La razón de ser de la democracia es que los gobernantes representen a los gobernados y en México la regla se cumple, solo que no queremos reconocer que esa imagen que el espejo llamado gobierno nos devuelve es la de la sociedad a la que pertenecemos

J. Israel Martínez Macedo / israelmartinez.com.mx

A mucha gente la política le causa repulsión, para otros tantos es una especie de saciamorbos que solo sirve para echar chisme y tener plática en algún lugar y, para lo menos, es un asunto de suma importancia porque en ello se juega el presente y futuro del país, lo que significa ineludiblemente que también el presente y futuro de cada uno de nosotros; no obstante, sin importar lo que para cada quien represente la política; todos tenemos, al menos, la percepción de que es algo muy importante.

Y cuando se trata de un asunto de percepción corremos el riesgo de pensar que la realidad es tal cual la percibimos sin darnos cuenta (mejor dicho) sin querer darnos cuenta de que lo que estamos percibiendo es apenas un reflejo que estamos dispuestos a pensar como real porque cumple con una función importantísima para cada uno y es que nos permite evadirnos de lo que pasa más allá de es autopercepción de la vida.

Cuando descubrimos que eso que está más allá de la percepción o autopercepción que hemos creado y creído no corresponde con nuestro pensamiento, entonces comenzamos a idealizar las cosas como una respuesta de negación a a esa realidad que no nos gusta y que no queremos aceptar, ya sea por dolorosa o simplemente porque no queremos que así sea.

Quizás es por esto que nos negamos a creer una triste realidad: la democracia en México sí funciona y lo hace porque los políticos que tenemos sí nos representan. Habrá quien diga que no que a él los políticos no lo representan pero es que, en realidad, no me refiero a un “nos” que esconda la particularidad entre la generalización; me refiero a un “nos” tal cual general que nos abarca en los distintos segmentos que componen la complejidad social de nuestro (“nos”) basto universo de mexicanos que hay y que, nos guste o no nos guste: “somos”.

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Veamos el ejemplo más claro de todos: Andrés Manuel López Obrador. Ya sé que muchos dirán que él no los representa y quizás tengan razón, pero no por eso pueden negar que el presidente sí hay muchos millones de mexicanos que sí se ven representados en él, es decir, sienten que él es como ellos: víctima profesional, de doble moral, irresponsables, ignorantes por decisión o conveniencia propia, cínicos, rencorosos y sobre todo vengativos.

Porque sí, hay que decirlo, fuera de la autopercepción que tengamos de nosotros mismos como mexicanos, la realidad es que la gran mayoría (y eso significa que no todos pero sí lo más) de los sobrevivientes de este país son de doble moral, es decir, promueven valores como la lucha contra la corrupción pero cuando se trata de ellos mismos hacen como que no la ven, no existe o es culpa de alguien más, lo que también habla de la irresponsabilidad.

Sí, también, la mayoría de los mexicanos son ignorantes por decisión o conveniencia porque en caso de elegir preferimos las redes sociales que la lectura de un buen libro o creer el chisme que nos cuentan todas las mañanas en la oficina (digamos en una reunión de gabinete) que leer por uno mismo lo que las noticias nos muestran; y cuando la responsabilidad es inevitable, notes no queda más que el cinismo y continuar como si nada.

Ni qué hablar del rencor y la venganza porque apenas se nos traviesa, según nosotros, mal otro conductor y le mentamos la madre y en una de esas hasta lo perseguimos para irle reclamando o, los peores, todavía lo alcanzan y se le cierran igual o de plano se bajan del vehículo a querer arreglar el tema a golpes; muy similar a querer cobrar venganza con aquellos que no nos apoyan o quienes tienen la osadía de criticarnos, porque podremos perdonar lo que sea menos que nos digan una verdad que nos saque de nuestro México idealizado y fantaseado.

