Hoy en día el concepto de cultura popular ha dejado de ser aplicable porque las identidades (valga la redundancia), incluso dentro de una misma comunidad, se han diversificado tanto como las expresiones que existen entre quienes conforman esos colectivos
Dice el dicho que no hay plazo que no se cumpla, así que en la colaboración de hoy hablaremos sobre lo prometido: la cultura popular y cómo se ha ido transformando y refuncionalizando para ser algo, si no totalmente nuevo, sí con aspectos distintos a los que tradicionalmente conocemos.
Durante muchos años la cultura emanada del pueblo, entendiendo esta como los rasgos propios de un grupo de individuos en específico propios de una región y que además les dan identidad, aunque dicha definición tenía que ver más con el folclor, que indudablemente es parte de ella, pero no lo es todo.
Hoy en día ese concepto ha dejado de ser aplicable porque las identidades (valga la redundancia), incluso dentro de una misma comunidad, se han diversificado tanto como las expresiones que existen entre quienes conforman esos colectivos.
Ejemplo claro de lo anterior son las denominadas tribus urbanas que, desde hace algunos años, se han hecho presentes y representan un fértil campo de estudio para las Ciencias Sociales. Estos grupos de jóvenes (y no tan jóvenes) que se identifican con expresiones que parecieran ajenas a su cultura, encontraron la forma de adaptar estos nuevos sistemas de los que se fueron apropiando para integrarlos a su cotidianeidad e incluso, hacerlos parte del lugar en el que viven, que son en muchos casos, colonias marginadas, espacios suburbanos e incluso comunidades indígenas.
Como reza el dicho popular “para muestra basta un botón”: la zona Otomí del Estado de México y más específicamente Temoaya y los pueblos que conforman al municipio, adoptaron al punk como algo suyo, a partir de la introducción por parte de algunos chavos (en la década de los 80) no solo de la música, sino de las formas de acción y organización, ese famoso do it yourself, que además encajaba a la perfección con el tequio practicado en el México Prehispánico y que fue heredado por los pueblos de gran parte del país.
Así, encontramos a bandas de punk como Batalla Negativa o Sin Conciencia Humana, sólo por mencionar un par, cantando en Hñahñu sobre problemáticas propias de los lugares que habitaban y en las que también se plasmaban la discriminación y exclusión de las que eran objeto, además de la exigencia de respeto, reconocimiento y equidad social.
Otra muestra de la adaptación, transformación o refuncionalización de la cultura popular, es el furor que ha generado esto de “la marimba es el nuevo punk”, gracias a Son Rompe Pera, agrupación de Naucalpan que integra de forma bastante peculiar e interesante, las sonoridades y vertiginosidad propias del rock o del hard core y el sabor de la cumbia con piezas como Pájaro Cenzontle o Pájaro Chogüí, además de canciones de su autoría, en un espectáculo catártico para interpretes y espectadores que han trascendido las fronteras llevando esta otra mexicanidad a la Unión Americana y gran parte de Europa.
Los anteriores son solo dos casos de muchos que se desarrollan a lo largo y ancho del mundo y que están demostrando que todo aquello que se resiste al cambio está destinado a desaparecer, son nuevas formas de plantear eso que se llama cultura popular y que, seguramente, habrán de conformar nuevas tradiciones que repetirán también este proceso de renovación, eso sí, sin dejar de ser contraculturales y opuestas (a pesar del interés de algunos por gentrificarlas) a lo mal llamado culto, que es más bien, elitista, clasista y excluyente.





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