Sociólogo especializado en el análisis de procesos políticos. Docente universitario en nivel licenciatura y posgrado.
Las estatuas no honran la historia, sino el poder: íconos ideológicos puestos para dividir y manipular desde la mirada del gobierno en turno
Desde hace mucho tiempo he pensado que las estatuas de personajes con algún grado de fama o los monumentos con supuesta importancia histórica representan ideologías y preferencias políticas más que eventos trascendentales en el tiempo; algunos incluso evidencian un insulto estético al escenario urbano.
Los gobiernos en México, al igual que en otras partes del mundo, han recurrido a la formulación de íconos que pretenden narrar sin palabras gestas heroicas del pasado, construir episodios históricos en el imaginario social.
Por lo tanto, construir una iconografía representa el pretexto ideal para que los gobiernos pretendan marcar una huella de su paso y, en consecuencia, de sus preferencias ideológicas; se busca resguardar las fuentes de lo que identifica a una sociedad, bajo la mirada del poder.
De este modo se explica que la devoción conservadora exprese su culto en imágenes religiosas o en gobernantes de derecha, mientras que en los gobiernos de izquierda se privilegia a revolucionarios mártires de su tiempo.
Ambas vertientes tratan de construir un escalafón histórico aceptable para la sociedad en su momento, por lo que las imágenes representan una oportunidad de escape, el culto idealizado del pueblo guiado hacia expectativas de un mejor futuro o de sueños que se esperan realizables en algún momento. Es el entrelazamiento del pasado y el futuro en mármol, granito o cemento.
Al amparo de los monumentos históricos se forjan narrativas de poder, comúnmente enclavadas en el monopolio de la verdad, la distinción entre los malos y los buenos de la historia. Pero el paso del tiempo es inevitable: los héroes de hoy serán los villanos del mañana y, si hay alguna representación incómoda de la historia, en el futuro nuevos actores buscarán imponer nuevas verdades.
En pocas palabras, el paisaje citadino, poblado de vestigios rancios de héroes cuestionables, nos invitará permanentemente a expresar nuestras filias y nuestras fobias.
El caso de las estatuas de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, las cuales fueron retiradas de la colonia Tabacalera en la delegación Cuauhtémoc de la Ciudad de México, ha suscitado una polémica entre defensores y detractores de los personajes.

Este evento recuerda el retiro de la estatua de Cristóbal Colón del Paseo de la Reforma hace algunos años; en ambos casos se ha recurrido a la crítica del legado histórico de los personajes. Pero independientemente de los argumentos a favor o en contra, no hay duda de que los eventos buscan reforzar una identidad política, favorable para la confrontación sin argumentos sólidos y más bien encaminada a congraciarse con las bases ideológicas de los grupos políticos en disputa.
En suma, siempre habrá objeciones a las representaciones de personajes o eventos, pero sin duda alguna esto también representa una oportunidad para los gobiernos en turno, en su afán de incorporar piezas para adscribirlas a sus oportunidades de juegos de poder. Sin embargo, no hay que olvidar las palabras de Charles Bukowski: “Los mejores hombres mueren en los callejones bajo sábanas de papel, mientras que los peores hombres les hacen estatuas para que los pájaros se caguen.”





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