A Toluca le decían “La Bella” porque durante la época del porfiriato, que tuvo su duración desde mediados de siglo XIX y principios del XX, grandes edificios de macizo adobe fueron apostados por toda la ciudad con el clásico frontón y porte afrancesado que tanto le gustaba al dictador
Angélica Vargas
Hace ya muchos años a Toluca le pusieron un sobrenombre que parece cada vez se va alejando más del reflejo de la arquitectura y el diseño urbano que hoy en día tenemos.
A Toluca le decían “La Bella” porque durante la época del porfiriato, que tuvo su duración desde mediados de siglo XIX y principios del XX, grandes edificios de macizo adobe fueron apostados por toda la ciudad con el clásico frontón y porte afrancesado que tanto le gustaba al dictador.
Balcones de herraje, la tendencia Art Déco y Art Noveau que tan famosas hicieron a otros edificios en la Ciudad de México como el Palacio de Bellas Artes y en Toluca como el que hoy alberga a la Benemérita y Centenaria Normal de profesores son muestra de la arquitectura que le valió el nombre antes referido a la capital mexiquense.
Es desafortunado, por lo tanto, que muchos de los edificios que antiguamente engalanaban a la ciudad de Toluca hoy se encuentren en plenas ruinas y más desafortunado que al menos una persona haya fallecido tras el desplome de la que queda de estas infraestructuras.
En septiembre de 2022 un joven de apenas 23 años falleció al caérsele una barda mientras desayunaba en un puesto callejero sobre la calle de Alexander Von Humboldt.
La barda pertenecía a una casona que pasó por tiempos mejores, incluso se ve en el filme más emblemático de la ciudad, “Un año Perdido” de Gerardo Lara.
El pasado primero de octubre de 2023, un trozo mayor de la barda perimetral de lo que se llegó a conocer como “El Hoyo” se desplomó, dejando al descubierto su vientre vacío y lo inevitable de su destrucción pese a estar en el catálogo INAH de edificios con valor histórico, de la gloria antigua de esa casa no queda más que el recuerdo y la tragedia de la muerte de una persona que simplemente estaba en el lugar y hora equivocados.
Pero también queda el riesgo de un nuevo siniestro si el resto de la estructura se viene abajo, porque los materiales con los que fue construida son pesados y se encuentran a poco menos de que un ventarrón termine por ponerlos en tierra.
No es el único caso, el centro de Toluca se va llenando de estos edificios que son considerados como patrimonio histórico de la capital mexiquense pero al pertenecer a particulares no cuentan con el mantenimiento necesario para su utilización correcta y por el contrario devienen en estructuras que se han convertido en un verdadero peligro para los transeúntes y habitantes de la ciudad.
Es de destacarse este círculo vicioso en el que el Instituto Nacional de Antropología e Historia parece estar inmerso en este tema, pues por un lado asegura tenerlos catalogados por su valor pero por otro no se hace responsable ni por su mantenimiento, su chequeo o en último caso por su derribo.
En agosto de 2021, un año antes de la muerte de la persona que fue aplastada por la barda del edificio de Humboldt, una de las estructuras de la calle de Lerdo también había colapsado, por lo que en ese momento la delegación informó que de los 410 edificios catalogados como de valor, al menos 277 son propiedad privada, 81 son federales y solo 16 municipales.
El centro también reconoció, en esa época, que muchos de los inmuebles privados no son reportados como dañados por parte de los dueños hasta que colapsan.
Ante esto surge la pregunta de si el INAH no hace una inspección rutinaria a estos edificios para constatar su solidez y el estado en que se encuentra la estructura o si de buena fe recibe los reportes que dan los dueños de los mismos sin siquiera tomarse la molestia de verificar que efectivamente guarden ese estado.
Así las cosas es pasmoso ver como esa mecánica ha permitido el derrumbe parcial de estos edificios con ya una víctima mortal.
Desde el 21 de agosto de 2021, cuando se reportaba la caída de una infraestructura en Lerdo, posteriormente en septiembre de 2022 cuando cayó la barda sobre una persona y el primero de octubre de 2023 han habido un espacio de 13 meses entre cada uno de los desplomes sin que se hayan tomado cartas en el asunto.
Las condiciones climáticas, las temporadas de lluvias y la desidia parecen ser mucho más eficientes en ir derrumbando anualmente estos edificios reducidos a cascarones de terrenos baldíos, mientras que la burocracia se sigue entorpeciendo en papeles y dejando al tiempo hacer su trabajo.







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