Sociólogo especializado en el análisis de procesos políticos. Docente universitario en nivel licenciatura y posgrado.

Trump recargado: gana la presidencia, domina el Congreso y cuenta con aliados en la Suprema Corte. ¿Quién podrá detenerlo?

Es imposible que la esfera pública de nuestro país permanezca indiferente al escenario político de los Estados Unidos. Todos sabemos que la relación geográfica, y por lo tanto histórica, se sostiene mutuamente mediante lazos afianzados por una vecindad caracterizada por una dialéctica de amor-odio y de colaboración-desconfianza. Así ha sido a lo largo del tiempo, aunque los escenarios fluctúan según las cualidades o debilidades diplomáticas de los gobiernos. Debido a esto, es muy importante delimitar el papel histórico de Donald Trump en el vínculo entre ambas naciones.

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Como es bien sabido, Donald Trump es un empresario convertido en líder político que acaba de ser electo presidente de los Estados Unidos por segunda ocasión. Su personalidad agresiva como hombre de negocios y su dominio de los tiempos mediáticos lo han convertido en una figura muy conocida desde hace poco más de tres décadas. En realidad, su fama no ha sido espontánea, ya que a lo largo del tiempo ha sabido posicionarse en la conversación pública estadounidense.

También es conocida su tendencia a manejar un discurso de superioridad en la negociación, característica que ha explotado en sus relaciones con distintos actores de la política doméstica estadounidense, pero también en el ámbito internacional.

En su primer mandato, Trump usó indiscriminadamente una narrativa contraria a los derechos de las personas migrantes, a quienes criminalizó y responsabilizó de la situación económica del trabajador promedio estadounidense, quien lo premió con su reconocimiento y, sobre todo, con su voto, llevándolo a ocupar la Casa Blanca por primera vez en 2017 al derrotar a Hillary Clinton, a pesar de haber recibido una menor votación popular que la candidata demócrata.

La falta de compromiso de Trump con las instituciones democráticas quedó en evidencia cuando cientos de sus seguidores intentaron impedir la toma de protesta de Joe Biden en 2021, incitados a la rebelión y la violencia a través de mensajes emitidos por el propio Donald Trump. Este intento fallido dejó en claro, por un lado, que la fortaleza institucional de la democracia estadounidense presentaba grietas importantes y, por otro lado, que la base dura de seguidores de Trump era incondicional a los mandatos de su líder.

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Aunado a lo anterior, Joe Biden tuvo que enfrentar el inicio de su mandato envuelto en una significativa desconfianza de muchos electores que hicieron suya la demanda de fraude electoral a la cual Trump apeló incansablemente. Otra señal preocupante fue que Trump se convirtió en el candidato derrotado con el mayor número de votos en una elección presidencial, lo que indica que sus palabras no cayeron en saco roto, ni siquiera en medio de la derrota.

El pasado martes volvió a triunfar frente a una Kamala Harris que no pudo rectificar la caída de una errática campaña presidencial iniciada por Biden. No solo preocupa el triunfo contundente del candidato republicano: también obtuvo la mayoría en el Senado y, al parecer, la Cámara de Representantes tendrá mayoría republicana. Además, dispone de un mayor número de ministros de la Suprema Corte afines a su proyecto. A ver quién lo detiene.

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