De la Muerte, se dice que nos enseña a no quejarnos de nuestras circunstancias porque hay muertos que no hacen ruido y es más profunda su pena
Angélica Vargas
En México, de la muerte se dice que sabe a azúcar y más en esta época porque está llena del aroma de los altares de Día de Muertos, coronados del perfume de fruta cristalizada y el turrón de sabores, del chocolate y el limón con el que se amalgama la pasta de alfeñique. De la muerte se dice que en México tiene como segunda mayor incidencia a la diabetes mellitus, justo por debajo de las enfermedades del corazón, según datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) en 2022.
Aún cuando las tías que rompen el empacho y curan el cuajito de los bebés de mollera caída, aseguran que ellas tienen otros datos, porque seguramente, las causas que no se mencionan en dichas estadísticas son el temible soponcio, el terrible patatús y el incurable parraque se ha llevado a más de uno a ver a San Pedro.
Pero ¿qué le vamos a hacer? Porque el que por su gusto muere hasta la muerte le sabe (y seguramente sabe delicioso) además, de limpios y de tragones están llenos los panteones.
Es bien sabido que en México la gente no se muere, se petatea, chupa faros o se cambia al otro barrio.
Mientras los estadounidenses patean la cubeta, los alemanes heredan la cuchara, los ingleses empujan a las margaritas y los portugueses van chocando las botas, los mexicanos colgamos la toalla y los tenis, entregamos el equipo, bailamos las calmadas y nos carga el payaso.
Los dichos de la Muerte aseguran que esta nos libra de responsabilidades y problemas, porque muerto el ahijado se acabó el compadrazgo, muerto el perro se acabó la rabia y la mera verdad: muerto el perico ¿para qué se ocupa la jaula?
Ahora que, de la Muerte se dice que nos recuerda que, si no fuimos el finado, entonces, nuestra vida debe seguir: el vivo al gozo y el muerto al pozo y el vivo al pollo y el muerto al hoyo y los muertos al cajón y los vivos al fiestón.
Los mexicanos, tenidos por valientes gracias al estereotipo que el cine de oro creó en el extranjero, dicen de la muerte que es mejor decir, aquí corrió que aquí murió y que el valiente vive hasta que el cobarde muere.
Lástima de esto último, en caso en los que el acoso, sobre todo entre adolescentes ha terminado en tragedia porque los afectados decidieron encarar a sus perseguidores.
De la Muerte, se dice que nos enseña a no quejarnos de nuestras circunstancias porque hay muertos que no hacen ruido y es más profunda su pena.
Nos advierte que hay que tener cuidado al hablar y al buscar de más, porque el pez por la boca muere y la curiosidad mató al gato.
La muerte nos enseña a halagar la comida restauradora que está para levantar muertos.
Y ha de ser porque según un chistorín popular, los muertos mexicanos regresamos a nuestras casas tan solo para comer.
La mortaja y el matrimonio, según dicen los mexicanos, bajan del cielo y están predestinados, lo mismo que nuestro carácter y complexión por aquello que el genio y la figura los llevamos hasta la sepultura.
La Muerte nos enseña a trabajar en equipo porque entre más personas que lo cargan, el muerto se hace más liviano, aunque también se dice que cuando siente que lo cargan, el difunto se hace pesado.
El genial grabador José Guadalupe Posada, que creó a la Calavera Garbancera como crítica social, sin quererlo, le dio a la Festividad del Día de Muertos y a la muerte misma un rostro.
De la Muerte se dice en México que nos enseña a velar cadáveres con cabezas de cerillo, que no debemos tenerle miedo al petate del muerto ni decir que nos espanta para luego agarrarnos a su mortaja.
Esa calavera rebautizada como catrina por Diego Rivera era la representación de aquellos mexicanos que, antes muertos que sencillos se llenan de deudas, como el 35% de los encuestados por Forbes para uno de sus artículos de 2022 que admiten tener un historial crediticio malo.
Quizás por eso nos gusta el regateo y las ofertas.
Así que, ya que están enterrando gratis, vamos muriéndonos todos.





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