Ya no se trata de una doble carga o jornada, sino (a veces) hasta de una triple. El trabajo remunerado, el doméstico y los hijos, son cargas psicológicas y físicas que han aumentado desde el primer año de la pandemia para las mujeres en general
Las vacaciones llegaron, es época de compras, de fiestas, de villancicos y unión familiar. En el papel suena a que mágicamente los problemas acaban pero el invierno se ha convertido en un espejismo de bonanza patrocinado por el consumismo.
La invisibilización de la depresión estacional, de la triple carga de las madres —autónomas o no—, la presión por las apariencias… todo se conjuga en la paz que antecede a la tormenta, esa que conocemos bien y que llamamos cuesta de enero.
Entonces tenemos a millones de madres resolviendo. Los hijos están en casa, las vacaciones no siempre empatan (no en la mayoría de los casos). La planeación de una cena familiar que recae —en la mayoría de los casos— sobre ellas.
Las que van por el recaudo, revisan si hay gas suficiente, alistan la ropa, las maletas si hay un viaje en puerta; las que limpian y se organizan con los vecinos para cuidar las casas en caso de ausencia.
Ya no se trata de una doble jornada, sino (a veces) hasta de una triple. El trabajo remunerado, el doméstico y los hijos, son cargas psicológicas y físicas que han aumentado desde el primer año de la pandemia para las mujeres en general y parece que todo se hace al ritmo de un jingle navideño que nos fuerza a esbozar una sonrisa.
Y aunque parezca que los tiempos han cambiado, la realidad no es así, al menos no en cuanto dinámicas familiares pues la híperdependencia a las mujeres en este núcleo es evidente.
Pensar que esto no tiene consecuencias físicas y psicológicas es esperar a estar tumbado bajo el sol todo el día y acostarse por la noche con la esperanza de que las quemaduras desaparezcan por sí solas.
Escuché en los juzgados que una buena madre es la que está presente, la que cocina, lava, plancha, va por los hijos a la escuela y se sienta a hacer tareas. Esa misma persona sostuvo que la descomposición social se debe a que las mujeres estuvieron obstinadas en asumir roles de proveedoras (?) y cumplir sus “egoístas sueños profesionales”.
Me parece que ese tipo de afirmaciones eximen de toda responsabilidad a las empresas y a los gobiernos que no han sido capaces de proporcionar las condiciones para que los trabajos precarios dejen de proliferar.
Vemos que cada vez es más difícil que una familia viva con un solo ingreso, en especial cuando la inflación alimentaria ronda 8%.
Me parece poco comprensible que se espere que las madres asistan al colegio a recoger a sus infantes cuando los horarios de oficina no empatan con los escolares.
O que el techo de cristal, que es cuando los puestos de toma de decisión solo son asequibles para los hombres, sea aún una realidad cotidiana.
O que la informalidad esté llena de mujeres, a veces emprendedoras, a veces contratadas por debajo del agua, por la falta de oportunidades y la sobrecarga de trabajo no remunerado.
Los números, tan exactos, revelan que —en promedio— nosotras dedicamos 50 horas al trabajo del hogar, 2.5 veces más que los hombres.
Y las vacaciones nos lo demuestran, aunque se romantice con papeles para envolver regalos, luces que titilan al ritmo de los deseos, con un rush por la unión familiar que no se demuestra a la hora de preparar la cena o lavar los platos.
A días de la cena de Nochebuena y la Navidad, me parece oportuno pisar esa llaga que a las mujeres nos duele tanto: La doble carga se intensifica en esta temporada y nos recuerda que la responsabilidad no recae solo en la familia, también en un Estado que no ha logrado garantizar el acceso a una vida libre de violencia a millones de mexicanas que hasta en las fiestas son violentadas y sobrecargadas.
Me parece que es un gran momento para parar en casa, ver de qué no nos estamos haciendo cargo y responsabilizarnos. Porque no se trata de ayudar, sino de entender que las redes de apoyo deben nacer en la familia con la única meta de mantenerla a salvo, pero para eso, hace falta menos fut y más acción masculina en las labores domésticas.
Claro, es una sugerencia. (Guiño, guiño)







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