La situación y la necesidad de la gente, de retomar eso que quedó en pausa en el 2020 y salir a hacer su vida ”normal”, fueron aprovechadas por las empresas que acaparan el show business de los festivales en nuestro país, para atacar sin compasión las carteras de los consumidores
En diciembre de 2020, apenas 10 meses después de que iniciara la pandemia que mantuvo al mundo en aislamiento, por casi 2 años, y esperando –como todos los afectados por la enfermedad en esa segunda etapa- recuperarme de los estragos del Covid, por la cabeza me cruzaron preguntas que seguramente atacaron más de uno, pero sobre todo a quienes nos dedicamos al arte, la cultura o la organización de eventos masivos: ¿Y si nada vuelve a ser igual? ¿Y si no regresan los eventos masivos? ¿Qué o cómo será la nueva normalidad?.
Las únicas respuestas que parecían posibles, no eran nada alentadoras y por el contrario, eran el augurio de un futuro funesto, sin embargo, poco a poco las cosas fueron mejorando y las actividades se reactivaron, primero con pocos asistentes hasta llegar a concentraciones masivas y hoy, eventos abarrotados, como si nada hubiera pasado.
Durante el lapso de lo que podríamos llamar la recuperación, artistas, productores y proveedores de equipos y servicios, parecían ponerse del lado de quien decidía, aún con incertidumbre, invertir para reactivar la economía (por lo menos en lo que respecta al área en cuestión) y emitían el discurso de los bajos costos, exigencias mínimas y casi nulas y toda la disposición para que los shows se llevaran a cabo.
El porvenir de las grandes concentraciones, y más específicamente, de los festivales (para nuestra colaboración de hoy), pasaba de la oscuridad a la luz para teñirse, como dice el dicho, color de rosa, pero igual que aquello que pareciera cuento de hadas, se vino abajo.
Apenas pudo haber reuniones que rebasaran los 1000 asistentes y que ignoraban las medidas sanitarias que supuestamente en la nueva normalidad se seguirían observando, los catchés de esos mismos actores de la industria del espectáculo, que antes se vendían como los buenos samaritanos, empezaron a irse hacia las nubes, volviendo incosteables las presentaciones y provocando los altos precios de las entradas a dichos espectáculos.
La situación y la necesidad de la gente, de retomar eso que quedó en pausa en el 2020 y salir a hacer su vida ”normal”, fueron aprovechadas por las empresas que acaparan el show business en nuestro país, para atacar sin compasión las carteras de los consumidores, que -aún sigo sin entender del todo por qué- agotan las entradas mientras incrementan las carteras de préstamos de bancos, llenan de mercancías los anaqueles de casas de empeño, o dejan sin cubrir necesidades básicas con tal de lograr un ticket para tal o cual festival.
Así, la nueva normalidad, lejos de establecer el uso eterno de cubrebocas, el mínimo contacto humano y por ende una forma distinta de hacer shows, trajo consigo un mundo aún más consumista y materialista que el que dejamos atrás.
Ahora bien ¿Cómo afecta lo anterior al trabajo que las instituciones de cultura dedicadas al fomento, promoción y difusión del arte y la cultura? La respuesta es sencilla, no habrá presupuesto que alcance para contratar los “grandes nombres” que todo mundo espera ver, aunque esto, no es necesariamente una desventaja y por el contrario, sería un buen momento para lo que debería ser la vocación de todo evento público: la generación de nuevos headliners y la visibilización de los talentos que por no obedecer a las reglas de la industria, siguen sin ser tomados en cuenta, una tarea nada fácil pero tampoco imposible, solo basta decidirse, retomar la vocación real de lo público y replantear el rumbo, algo de lo que hablaremos en nuestra siguiente colaboración.



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