La triste realidad del consumo cultural en México

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José Antonio Martínez "El H" - Hilo rojo

Sería entendible que una vez que regresáramos a la normalidad después de la pandemia, las cosas habrían de cambiar pero aún cuando se declaró controlada la situación y los contagios fueron a la baja, el porcentaje de consumo cultural no igualó al de la prepandemia

José Antonio “H” Martínez / @Marginaldo_Mtz

Como es ya sabido, México es uno de los países con mayor riqueza y diversidad cultural y patrimonio tan amplio como nuestra historia, por lo que  sería lógico pensar que las cifras en torno al aprovechamiento de la oferta cultural deberían ser altas, pero la realidad es otra, por cierto, bastante triste y desalentadora y es que de acuerdo con los datos registrados por el INEGI, la UNAM y algunas encuestadoras, el interés por asistir a eventos relacionados con el arte y la cultura, va en picada.

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Si bien es cierto que nuestro país no se ha caracterizado por registrar grandes asistencias a conciertos, recitales de danza, obras de teatro, presentaciones literarias, exposiciones y a muchas de las actividades relacionadas con el arte o la académica, (salvo honrosas excepciones como los festivales públicos de corte gratuito y algunos espectáculos que por sus contenidos o lo vistoso de sus montajes, además de hype en torno a los mismos, reunían un público bastante considerable); la población acudía a las diversas convocatorias al respecto, situación que cambió en 2020, con la llegada de la pandemia y aunque se observa cierta recuperación, esta no ha sido la esperada.

De acuerdo con los datos reportados por el módulo sobre eventos culturales seleccionados (MODECULT) 2023, durante 2016 el porcentaje de población que asistió a algún evento cultural, era del 64%, mientras que en 2021, fue de 17.3%; es entendible que los números disminuyeran tan drásticamente debido a las restricciones establecidas a nivel mundial, así como el temor a las concentraciones en las que se corriera el riesgo de infectarse.

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Igual de entendible resultaría que una vez que regresáramos a la normalidad, las cosas habrían de cambiar, pero aún cuando se declaró controlada la situación y los contagios fueron a la baja, el porcentaje de consumo se quedó en 48.7% para 2023, como consecuencia de las dificultades económicas a las que nos enfrentamos tras el cierre de fuentes de empleo, además del creciente desinterés en torno a —valga la redundancia— el arte y la cultura, a pesar de que durante el encierro, fueron estas las que nos ayudaron a sobrevivir.

Para muchos, podría ser poco o nada importante lo anterior y habrá quien considere que en nada nos afecta que esto pase; sin embargo, con la disminución de demanda viene la reducción en la oferta, o en otras palabras, cada vez menos creadores dedicados a su actividad y por ende el recorte a los presupuestos gubernamentales (más de los que ya hemos visto) dedicados a la creación artística o a los eventos en el ramo. Significa también la desaparición de foros, centros culturales, galerías y hasta salas cinematográficas (ni el séptimo arte se escapa de la tragedia) y con ello, la imposibilidad de esparcimiento.

Recordemos que una sociedad sin arte, es una sociedad cada vez más propensa a la desintegración y a las conductas patológicas, que si de por sí son ya graves, podrían llegar a —sin afán de ser fatalistas— límites insospechados; es por ello, que resulta importante que como público, retomemos la costumbre de asistir a eventos y de acercarnos a las propuestas de quienes se dedican al quehacer artístico, e igual de importante es que las instituciones sigan destinando, y lejos de recortar, incrementen los fondos dedicados a la creación, promoción y difusión del arte y la cultura pues contrario a lo que se cree, además de necesarias también pueden llegar a ser rentables.

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