El metal, tuvo que vivir durante muchos años en el underground, sí con una buena cantidad de seguidores, pero muy pocas oportunidades de ser parte del mainstream y con la mínima, si no es que nula probabilidad de acceder a los medios masivos de comunicación
José Antonio “H” Martínez / @Marginaldo_Mtz
El “Metal” -conocido por muchos como rock pesado– se ha convertido en los últimos años en la nueva promesa dentro del circuito de los festivales de música, tanto así que son cada vez más los empresarios que deciden apostar por la organización de eventos relacionados con el género; sin embargo, no todo el tiempo fue así.
Desde su nacimiento (como toda propuesta contracultural) a finales de la década de los 60 fue rechazado, discriminado y hasta satanizado (incluso por adeptos al rock) gracias al sonido estridente de las guitarras distorsionas además de las letras de las canciones, que dejaban de lado el romanticismo casi general de las piezas de rock and roll de los 50 y se aventuraban a explorar temas que hasta el momento se consideraban prohibidos como la religión, la política, el ocultismo, el sexo, el lado oscuro de la naturaleza humana, además de atreverse a hacer crítica social.
A lo anterior, habría que sumar la parafernalia usada por los integrantes de agrupaciones como Black Sabbath, que incluían objetos relacionados con la hechicería, imágenes demoniacas y crucifijos de cabeza, lo que también propicio que aún en pleno siglo XXI, fuera responsabilizado de los impulsos de algunos asesinos en serie.
Por todo ello, el metal, tuvo que vivir durante muchos años en el underground, sí con una buena cantidad de seguidores, pero muy pocas oportunidades de ser parte del mainstream y con la mínima, si no es que nula probabilidad de acceder a los medios masivos de comunicación, ni formar parte de los carteles de shows internacionales de renombre, por lo que tuvo que generar su propio circuito de eventos y foros.
¿Pero cómo es que un género considerado violento y poco “vendible” salió de las sombras para colarse en el mercado de los festivales taquilleros? Podría atreverme a decir que es durante la década de los 80, que es considerada la época dorada del sonido metalero, y gracias al coqueteo de algunas de las bandas del momento con el pop, que la música de la que hablamos en esta ocasión ganó popularidad y logró deshacerse, aunque no totalmente, del estigma con el que había tenido que cargar.
De igual forma, y gracias a la difusión de la existencia de festivales realizados en Europa, como el Monsters of Rock de Inglaterra, Graspop Metal Meeting en Bélgica, Tuska Open Air de Finlandia, HellFest en Francia, With Full Force y Wacken en Alemania, Gods of Metal en Italia y OzzFest en la Unión Americana, algunas de las firmas dedicadas a la organización de eventos, en conjunto con personalidades o agrupaciones del género musical, decidieron invertir y llevar a cabo este tipo de espectáculos.
En el caso de México, la situación no es nada distinta y no fue sino hasta la entrada de empresas como Zepeda Bros, Apodaca Group y por supuesto Ocesa, que hacer Festivales de Metal, ni siquiera pasaba por la mente de muchos; sin embargo, muchas veces los actos que integraban los line ups no resultaban del agrado del público al que se enfocaban y si bien lograban una buena venta de entradas, no eran las esperadas ni acababan de posicionarse en el circuito del Metal.
La cosa cambió hace apenas unos años, con la aparición de productoras especializadas, propiedad de metaleros y que integraron en sus filas a bookers y programadores con conocimiento de causa, capaces de lograr carteles que han sido aplaudidos en el mundo entero, ejemplo claro de ello es el Candelabrum Metal Fest, que a pesar de ser nuevo, apenas por su segunda edición en este 2023, es ya reconocido internacionalmente gracias a su organización y que además ha logrado posicionar a la escena mexicana en el mundo entero, pero de eso hablaremos la próxima semana.





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