Se han olvidado de los objetivos centrales de los festivales culturales: la creación de públicos, la promoción, gestión, fomento a la comunidad y el estímulo a las manifestaciones propias de los lugares
Mario Vallejo Soriano / @VallejoSoriano
“De las lunas, la de octubre es más hermosa porque en ella se refleja la quietud de dos almas, que han querido ser dichosas, al arrullo de su plena juventud”, reza la canción Luna de octubre que hiciera famosa Pedrito Infante en sus años mozos y es que, bajo las lunas de octubre se llevan a cabo múltiples actividades de corte cultural, entre ellas la más importante de México y ahora después de 50 años, de América Latina, el Festival Internacional Cervantino (FIL).
La realización de festivales culturales como el Cervantino, en el que convergen actividades artísticas de música, teatro, danza, artes plásticas, literatura y medios audiovisuales como el cine y, muchas veces talleres, conferencias y seminarios, tienen varios objetivos, pero uno de ellos, sobre todo si se encuentra en el marco cultural, es la creación y formación de públicos para el consumo de bienes culturales.
Este consumo es, justamente, consumir, asistir o participar de actividades de este corte y que, de acuerdo a la investigadora de la Universidad EAN, de Colombia, Nathalia Velasco, este consumo o experiencias llevan de manera exponencial una importante carga pedagógico-didáctica que fomentan el goce artístico, estético y el disfrute de expresiones artísticas y culturales.
Es decir que, cuando se acercan a los públicos actividades de corte cultural como los mencionados anteriormente y otros más que aportan a la diversidad, se conoce, aprende y se forma un gusto por esas manifestaciones artísticas que en algún momento pueden ser reproducidas y/o enriquecidas desde otra perspectiva.
A lo largo y ancho del Estado de México existen diversos festivales que se engloban bajo el concepto cultural, ya sean de música, cine, gastronomía o arte. Algunos, muchos, solo bajo ese concepto para mencionar que la “cultura” tiene una representación en dicho festival, pero que en la práctica apenas tienen algunas actividades con este corte.
Acá, en el Valle de Toluca, tenemos al menos tres festivales reconocidos ampliamente, por orden de aparición, el Festival Internacional de Arte y Cultura Quimera, en Metepec, el más longevo y que inició con espectaculares programaciones; la Feria y Festival Cultural Internacional del Alfeñique, en Toluca, que ha cambiado de denominación varias veces, pero que sigue siendo del Alfeñique; ambos organizados por los gobiernos municipales y, finalmente, el Festival de Las Almas, que se desarrolla en Valle de Bravo, con motivo del Día de Muertos y organizado por el gobierno estatal.
Los tres cuentan ya con al menos dos décadas de actividad anual ininterrumpida bajo la denominación de festivales culturales. Sin embargo, para este año, la denominación “cultural” para Toluca y Metepec les quedó bastante corta. Las propuestas en este sentido dejaron de ser innovadoras, propositivas e interesantes, pero sobre todo, como dice Nathalia Velasco, poco pedagógicas y didácticas.
Pero, quien se lleva la Palma de Oro es el organizador de “Quimera” porque una buena cantidad de seguidores, al menos en redes sociales desaprobó, primero la imagen promocional, muy alejada de su concepto original y luego, por la programación en donde se presentaron “artistas” y algunas actividades fuera de lugar, que bien pudieron estar en su famosa y ecléctica “Feria de San Isidro”.
La presente administración de Toluca no se quedó atrás. Programar en el festival de corte “cultural” a un famoso cantante del género regional mexicano y además fallido, no es uno de los objetivos de este tipo de actividades. Sin duda, en ambos casos, la programación “artística” va más allá de la contratación de cantantes famosos o la réplica de espectáculos “comerciales”. Algo que han olvidado o que no conocen.
A unos días de la celebración del Día de Muertos, fecha definitiva para la realización del Festival de las Almas, en Valle de Bravo, todavía no se sabe de su programación, que esperamos se encuentre más cerca de lo artístico y cultural, como ha sido la dinámica a lo largo de sus 20 años de existencia. Aunque ahora el nombre del festival no consigna su vocación cultural, este ha sido respetado durante todas sus emisiones. Claro, como en todos los casos, ha tenido sus detalles, pero no como los que se viven ahora.
Para concluir, se han olvidado de los objetivos centrales de los festivales culturales: la creación de públicos, la promoción, gestión, fomento a la comunidad y el estímulo a las manifestaciones propias de los lugares, por mencionar algunos, para dar paso y preferencia a otro de los objetivos de cualquier festival: la parte turística y económica.
Sin duda, la derrama económica que generan estas actividades y que benefician al comercio local y porque no, también al comercio informal, es muy importante. Una actividad económica completa. Sin embargo, todo ello no está peleado, pero si se debe dar el justo lugar a las actividades culturales como se mencionan pomposamente en sus publicidades. Para ejemplo, ahí está el Festival Internacional Cervantino que, ese sí, es internacional.






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