De la lengua española y los mexicanismos

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Mario Vallejo Soriano - Soliloquios catárticos

La lengua es factor de unión, de identidad. El léxico, el vocabulario o las palabras, fungen para designar, para nombrar, muchas veces, hasta las propias experiencias

Mario Vallejo Soriano

No hay marca más clara de identidad que el idioma o lengua, esa que funge como cohesión hacia dentro de los grupos y como defensa hacia el exterior. La lengua, sobre todo la mexicana, o el español de México, no es más que el reflejo de la cultura que nos permea, la que codificamos y descodificamos cotidianamente, la del día a día, la que nombra la vestimenta y hasta lo que comemos.

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La lengua es factor de unión, de identidad. El léxico, el vocabulario o las palabras, fungen para designar, para nombrar, muchas veces, hasta las propias experiencias que describen las experiencias de una misma lengua en otro país, otro contexto y otra cultura.

El lingüista José G. Moreno de Alba, exdirector de la Academia Mexicana de la Lengua, explicaba que son muy diferentes las opiniones que sobre la diversidad del español pueden dar los turistas, los puristas o los filólogos. Por ejemplo, un turista español que llegue a México, escribía, le sorprenderá que en el desayuno le ofrezcan bolillos (cierto tipo de pan blanco), que en la calle pueda abordar un camión (autobús) o pedir un aventón (autostop).

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Que sea un bolero el que le bolee (asee) los zapatos, que en el teléfono le contesten ¡bueno!, que aquí las casas se renten (se alquilen), que pueda acompañar sus bebidas con botanas (tapas), que haya establecimientos como las loncherías (cierto tipo de cafeterías modestas), tlapalerías (ferreterías donde se venden también pinturas), misceláneas (pequeñas tiendas de comestibles), rosticerías (asadores), etcétera.

En fin, una clara diferencia en el uso de las palabras en una misma lengua, una minúscula parte del léxico del español que, de acuerdo al Instituto Cervantes y su más reciente informe de 2022, lo hablamos más de 595 millones de personas en el mundo, ya sea como lengua nativa, segunda o extranjera, de ellos 496 millones de personas tienen el español como lengua materna, es decir 6,3 % de la población mundial.

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Un dato interesante es que México es el país con mayor número de hablantes del español y le siguen muy por abajo, Colombia y España, eso hace que, por derecho propio, podamos decir que aquí, en México, con todas las variantes, se habla español mexicano.

Tan sencillo como observar películas dobladas al español, pero habladas con ese característico tono mexicano, el de las penínsulas o del norte, con palabras que sólo nosotros conocemos el significado, esas palabras llenas de eufemismos, de doble sentido, de significados locales, divertidas y sonoras porque, nada como las palabras con “Ñ”, ñoño o ñango, por mencionar algunas o, esas con el dígrafo “ch”, tan escandaloso y con tantos significados como la chingada.

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Un titipuchal de palabras, un chingo, hartas, un montón, que desde el primer ejercicio por recopilar el léxico de nuestro país con el Corpus del español mexicano contemporáneo (1921-1974), luego el Diccionario Breve de Mexicanismos (2001), el Diccionario del Español de México (2010), un año más tarde, el Diccionario de Mexicanismos, que por cierto generó prurito entre los lingüistas de la Academia Mexicana, y seguramente muchos más que no registro, hasta el Diccionario de Mexicanismos. Propios y compartidos (2023), nos llenan de identidad y muchas veces de orgullo.

En este último esfuerzo académico, serio y formal, atendiendo al lema de la Real Academia Española de “limpiar, fijar y dar esplendor” a la lengua, surge el Diccionario de Mexicanismos. Propios y compartidos, que reúne más de siete mil palabras que, a decir de la académica y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), Concepción Company, “habitan, tienen origen y dan personalidad al idioma español que se practica en México”.

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Así, este diccionario reúne palabras como maicear, quihúbole, simón, mustio, chulo, nachas, relajo, güevon y todas aquellas que comienzan con el dígrafo “ch” como chafa, chafirete, chiplocles, chorrillo, chulo, chela y por supuesto todo el bonche de vocabulario derivado de la palabra más conocida por los mexicanos, allende las fronteras, la chingada que, además, es un fonema explosivo y escandaloso que, de manera particular, me gusta mucho.

Enamorado de los diccionarios, glosarios y demás textos que reúnen palabras ordenadas sistemáticamente, ya tengo mi ejemplar y que gozoso, la hojeo una y otra vez, además de reconocer palabras y reconocerme mexicano, me envuelve ese aroma a tinta y papel que emana del libro. A darle que es mi mero mole.

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