La insurgencia entró al territorio mexiquense por la hacienda de La Jordana, actual municipio de El Oro, el 24 de octubre. El 25 avanzaron a San Felipe del Obraje —hoy del Progreso—. Luego de enterarse del citatorio inquisitorial, Hidalgo siguió a Ixtlahuaca, donde el ejército pernoctó las noches del 26 y 27 de octubre. Enseguida avanzaron a Toluca, a la que entraron el día 28 a las 2 de la tarde
Rodrigo Sánchez / @RodrigoSanArce
Como cada año, todo México —incluyendo los mexicanos en el extranjero— celebra el Grito de Independencia la noche del 15 de septiembre. Pero vale decir que no todas las entidades y pueblos de nuestro país contaron con la presencia de aquellos insurgentes que iniciaron una rebelión para liberar a los novohispanos de la opresión y los tributos, resultado de tres siglos de colonización de la corona española.
En la Nueva España de inicios del siglo XIX, la Intendencia de México —cuyo territorio integró después el Estado de México— fue uno de los territorios por los que pasó la insurgencia al mando del cura Miguel Hidalgo y Costilla, luego de salir del pueblo de Dolores y de recorrer, durante más de un mes, las intendencias de Guanajuato y Michoacán. De esta forma, el hoy territorio mexiquense fue protagonista de acontecimientos que contribuyeron a cubrir de gloria a aquella gesta nacional.
La madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura de Dolores dio el grito de libertad. Ahí comenzó su marcha a la Ciudad de México a la cabeza de su ejército. Al pasar por Atotonilco, tomó de la iglesia el lienzo de la Virgen de Guadalupe y lo usó como estandarte. Siguió por San Miguel el Grande —hoy de Allende—, Chamacuero —hoy Comonfort—, Celaya, Salamanca, Irapuato y la capital, Guanajuato, donde el día 28 de septiembre, un crecido y enardecido ejército insurgente tomó a sangre y fuego la Alhóndiga de Granaditas. De Guanajuato, la insurgencia avanzó a Valladolid, pasando por Irapuato, Salamanca y Salvatierra. A Michoacán entró por Acámbaro, Zinapécuaro e Indaparapeo. El 20 de octubre llegó a la actual Morelia, donde Hidalgo promulgó el primer bando de abolición de la esclavitud.
El ejército siguió su marcha y regresó por el rumbo de Acámbaro. En Charo se presentó ante Hidalgo el cura de Parácuaro y Nocupétaro, Michoacán, José María Morelos. Este fue el primero y único encuentro entre las dos más grandes figuras de la guerra independiente, en el cual Hidalgo instruyó a Morelos levantar tropas en el sur y tomar el puerto de Acapulco. Morelos acompañó a los insurgentes hasta Indaparapeo y ahí se separó para ir a cumplir las órdenes del cura. Posteriormente el ejército pasó por Acámbaro y Maravatío y se internó en la intendencia de México.
Los insurgentes entraron al territorio mexiquense por la hacienda de La Jordana, actual municipio de El Oro, el 24 de octubre. El 25 avanzaron a San Felipe del Obraje —hoy del Progreso—. Luego de enterarse del citatorio inquisitorial, Hidalgo siguió a Ixtlahuaca, donde el ejército pernoctó las noches del 26 y 27 de octubre. Enseguida avanzaron a Toluca, a la que entraron el día 28 a las 2 de la tarde. La insurgencia se integraba entonces por 3 mil soldados disciplinados y una masa de 80 mil indígenas, castas y mestizos. Eran tantos que los últimos arribaron a las 7 de la noche.
Desde finales de septiembre, una vez extendida la noticia del levantamiento, se formó en Toluca un grupo de criollos e indígenas que conspiró a favor de la insurgencia, en el que destacaron el veterinario y herrero Joaquín Canseco, un licenciado Álvarez, el contador Joaquín de la Llera, el arriero Mariano Salazar y los paisanos Tomás Vargas y Vicente González. Estos son los primeros insurgentes, con nombres y apellidos, que apoyaron la rebelión en Toluca. Pero no fueron los únicos, muchos habitantes de pueblos del Valle de Toluca, cuyos nombres desconocemos, se sumaron a los rebeldes conforme la masa avanzaba rumbo a la Ciudad de México.
