De los Beatniks y del Santo

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Mario Vallejo Soriano - Soliloquios catárticos

El Santo se hizo famoso y ahora, es referente de la cultura del circo maroma, teatro y pancracio popular de este país

Mario Vallejo Soriano / @VallejoSoriano

Sucede con frecuencia. No sólo hoy, es de cada semana. Fue hace tres, hace dos y ahora de nuevo. Uno siempre piensa en la idea original para el tema de la colaboración, pero siempre se aparece algo en el inconsciente, personal y colectivo.

Uno comienza a escribir sobre un tema y termina desvirtuando, modificando o cambiando. Parece que sucede regularmente cuando se inicia un texto. Lo escuché de una joven y talentosa ensayista que al presentar su libro, explicó que el resultado final, es decir su obra completa, no era ni siquiera el esbozo de lo planeado. Igualito me pasa, por supuesto, guardando las debidas proporciones.

El motivo era hablar sobre el centésimo décimo aniversario del nacimiento del escritor maldito William Burroughs, que se conmemoró el pasado 5 de febrero, ese autor que conocí tardíamente en la universidad pero en buen momento intelectual para comprender la carga ideológica que contienen sus textos, el profeta del caos, el rebelde, el culto e ingobernable.

De manera natural conocí a dos de los escritores más representativos de la generación Beat: Jack Kerouac y Allen Ginsberg, a quienes leí ávidamente porque mostraban una forma de vida libre pero al mismo tiempo anticonsumista, pesimista, irreverente, y contestaría.

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Cuando conocí un poco más de la ideología Beat, evoqué esas películas mexicanas juveniles de finales de los años 60 y principios de los 70 que simulaban la forma de vida norteamericana, con jazz y poesía en una actitud “rebelde”. 

Sin embargo, la idea equivoca que tuve de los beats en la infancia temprana, fue a través de un capítulo de la serie animada “Los Picapiedra”, donde aparece un grupo de personas vestidas a manera singular, a modo de los poetas.

Boinas negras, playera de rayas horizontales, anteojos negros y gruesos, suéteres de cuello de tortuga, barba de “chivo” y en actitud, más bien pasiva, tronando los dedos al ritmo de un jazz bep bop. 

Así conocí a la Generación Beat, en el estereotipo que los medios utilizaban para mofarse de este grupo contracultural de finales de los años 50. Lo positivo es que, con frecuencia lo relacionaban con el jazz, ejecutado principalmente por gente de color, piezas que nos hacían seguir el ritmo de la música y la poesía inconforme de una sociedad en la eterna búsqueda de sus libertades.

Pero otro tema que comparto, más allá de la experiencia de las lecturas de unos poetas del siglo pasado, que más tarde fueron retomados como una cuestión de mercadotecnia, es la memoria del superhéroe mexicano ¡el Santo!

Justo la semana pasada, también el 5 de febrero se cumplieron 40 años de su desaparición, desde aquí, se le recuerda con nostalgia. He de decir que yo era más bien fan de Blue Demon, quien de manera general estaba detrás del Santo en popularidad, pero que, para mi gusto, era mejor atleta y por supuesto, mejor luchador, aunque sabemos que para la vendimia, imagen no es, necesariamente, igual a calidad.

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Sin embargo, por esa misma capacidad de vender un producto, el Santo se hizo famoso y ahora, es referente de la cultura del circo maroma, teatro y pancracio popular de este país. Pero, paradójicamente, hoy el nombre de Blue Demon es marca registrada, con una importante cantidad de productos promocionales, incluso, como imagen para una emisión de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, celebrada, justamente hace 10 años.

El Santo ya no es siginificativo para muchas personas, sobre todo para los más jóvenes. Pero como remembranza personal, al Santo nunca lo conocí en carne y hueso, es decir, nunca tuve oportunidad de ver una lucha de él cuerpo a cuerpo contra otro luchador. Mucho me hubiera gustado ver uno de esos agarrones épicos donde las patadas, los golpes y las cachetadas sonaban y se mostraban impresionantes, pero sobre todo, verlo en acción aplicando su famosa llave de “a caballo”.

No, nunca lo vi en vivo y a todo color; sin embargo, lo disfruté cada semana, por varios años, a través del cine, creo que vi todas sus películas en alguno de los cines que mejor las ofertaba. Hoy sabemos que son películas chafísimas, pero que en su momento eran la locura para los infantes asiduos al cine y que paradojicamente, hoy, esos filmes, se han convertido en producciones de culto.

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En esas cintas, más de 50, como todos sabemos, igual peleaba contra vampiros, zombis, gangsters, extraterrestres, monstruos, momias y hasta contra algunas mujeres y, no, nunca faltó la escena de la arena a reventar, en una lucha de dos a tres caídas sin límite de tiempo y donde todo el mundo coreaba al Santo.

Era pues en esos cines tolucos que, por su uso y edad, poco a poco y uno a uno, fueron convirtiéndose en cines de piojo, donde cada domingo se ofrecían dos o tres películas en función de matiné.

Ahí estaban los monumentales cines Coliseo, el Justo Sierra, el Rex, el Florida y por último, el Cinema 70, todos desaparecidos. El famoso Teatro Morelos, también daba función de matiné, pero este “teatro”, por su condición de inmueble gubernamental, nunca se descuidó y sigue incólume, incluso renovado, ahora sí, con una mecánica teatral, pero sin cine, mucho menos matiné.

¿Cuántos lances y cuantas patadas voladoras tiramos al acompañante para asemejar una pelea como la que observamos en la pantalla a veces en blanco y negro, a veces en tecnicolor? 

Ese Santo, el ídolo de la chamacada, el personaje de las multitudes, la estrella de las películas, el primer superhéroe nacional, al superhombre, el justiciero, el redentor, la adoración de las féminas y el atleta profesional. Así lo veíamos de niños, así con la inocencia infantil de querer ser ¡el Santo!

¡Santo, Santo, Santo!

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