Periodista. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Miembro fundador del Sistema de Radio y Televisión Mexiquense, conductor principal de diversos noticieros y programas informativos en el mismo. Conduce «Estrategia Pública» los martes a las 20:00 en Mexiquense Radio 1600 AM. Colabora en el canal de YouTube Trascendi Humanitas.
“Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe”
La tardía reacción ante la imposición de aranceles a las exportaciones mexicanas por parte de nuestro vecino del norte es la actitud constante que el gobierno ha adoptado en su relación bilateral con Estados Unidos: esperar siempre que las cosas cambien por efectos colaterales, sin entender que nada será suficiente para satisfacer el apetito de quien ya ha olido el miedo y probado la sangre de su presa.
Una vez más, la administración mexicana corrió con un poco de suerte. Al menos el sector automotriz, su principal producto de exportación a Estados Unidos, contará con un mes más de gracia antes de que también le apliquen el 25 % de aranceles.
Sin embargo, este plazo no se consiguió por intervención de nuestras autoridades, sino a petición directa de las armadoras de Detroit, que intercedieron ante Trump para evitar ser acuchilladas como el resto y poder planear mejores estrategias. General Motors, Ford y Stellantis fueron las empresas mediadoras.
Trump, quien reacciona por instinto y poco se preocupa por maltratar a sus otrora “socios”, sigue bloqueando el ingreso de productos al mercado estadounidense. Su principal interés es impulsar la reindustrialización de su país, lo que implica que las empresas que han invertido fuera regresen a su territorio con el incentivo de importantes apoyos fiscales.
Con ello, busca generar más empleos y fortalecer su economía interna. No importa si, en el proceso, sus propios ciudadanos—además de los de México y Canadá—tienen que pagar un alto precio. El impacto económico será importante para algunos, pero para otros, como los mexicanos, devastador. Sin embargo, a Trump poco le interesa: él no responde a la racionalidad más elemental, sino al instinto.
Por todo esto, el que Claudia Sheinbaum haya expulsado a 29 criminales de nuestro territorio para que Estados Unidos haga con ellos lo que desee sirve de poco o nada para cambiar el trato hacia México.
Lo mismo ocurre con el envío de 10 mil soldados a la frontera o el decomiso de drogas: tantas concesiones solo han conseguido despertar el hambre de la fiera. Para colmo, los hechos cotidianos, la desesperación y los argumentos esgrimido —como la acusación de que el gobierno mexicano está coludido con el narco—parecen suficientes para que algunos sectores concedan razón a las demandas de Washington.
Por ello, inmolarse en el Zócalo capitalino no solucionará nada. Habrá, eso sí, gritos y sombrerazos, pero en esencia, nada aportará, salvo quizá justificar ante los suyos quién es el “villano” de la película. En la práctica, la situación no cambiará. Lo único seguro es que las exigencias seguirán aumentando, y como no hay mucho margen de maniobra, el futuro estará lleno de escollos: un auténtico campo minado donde cualquier movimiento puede detonar una crisis.
Será el domingo, en lo que se asemeja más a un mitin partidario que a una concentración de apoyo nacionalista, cuando la presidenta dé a conocer las sanciones con las que pretende “defenderse” de su principal socio comercial.
Eso sí, cuidando las formas, no sea que las cosas se agraven más. Y créame, esto es una posibilidad real. La lucha se antoja francamente desigual: mientras México depende en un 80.2 % de sus exportaciones a Estados Unidos, nuestro país solo representa el 2 % de las ventas norteamericanas en el mundo. A querer o no, la recesión se asoma cada vez más cerca, y su presencia parece inevitable.





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