En todo caso, el ejército entró sin encontrar oposición, a pesar de que, para muchos toluqueños, Hidalgo no era grato —ya había corrido como pólvora la noticia del edicto de excomunión—. El Padre de la Patria iba acompañado por el resto de jefes: Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jiménez, Mariano Abasolo, Joaquín Arias, el padre Balleza, seguidos por músicos del Regimiento de la Reina, por lo que la algarabía debió ser grande. La entrada insurgente se realizó con orden de tropas, de manera que las autoridades civiles y eclesiásticas debieron recibirlos con cortesía y ceremonial eclesiástico. Les dieron la bienvenida los franciscanos José de Lugo, Pedro de Orcillés y Francisco Alarcón; también prelados de las iglesias de la Merced, San Juan de Dios y el Carmen; así como prominentes hombres de negocios y esposas: don José María de Oláes y doña Lorenza Orozco, don Cristóbal Cruz y doña Micaela Monroy.
Las masas ocuparon espacios abiertos como calles, plazuelas, panteones, haciendas y cerros cercanos. Imaginemos a esa mole humana ocupando una ciudad religiosa y conservadora que contaba entonces con 5 mil habitantes, acampando en la plaza mayor, las huertas del convento seráfico, el hospital de los juaninos y la plazuela del Carmen; los cerros La Teresona, el Calvario, el Cóporo, Santa Bárbara, Huitzila, San Luis Obispo, el Toloche, San Miguel Apinahuizco y Coatepec. Por supuesto, las vacas y borregos disponibles fueron devorados por la insurgencia, pero sobre todo el maíz y los puercos, alimentos que ya daban fama a Toluca —no quisiera imaginar, encima, los restos de fogatas y desechos humanos que dejaron atrás—.
Así, Hidalgo y seguidores conocieron aquella Toluca, cuyo río Verdiguel corría a flor de tierra y sus puentes conectaban la Sierrita con la plaza mayor —décadas después sería llamada Jardín de los Mártires— y la calle Real —Independencia—; tuvieron oportunidad de observar las humildes chozas en los cerros; edificios como las Casas Reales y el Portal de Riscos —calle 5 de febrero—; y el viejo convento franciscano, a donde Hidalgo acudió a misa, con sus huertas, caballerizas y panteones. Ese era el panorama de la pequeña y aldeana Toluca novohispana.
Existe polémica sobre la estadía de Hidalgo. La conseja popular cuenta que se alojó en la casa Oláes, esquina de las calles Tenería y Esquipulas —Lerdo y Bravo—. Pero la placa en la pared frontal del actual Museo José María Velasco es clara: Hidalgo pasó ahí la tarde. Es más probable que haya pernoctado en las Casas Consistoriales o Reales —el viejo Palacio de Gobierno a partir de 1874, hoy Palacio del Poder Judicial, en la calle Bravo—. Hay quien dice que Hidalgo no pasó más de tres horas en Toluca pues salió de inmediato hacia Tianguistenco; y quien afirma que Hidalgo sí durmió aquí, aunque habría salido muy temprano, en la madrugada del 29 de octubre.
Sea que durmiera aquí o no —no parece fácil dormir en medio de una insurrección—, lo cierto es que Hidalgo no tomó decisiones de mayor calado y lo más importante que dispuso fue, por un lado, que una parte del ejército se quedara en Toluca bajo las órdenes de Juan Ignacio González Rubalcaba, quien avanzaría a Cuernavaca; por otra, ya rumbo a México, que el ejército se dividiera en dos columnas: una avanzaría por el puente de Lerma y otra por Metepec, hacia el puente de Atenco.