Sí, aunque no queramos reconocerlo, el Presidente sí representa a la mayoría de los mexicanos que, por rencor o por venganza, son capaces de estrellar el carro en el que viajamos todos con tal de cumplir ese deseo convertido en necesidad de desquitarse de esos que “por muchos años han abusado de nosotros el pueblo”, ese concepto tan apropiado para referirse a todos y a nadie al mismo tiempo, un imaginario colectivo que nos dota de dignidad pero que en realidad no refiere a nadie en absoluto y que nos permite sentirnos parte de algo aunque sea una masa sin forma pero con un nombre defendible “el pueblo”.

Otro caso ilustrativo es el de ese interesante fenómeno del gobernador de Nuevo León, Samuel García, como imagen representativa del joven “progre” que puede cambiar al mundo solo porque quiere y puede, que está en su momento para hacerlo, porque todos deben adaptarse a ellos ya que son la vanguardia hacia el futuro… aunque todo el camino vayan llevados de la mano y sin soltarse (o quizás sea mejor de los bolsillos) de papá o acompañados del abuelito Dante o el tío abuelo Fernando Alberto quien “aconseja” y deja hacer siempre y cuando se haga como se indique.

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Sí, también hay muchos jóvenes mexicanos que se ven representados ahí; en esa imagen que explota la juventud como principal y casi única virtud, en la que el arrojo se malentiende como sinónimo de valentía y en l laque el mundo se puede cambiar simplemente haciendo que los demás cambien, porque claro, ellos no están mal, es el mundo el que está equivocado.

Los que juegan a ser autónomos pero le hacen el caldo gordo por conveniencia a los mayores, quienes juegan un juego que no entienden pero que les hace sentir “niños grandes” por solo poder jugarlo; que en su inconmensurable ignorancia demuestran una todavía mayor inocencia, que piensan que pueden emborracharse y hacerse de palabras en la mesa de los adultos quienes les llevan años luz de ventaja y solo pueden verlos con lástima, unalátima que no entienden pero que les divierte porque el abuelo Dante y sus amigos ríen y les dice que sigan porque van bien.

Son esos mismos jóvenes que sienten que usar tres aplicaciones de la tecnología que tienen en sus manos es un súperpoder en este mundo tecnologizado y que piensan que la tecnocracia es el gobierno de la tecnología o través de ella; los que engañan a sus seguidores y se autoengañan a sí mismos comprando bots en espera de que estos algún día se vuelvan reales mientras los usan para inflar tendencias a petición de los abuelos o los tíos, quedando bien para que algún día hereden los terrenos.

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Sí, hay una gran cantidad de jóvenes que ven representados en esa imagen que los Simpson’s definieron en su película con el personaje de Russ Cargill, ese empresario multimillonario que fue nombrado director de la EPA porque quería hacer algo por el ambiente, no dar dinero, pero hacer algo; y que cuando se vuelve loco de poder responde a un subordinado: “claro que estoy loco de poder ¿sabes lo que es volverse loco sin poder? Nadie te hace caso.

Más allá de lo que queramos ver o no ver, es necesario reconocer que la democracia funciona porque sí, ese hombre en Palacio Nacional representa lo que la mayoría de los mexicanos es o lo que es lo mismo, representa a la mayoría de los mexicanos que son como él, al igual que Samuel García representa a todos esos jóvenes que están en un mundo que no entienden que no saben a dónde quieren llegar y que su única preocupación es seguirla pasando bien.

En sus conciertos y por tanto en alguno de sus discos, el extinto Facundo Cabral decía sobre los argentinos que: “¿Sabes que no hay nada más argentino que no ser argentino? Cuando encendés la radio te das cuenta: los jóvenes se sienten norteamericanos y los viejos se creen europeos, ¿cómo crees que funciona un país donde nadie está en su lugar?” y México no escapa de ello.

Parafraseando termino: porque no hay nada más mexicano que no ser mexicano: los jóvenes se sienten influencers estadounidenses y los viejos se creen revolucionarios cubanos… así funciona este país, donde nadie está en su lugar pero en el que todos seguimos queriendo creer que sí.

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