El Padre Reyna, un hombre de profunda cultura, sacerdote y escritor, dejó un legado en sus escritos sobre la majestuosa Catedral de San José en Toluca
Rodrigo Sánchez / @RodrigoSanArce
Aún recuerdo mis tiempos de estudiante de secundaria, a fines de los 80. Caminaba de la secundaria 5 anexa a la Normal Superior que está en la calle Venustiano Carranza, cruzaba la explanada del Mercado Morelos, tomaba la cuchilla de Constitución de 1857, la cual desemboca en la calle 23 de septiembre, todo ello en la Colonia Morelos. Por cierto, a pesar de haber vivido 30 años en esta última calle, nunca he sabido qué se conmemora o qué pasó un día 23 de septiembre. Habrá que seguir investigando.
El caso es que, de cuando en cuando, se aparecía por allí caminando un señor muy alto, blanco, cabello cano, lentes, gesto adusto, ensotanado. Era monseñor Enrique Reyna Carrillo, mejor conocido como “padre Reyna”, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados —a la que los malosos llaman de los “desarrapados”— ubicada en la esquina de las calles Horacio Zúñiga y 23 de septiembre.

El padre Reyna era amigo de mi padre, Alfonso Sánchez García el Profesor Mosquito. Decir esto no es cualquier cosa: para un furibundo anticlerical —que exclamaba “¡Ay Diosito Santo”— y rabioso liberal —a quien le caían mal historiadores conservadores como Lucas Alamán— como era mi padre, tener un amigo clérigo era algo atípico. Cuando mi padre murió en 1997, al acudir el padre Reyna al velorio y decir oraciones por el alma del difunto, lo que incluía rociar agua bendita, varios de mis parientes creyeron que el Profesor Mosquito se levantaría de su tumba.
Lo que muchos no saben del padre Reyna es que, aparte de dedicar su vida al sacerdocio, en sus mocedades, siendo seminarista y estudioso del catolicismo, adquirió una vasta cultura, la cual reforzó con sus viajes por Europa y su larga estancia en el Vaticano. Menos se sabe —y aquí se resuelve el enigma— que Reyna fue escritor y periodista, de ahí el vínculo con el Mosquito que se remonta a mediados del siglo XX.
En 1990, el Ayuntamiento de Toluca presidido por la maestra Laura Pavón Jaramillo, publicó el libro Toluca en la mirada, en la colección “Lo nuestro”, diseñada por el entonces joven poeta Félix Suárez y cuyas portadas —muchos las recordarán— eran completamente negras con letras blancas —en esa misma colección se publicaron Guía del viajero en Toluca de Aurelio J. Venegas y El último farol de Javier Ariceaga.

Toluca en la mirada es una antología de textos de diferentes autores, seleccionados por el Mosquito, quien también hizo la introducción y fichas de los mismos. Por sus páginas pasan 33 historiadores y cronistas que escribieron sobre Toluca. Del padre Reyna seleccionó el artículo titulado “La Catedral de Toluca”, que una docena de años antes había aparecido en otra antología publicada por el Ayuntamiento en 1978 —año de la consagración de la catedral de San José—: Toluca, proyección cultural.
Al llevar a cabo una brevísima semblanza del párroco y en referencia a sus ya mencionados viajes por Europa y el Vaticano, Sánchez García apuntó que Reyna “pudo haberse quedado en aquellas latitudes, pero prefirió volver a Toluca para servir a la comunidad”. La prosa del padre Reyna es diáfana, docta y esquemática, y su artículo refleja ecos del reportaje, aunque más bien es como una larga nota de prensa.
El artículo se divide en varios subtítulos. Comienza diciendo que la Catedral es “obra monumental que manifiesta el celo apostólico del Excelentísimo y Reverendísimo Señor Doctor Don Arturo Vélez Martínez, Primer Obispo de esta Diócesis porque fue construida bajo el episcopado y bajo la dirección del Arquitecto Don Vicente Mendiola”.
A continuación, refiere los tres proyectos de Catedral que hubo en casi un siglo: el de 1866 del ingeniero Agustín Carrillo, el cual, como sabemos, no prosperó; el segundo del famoso arquitecto Ramón Rodríguez Arangoity, para el cual se colocó la primera piedra el 12 de mayo de 1867, iniciándose la construcción, misma que luego se abandonó; y el tercero, de 1951, luego de erigida la Diócesis, a cargo del arquitecto Vicente Mendiola, proyecto que cristalizó su objetivo 27 años más tarde, el 11 de abril de 1978.
Habla después de las dimensiones: “La Catedral al exterior es grandiosa por las dimensiones de la obra arquitectónica en la que se conjugan los órdenes del arte de la antigüedad grecorromana”. Menciona el alto relieve de la ascensión del Señor, así como las esculturas de apóstoles, evangelistas, Doctores de la Iglesia y alegorías de las virtudes teologales, todas realizadas por el maestro Juan Ramírez; también la escultura de San José sobre la linternilla de la cúpula, obra de Ernesto Tamariz.
En los siguientes apartados, el padre Reyna describe la fachada, en la que destaca el alto relieve de San Miguel Arcángel, “Patrón Principal de la Diócesis de Toluca”; de las torres, con las esculturas de los evangelistas; de las fachadas laterales, las bóvedas de las naves y el ábisde que “imprimen a la Catedral su elegante monumentalidad”.
Hace una amplia descripción del interior que “ofrece un ambiente de claridad y amplitud, sus líneas arquitectónicas proyectan belleza y desde cualquier ángulo se consigue la suficiente visibilidad del altar”; además, nos entera de las medidas: “noventa metros de largo, cuarenta y cinco metros de ancho y de alto, considerando ‘a nivel de la calle hasta el eje de la cúpula, sesenta metros’”.
Al hablar del Nártex destaca el hecho de que “en la Historia de la Iglesia es inusitado que el mismo Obispo que principia la construcción de la Catedral la consagre”, como sucedió con Arturo Vélez Martínez. Describe enseguida las cinco naves, los dos coros, la galería, el crucero, el altar mayor, el presbiterio, la sacristía, la decoración general que considera “neoclásica” y las salidas laterales al Portal Reforma y a la Plaza Fray Andrés de Castro.
Mención aparte merece su descripción de la portada del templo de la Tercera Orden, que se preservó dentro de la Catedral, en el crucero, a la derecha del presbiterio, “bella reliquia del arte popular indígena, original del Siglo XVIII… La puerta de ingreso da a la Iglesia de la Tercera Orden, elevada desde 1951 a Parroquia del Sagrario y a sede de la Catedral en Construcción hasta que se terminó y quedó al servicio de la Diócesis”.
El artículo no tiene conclusión o remate. No lo necesita, es muy claro y sirve como guía para quien tiene oportunidad de recorrer la majestuosa Catedral de San José.
En 2007, el padre Reyna tuvo el privilegio de oficiar él mismo, en aquella Catedral que había reseñado tres décadas antes, una misa para celebrar 50 años de carrera sacerdotal. Murió en 2016. En 1992 y en 2004 debí confesarme pues tuve necesidad de recibir algunos sacramentos y acudí a él, allá en su casa celestial, los Desamparados. En los siguientes años lo vi de cuando en cuando, cerca de su casa terrenal en la contra esquina de la iglesia, pero cometí el error de no pedirle algunos minutos de su tiempo para platicar. En verdad lo lamento, pude haber aprendido muchas cosas…






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