Los 60 de Tunastral y las peladeces del Profesor Mosquito

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Rodrigo Sánchez

Ahora que tunAstral cumple 60 años, recordamos la plática del Profesor Mosquito, su libro «Uso y abuso del vocabulario prohibido» es una joya literaria

Rodrigo Sánchez / @RodrigoSanArce

Ahora que el grupo tunAstral cumplió 60 años el pasado 11 de mayo (el grupo se creó ese día de 1964), recordé aquella plática que Alfonso Sánchez García, el inolvidable Profesor Mosquito, dictó a los integrantes de la tribu de tunastralopitecus allá por 1967, tercer año de la era tunAstral que ya tenía tres celebrando cafés literarios y revolucionando la cultura en Toluca.

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Dicha plática fue retomada para su publicación por el editor José Yurrieta Valdés, con el título Uso y abuso del “vocabulario prohibido”, en la colección Cuadernos del Estado de México; fue el vigésimo segundo libro de dicha colección, para la cual escribieron también personajes como Enrique Carniado, Josué Mirlo, Rodolfo García, Enrique González Vargas, Carmen Rosenzweig y el mismo Yurrieta, además de que publicó textos de Gilberto Owen.

El Mosquito no tiene empacho en decir que cuando Yurrieta le pidió la “charla malcriada” para convertirla en libro: “no dudé un instante en aceptar y agradecer el envite, ya que nunca he sido melindroso para embarcar mi pobre literatura en el primer barco que pasa y más si la nave resulta de lujo”.

Portada de "Uso y abuso del vocabulario prohibido" del Profesor Mosquito

De hecho, considero que Uso y abuso fue el primer libro hecho y derecho del Mosquito pues anteriormente sólo había publicado escritos mimeografiados y engargolados. Cuenta con 59 páginas escritas y cuatro ilustraciones de Marco Antonio Turlay (otro tunastralopiteco que murió recientemente en los días de la pandemia, por cierto tío de mi querida Sandra Tourlay). El librito se divide en un prólogo escrito por el editor José Yurrieta, una introducción, cinco capítulos y una especie de epílogo, todos a cargo del mismo Profesor Mosquito.

En la Introducción el Mosquito habla de sus intenciones. Deja claro que a pesar de que el tema obliga a utilizar groserías, en sus columnas periodísticas no las usa por considerarlas innecesarias; pero tampoco niega la “cruz de su parroquia”, pues “si conozco en algo el mundo de las ‘mentadas’, es porque mamé, rodé y crecí en el proceloso barrio de San Juan Chiquito, a donde todos llegamos ‘pelados’, pelones y pegando gritos y roncadas”.

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En el Capítulo I. El vocabulario prohibido, habla de la existencia de dos tipos de lenguaje: el “que se puede pronunciar indiscriminadamente” y el que “sólo sirve para poner letreros en el excusado, o tratar con los amigos a la hora del fútbol”, pues las “artificiosas convenciones sociales” y la “represión idiomática” imponen una forma de hablar. En el Capítulo II. Del arte a la escatología, el Mosquito habla de la clásica separación entre el lenguaje culto de la clase privilegiada y el vulgar del pueblo, vedado para aquellas. No obstante, desde el inicio afirma que “el idioma es uno sólo: el que el pueblo habla”.

En el mismo capítulo II el Mosquito advierte que usar el vocabulario prohibido conlleva el riesgo de “resbalar” en la pornografía o vulgaridad y para cualquier clase de literatura “el idioma bronco del barrio sólo debe ser fuente de metáforas o expresión viva de una personalidad”. Este existe pues “ningún idioma decente… alcanza a satisfacer las profundas y graves necesidades humanas de insulto, de agresividad, de malicia sexual y de desahogo primitivo”, por ello el pueblo no siempre acepta las definiciones de diccionario y “si no encuentra palabras apropiadas, las inventa”.