La columna de Lerma sostuvo escaramuzas con tropas de Torcuato Trujillo, que la noche del día 27 habían abandonado Toluca. En tanto, Hidalgo avanzó por el puente de Atenco, que no fue oportunamente defendido por los realistas; cruzó el Río Lerma y llegó a Tianguistenco, donde pasó la noche. A su vez, Trujillo dejó libre el camino de Lerma y se retiró al Monte de las Cruces. Ambas columnas insurgentes avanzaron la mañana del día 30 para reunirse en los Llanos de Salazar, Ocoyoacac, a fin de continuar al Monte de las Cruces, donde estaban apostados los realistas que tratarían de repeler el ataque para evitar que aquellas entraran a la capital del virreinato.
Hasta ese momento, la insurgencia sólo había tenido un encuentro con los realistas en el asalto a la Alhóndiga, por lo que la Batalla del Monte de las Cruces fue el primer enfrentamiento y también la primera gran victoria insurgente. Luego de la celebración por el triunfo —tan estruendosa que la música y las fogatas se vieron y escucharon hasta la capital novohispana—, Hidalgo avanzó rumbo a Cuajimalpa. Como sabemos, a las puertas de la gran ciudad, decidió no entrar y volvió sobre sus pasos.
Con su ejército mermado, Hidalgo regresó por Ocoyoacac, Lerma, San Mateo Atenco, Metepec y Toluca, sitios que cruzó rápido pues ya no se detuvo a realizar diligencias; descansó en Ixtlahuaca y siguió por Jocotitlán, Atlacomulco, Timilpan y Acambay, hasta llegar a Aculco. Poco antes se enteró de la presencia de las fuerzas conjuntas de Calleja y Flon en la hacienda de Arroyo Zarco. La mañana del 7 de noviembre de 1810, la insurgencia se enfrentó a ese ejército realista profesional y por primera vez fue derrotada. Como constancia del enfrentamiento en Aculco, queda el árbol del Palo Bendito, encino a pie de carretera donde el mito dice que Hidalgo ofició misa.
Al huir de Aculco, Hidalgo viajó a Valladolid, tal vez por Temascalcingo; mientras que Allende y el resto de jefes se dirigieron a Guanajuato, probablemente por Polotitlán. Más adelante, a fines de noviembre y principios de diciembre, la insurgencia se reagrupó en Guadalajara, donde tuvieron relativa calma y formaron gobierno. El 17 de enero de 1811 se enfrentaron de nuevo a Calleja, quien los derrotó en Puente de Calderón. Posteriormente los jefes fueron aprehendidos el 21 de marzo en Acatita de Baján, cerca de Monclova, Coahuila. Finalmente, Allende, Aldama y Jiménez fueron fusilados en Chihuahua el 26 de junio; a Hidalgo le tocó la misma suerte el 30 de julio.
La impronta que Hidalgo dejó en Toluca fue tan honda que, 41 años después del Grito y a 30 de consumada la Independencia, el 16 de septiembre de 1851, el gobernador Mariano Riva Palacio colocó una estatua del prócer en la Plaza de los Mártires, la primera del Padre de la Patria que hubo en el país. Dicha estatua fue removida en 1884 a una esquina de la misma Plaza, en la calle Independencia, y posteriormente acabó erguida en un pedestal en Tenancingo, donde se encuentra hasta hoy.
Lecturas sobre la insurgencia, Biblioteca Mexiquense del Bicentenario (BMB):
- Hidalgo. Nueva vida del héroe, 2007, de Gustavo G. Velázquez;
- Batalla del Monte de las Cruces, 2008, de José Luis Alanís Boyso;
- Bicentenario de la Independencia. Estado de México, 2009, varios autores.
Lecturas sobre la insurgencia, Fondo Editorial Estado de México (FOEM, año 2012):
- La insurgencia organizada: textos y testimonios sobre la participación social en la Independencia, de Gerardo Gil Abarca;
- Nacionalismo y violencia en la Independencia de México, de Marco Antonio Landavazo;
- Retratos de una revolución. José María Luis Mora y la Independencia de México, de Rodrigo Sánchez Arce.







Deja un comentario