De Rufino Tamayo y su exposición en Toluca

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Mario Vallejo Soriano - Soliloquios catárticos

Es de resaltar que muchas de estas obras de Rufino Tamayo no se encuentran exhibidas regularmente pues pertenecen a coleccionistas privados, así que este es otro motivo más para conocer esa obra que difícilmente se volverá a mostrar

Mario Vallejo Soriano

Al visitar un museo para observar una exposición se puede llegar con mucha expectativa o con mucha curiosidad, pero sin duda con la intención de conocer o reconocer, de aprender o reaprender de la obra del artista que expone en tal o cual recinto.

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Habrá muchas exposiciones, de muchas temáticas, en muchos lugares, pero observar el arte y sensibilidad de uno famoso, aquí cerquita, tiene otra perspectiva. Por eso, tienen que darse la vuelta al Museo de Bellas Artes de Toluca, para contemplar la obra de uno de los artistas mexicanos más reconocidos a nivel mundial.

Me refiero a la exposición “Los mundos de Tamayo. La estela creativa”, de Rufino del Carmen Arellanes Tamayo o Rufino Tamayo (1899 – 1991), ese oaxaqueño que mostró, al margen de su arte, la cultura de su tierra oaxaqueña y los colores de México al mundo. Su amigo y alumno Juan Soriano dijo que lo que Tamayo manejaba con la pintura, con el color, “era la luz, y esa luz iluminaba los colores. Son elementos inseparables, como lo son también su trazo y su emoción: eran, son, la misma cosa”.

Y sí, muchas de esas pinturas que hoy se exhiben en Bellas Artes, están llenas de trazos, de luz, de color, pero sobre todo de mucha sensibilidad y emoción. Uno lo sabe porque todo salta a la vista, aún más cuando la docta Lourdes Malagón Abín, directora del recinto nos guía por cada uno de los cuatro núcleos temáticos que conforman la exposición.

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 “Los mundos de Tamayo. La estela creativa” expone el desarrollo artístico del pintor, acompañado por diversos y destacados pintores mexicanos, desde finales de la década de los veinte hasta casi terminar el siglo, obras técnicamente diversas, que van desde una incipiente Escuela Mexicana de Pintura, pasando por la Modernidad, la Vanguardia y la Ruptura, hasta llegar a las formas propias del llamado Manierismo oaxaqueño.

Los cuatro grandes núcleos nos llevan, de manera cronológica, a conocer y comprender los diferentes procesos de Tamayo, sus obras iniciales desde 1921 hasta 1991. Siete décadas de creación artística donde podemos observar el desdoblamiento creativo del artista, su inicio en la experimentación, su contacto con las grandes vanguardias, europeas y estadounidenses para finalmente ser Tamayo, el artista indiscutible.

La de Tamayo es una muestra única que denota un impresionante trabajo de curaduría realizada exprofeso para este icónico recinto, que a decir de la misma Malagón Abín, ha sido un esfuerzo institucional donde se reúnen 198 obras, 117 de Rufino Tamayo, provenientes de 22 colecciones públicas y privadas, así como de algunos particulares con quienes se acordaron diversas condiciones para su traslado, seguridad y exhibición.

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Es de resaltar que muchas de estas obras no se encuentran exhibidas, pues como se mencionó, pertenecen a coleccionistas privados, así que este es otro motivo más para conocer esa obra que difícilmente se volverá a mostrar.

Otro motivo más, es que se dice que la del oaxaqueño en Bellas Artes, es comparada con “Los Tamayos de Tamayo”, aquella gran exposición realizada en los años noventa, en el desaparecido Centro Cultural Arte Contemporáneo, ubicado en el entonces Distrito Federal y que tuvo una tremenda aceptación. Después de eso, ninguna como la que se encuentra actualmente en el Estado de México.

La misma Lourdes Malagón, quien también participó en el guion museográfico y la curaduría junto con Raúl Cano y Mónica López Velarde, dice que el eje rector de la muestra es Tamayo, visto como artista, maestro, forjador y compañero de una generación de vanguardia: creador, experimentador, impulsor, generador de arte y exponente de una producción plástica única.

El desarrollo del arte moderno y contemporáneo mexicano, afirma Malagón Abín, no puede entenderse sin Rufino Tamayo, cuyos aportes, sensibilidad, libertad expresiva, creatividad, ingenio, tesón, pasión por sus raíces e identidad, proyección, perfeccionamiento, individualidad y habilidad técnica, permitieron abrir los caminos hacia una universalidad, que hoy es reconocida en cualquier latitud.

Así que no hay forma de perderse esta exposición que, además dicen, lleva un buen número de visitantes que se han quedado con muy buen sabor de boca. Por lo pronto, me escaparé de nuevo después de las vacaciones porque sólo estará todo agosto.

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