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Como ejemplo de “peladitos” que no encuentran manera de expresarse en “Castellano puro”, recuerda “al afamado, pero de ningún modo genial” Cantinflas (este cómico nunca nos gustó a mi padre ni a mí y en casa no veíamos sus películas), así como a los personajes de esa obra que causó tanta indignación en el régimen de Díaz Ordaz: Los hijos de Sánchez (FCE, 1964), de Óscar Lewis, quienes se expresan sin inhibiciones y en su “jerga usual”.

En el Capítulo III. Los filólogos de la carpa, se ocupa de cómicos que sí le gustaban: sus cuates Antonio Espino “Clavillazo” y Germán Valdés “Tin Tán” (no menciona a Adalberto Martínez “Resortes”, quien visitó algunas veces nuestra casa de la colonia Morelos y mi papá le daba de comer chorizo, sin albur). Del primero resalta su idea de que el “caló” es vocabulario secreto que cuando se hace de dominio público “pasa a engrosar las filas del Idioma Prohibido [pues] el pueblo sabe crear sus propias expresiones” (“chota”, policía). Y de Tin Tán explica su “Teoría del derive” por el que “la palabra no cambia de significado sino de ortografía” (“cerbatana” por cerveza).

TunAstral cumple 60 años

En el Capítulo IV. Cosa de matices, dice que el “vocabulario maldito” tiene la ingrata tarea de “mencionar todo lo que la sociedad considera indecoroso”, pero está seguro que la razón fundamental por la que resulta impronunciable es porque surge del pueblo, aunque en privado lo utilice la “aristocracia”.

En el Capítulo V. La clásica “mentada”, hace un estudio etimológico, lingüístico y psicológico del tema, utilizando sólo tres veces el verbo “chingar”, tal vez por aquello de que “cada vez que tenemos que mencionar ‘la mentada’, se nos forma una extraña resistencia interior a escribirla con todas sus letras”. No obstante, creo que el Mosquito más bien reduce el uso del verbo más polisémico del español de México (“chingar”) porque, ya lo dijo antes: en su literatura no necesita utilizar las groserías.

Al final, en esa especie de epílogo que es ¡Y ai los vidrios!, el Mosquito no presume de ser el primero en hablar del tema pues reconoce que ya antes lo había hecho el filólogo y filósofo Modesto Sánchez, su maestro en la Normal de Profesores allá en los primeros años 1940. Por último, aquellas “señoras de edad” que escucharon la charla para tunAstral y que expresaron “¡Ah, qué viejo tan pelado!” (“¡Y dicen que es profesor!”), tenían razón.

Mi padre era un viejo pelado y majadero. Y sin rubor reconozco que muchas de las mejores groserías las aprendí de él. Recuerdo en particular expresiones que le eran características, por ejemplo, la frase “es miope” era la contracción de “es medio pendejo” y con ella calificaba a quien lo merecía. A mis hermanas que se levantaban tarde los fines de semana les cantaba, completamente deformada, la canción “Las pelotas de Carey” (siga la melodía de la original): “Las huevonas, las huevonas… Las huevonas de Carey, ¿qué’s lo que siente el perro cuando le cortan el rabo, lo mismo que siente el rabo cuando le cortan el perro”. O cambiaba palabras: en los 80, cuando estaba de moda el grupo Timbiriche, mi padre, tal vez por desprecio a esa música o para ahuyentar sonidos cursilones de su cabeza llena de ritmos de bolero, rumba, mambo, cha-cha-chá y clásica, rebautizó el nombre del grupo como “Timbirpinche”.

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En fin, ese también era mi padre y me enorgullece haber aprendido sus peladeces. Si encuentran Uso y abuso… en librerías de viejo, cómprenlo, ya que también pertenece a la historia más temprana de tunAstral.

Ya con esta me despido, felicitando mucho a los tunastralopitecus que siempre tuvieron especial aprecio por mi padre; felicito en especial a Margarita Monroy, jefa de la tribu, por los 60 añotes del grupo, y los que les faltan…

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