Es posible observar los riesgos civilizatorios que implica normalizar actos de violencia, la sociedad debe condenar desde sus diferentes trincheras el terror y el miedo
En días recientes se suscitaron varios actos de violencia relacionados con el crimen organizado en el Valle de Toluca, a partir de esto me permito plantear al lector de este espacio las siguientes consideraciones:
Una de las aportaciones del desarrollo civilizatorio es sin duda alguna la construcción de una humanidad sensible al dolor y con aversión a la violencia. Este sello característico de la condición humana supone un proceso de socialización en el que se tiende a desaprobar la destrucción o el daño hacia otros miembros semejantes de la especie. Sin embargo, vivimos en tiempos en los que este supuesto se encuentra en entredicho.
Si realizamos un diagnóstico global basta con mirar las condiciones de riesgo que enfrentan los miles de migrantes que desde medio oriente o el continente africano tratan de llegar a Europa y fracasan en la aventura mediterránea con tragedias muy dolorosas para comunidades enteras. De igual manera el tránsito hacia Estados Unidos desde América Latina nos deja muestras de múltiples violencias que orillan a familias enteras a migrar y con ello enfrentan muchas veces situaciones de extrema vulnerabilidad y abuso tanto de autoridades como de grupos criminales.
La tragedia de los migrantes que fallecieron en Ciudad Juárez este año es un doloroso referente de la crisis humanitaria que nos obliga a reflexionar sobre los saldos de una civilización occidental que muchas veces se niega a observar estas imágenes de dolor y desesperación. A partir de eventos como estos conviene preguntarse lo siguiente: ¿Es posible que estemos envueltos en una crisis civilizatoria sin darnos cuenta? O peor aún ¿es posible que estemos observando esta crisis civilizatoria de forma consciente y que no nos importe?
En lo personal creo que nos encontramos en un momento en el que se bifurca la trayectoria civilizatoria en el hemisferio occidental: Por un lado se observa el ascenso de una moralidad en la que valores, que podríamos clasificar como progresistas (autodeterminación, igualdad, justicia social), se incorporan en un sistema económico de libre mercado que disputa con el Estado la hegemonía del orden social. Por otro lado se observa un sistema social y cultural en el que la barbarie forma parte inevitable de lo social, en aras de la estabilidad y del orden.
En ambos casos se suscitan rupturas y grupos sociales que suelen quedar fuera de la ecuación civilizatoria. Probablemente esa es la frontera que nos indica aquella violencia que atrae los reflectores comunicativos y se incorpora en la agenda de discusión mientras que deja fuera del debate a la violencia que se nos vuelve normal en entornos cotidianos.
Considerando estas circunstancias es posible observar los riesgos civilizatorios que implica normalizar actos de violencia, la sociedad debe condenar desde sus diferentes trincheras el terror y el miedo que implican los mensajes y códigos que suelen promover los grupos del crimen organizado y al mismo tiempo exigir al Estado una respuesta clara y contundente, cuya función básica es proporcionar seguridad a la población. De lo contrario nos encaminaremos a la debacle de lo que conocemos como “civilizado”.




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