Es consultora en comunicación estratégica, docente e investigadora universitaria. Con más de tres décadas de experiencia en los sectores público, privado y social; ha trabajado en comunicación organizacional, gestión reputacional y proyectos culturales así como en iniciativas de comunicación digital y transformación institucional.
No falta tecnología: sobra prisa. Organizaciones adoptan inteligencia artificial sin criterio y terminan produciendo contenido sin estrategia ni sentido
En los últimos meses, la inteligencia artificial se ha instalado en la conversación organizacional con una velocidad difícil de ignorar.
Talleres, cursos, certificaciones, manuales de uso y una lista creciente de herramientas prometen transformar la manera en que se comunican las instituciones.
La expectativa es alta: mayor eficiencia, automatización de procesos y una capacidad casi ilimitada para generar contenidos.
En ese entusiasmo, muchas organizaciones han comenzado a incorporar estas tecnologías en sus procesos de comunicación sin detenerse demasiado a reflexionar sobre algo más básico: para qué se utilizan y, sobre todo, con qué criterio.
La adopción acelerada de herramientas no es nueva. Cada cambio tecnológico ha venido acompañado de una etapa inicial de fascinación, en la que la novedad parece suficiente para justificar su uso.
Lo que hoy resulta distinto es la velocidad y la profundidad con la que estas herramientas intervienen en tareas que antes dependían casi por completo del juicio humano.
En el ámbito de la comunicación estratégica, esto se vuelve especialmente relevante. No se trata únicamente de producir textos, diseñar mensajes o automatizar respuestas. Se trata de comprender contextos, leer entornos, interpretar matices y tomar decisiones que tienen implicaciones en la percepción pública de una organización.
Y ese tipo de decisiones no se delega.
Sin embargo, comienza a observarse una tendencia que genera inquietud. La incorporación de inteligencia artificial en los procesos organizacionales empieza a parecerse, en algunos casos, al relumbrón que en su momento provocaron las redes sociales digitales entre los tomadores de decisiones.
Hubo una etapa en la que muchas organizaciones querían estar en todas las redes, participar en todas las tendencias y sumarse a cualquier conversación que generara visibilidad. La lógica parecía clara: si la audiencia estaba ahí, la organización también debía estarlo.
Con el tiempo, esa prisa mostró sus límites. No todas las plataformas eran pertinentes para todos los públicos. No todas las tendencias eran compatibles con la identidad institucional. Y, en más de una ocasión, la participación apresurada terminó colocando a organizaciones completas en la cuerda floja frente a escándalos mediáticos derivados de mensajes mal planteados o mal contextualizados. Ni todas las redes ni todas las veces resultaron efectivas.
Hoy, con la inteligencia artificial, comienza a observarse una lógica similar. La urgencia por incorporarla, por demostrar actualización y por no quedarse fuera de la conversación tecnológica puede llevar a decisiones que priorizan la herramienta sobre el sentido.
En ese proceso, algo se diluye. Las habilidades que durante años han sido fundamentales en la comunicación —la escucha, la empatía, la capacidad de leer una coyuntura, de anticipar reacciones, de entender a los públicos— comienzan a desplazarse frente a la presión por dominar plataformas.
Como si saber usar la herramienta fuera equivalente a saber comunicar.
Hay en ello una ilusión que conviene observar con cuidado: la idea de que incorporar tecnología es, por sí misma, una forma de sofisticación. Un brillo que puede resultar atractivo, pero que no necesariamente fortalece la calidad de las decisiones ni el cumplimiento de los objetivos organizacionales.
Porque la comunicación estratégica no se resuelve con velocidad, sino con sentido. La inteligencia artificial puede facilitar procesos, ordenar información y proponer rutas. Puede ser una aliada poderosa. Pero no sustituye la responsabilidad de quien decide qué se comunica, cómo se comunica y para qué se comunica.
En otras palabras, no sustituye el criterio. Y es precisamente ahí donde aparece la paradoja: mientras más herramientas existen para comunicar mejor, más evidente se vuelve la necesidad de fortalecer aquello que ninguna herramienta puede reemplazar.
El reto no está en usar inteligencia artificial. Está en no perder inteligencia en el proceso.
Porque, al final, la diferencia entre una organización que comunica estratégicamente y una que simplemente produce contenido no está en la tecnología que utiliza, sino en la claridad de sus decisiones.
La pregunta correcta es: en medio de esta prisa por incorporar herramientas, ¿qué tanto estamos fortaleciendo el criterio con el que decidimos usarlas?






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