lerdo de Tejada, Miguel Hidalgo, Vicente Guerrero y Adolfo López Mateos, calles que convergen al poniente de la ciudad, este lugar hoy es ampliamente conocido como la “ex Cama de piedra”.
Para los que no tienen referentes sobre la denominación de ese lugar, les comparto que desde 1957 y hasta 1981, ahí se ubicó el monumento a los Niños Héroes. Una construcción escultórica en la que se observa a Juan Escutia (el cadete que dice la historia oficial, se arrojó al vacío para salvaguardar la honra nacional) tendido sobre unas rocas, con el mentón mirando al cielo, un brazo extendido más abajo del horizonte de su cuerpo y el otro, abrazando el asta de la bandera con la cual se envolvió y arrojo al vacío. Todo ello sobre un talud cilíndrico en desnivel que permite observar, de frente y en contrapicada, el cuerpo caído. Debido a la posición del personaje, el lugar fue bautizado popularmente como la “Cama de piedra”.
Pero no sólo eso, cuenta la historia urbana que ahí también llegó a caer uno que otro borrachín que tomaba la pequeña explanada como lecho para tomar la siesta o echar la mona. Además, fue protagonista de muchos accidentes, pues al estar ubicada en una de las entradas a la ciudad, no pocas veces algún auto siguió su camino hasta encontrarse abajo del insigne héroe nacional.
Sin embargo, después de muchos años de quedar grabada la popular denominación del monumento en la conciencia matlatzinca, el espacio, la intersección, el crucero, la confluencia, no ha perdido el nombre, tan sólo se ha modificado un poco.
Cabe mencionar que el monumento no se destruyó como sucedió con el mercado o el Coliseo, ni desapareció para hacer la circulación vehicular más fluida en el entonces problemático crucero. No, el monumento a los Niños Héroes literalmente se desarmó y se volvió a armar (por cierto, en un principio de fea forma) sobre Paseo Colón y Las Torres.
La voz popular no se resigna a las nuevas denominaciones o a la perdida de las mismas. Hay en este valle claros ejemplos de la resistencia cultural al cambio realizado desde los escritorios burócratas. La reconocida “Prepa 1”, de la Universidad estatal (ubicada cerca de la nueva sede del monumento a los Niños Héroes) hoy es denominada Plantel «Lic. Adolfo López Mateos» de la Escuela Preparatoria. Un largo nombre en el que se aplica la economía lingüística.
Como quitarle el nombre de “ex Zona Militar” a ese espacio donde ahora se ubica el Parque Metropolitano; qué decir de “La Pedrera” (“ex Pedrera” para no perder la continuidad), en el barrio de Huitzila (Huichila pa’ los cuates), donde ahora se encuentra un parque dedicado a la comunidad libanesa.
Qué decir de “C.U.”, como refieren los autobuses urbanos al Cerro de Coatepec; arrebátenle el nombre a “La Marquesa” y digan ahora Parque Nacional Insurgente Miguel Hidalgo y Costilla y, finalmente, ya no digan que van al “Paseo de los locos”, que se desarrolla en el municipio hermano de Metepec, ahora mejor vamos al “tradicional” Paseo de la agricultura en honor a San Isidro Labrador, que aunque bien definido, no da para el gusto popular.
Podríamos continuar mencionando varias ejemplos más, pero el espacio no nos alcanza, así que pronto retomaremos este tema del pueblo tolucano.





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