Hay que tener cuidado, México no está en posibilidades de seguir perdiendo el tiempo atraído por la victimización de los espejismos o guiado por falacias, ni tampoco dando impulso a proyectos basados en obstinaciones personales, rencillas, complejos o caprichos de quienes toman decisiones
La resistencia al cambio es un concepto conocido. Se dice generalmente que es un mecanismo de defensa que se promueve a través del miedo. Ante el temor de perder lo que se posee, la gente se retrae, se aparta o combate para no perder lo que de algún modo ya ha ganado.
Esa resistencia ha sido parte de la narrativa presidencial, con base en la cual se ha intentado mantener en la opinión pública al gobernante como la víctima de conspiraciones, ataques y obstáculos ante los intentos de transformaciones que vendió como objetivos en diferentes ámbitos de la vida pública.
Puesto de manera unilateral podría creerse que efectivamente hay una legión de personajes perversos que, resistiendo la transformación, solo ven por su propio interés y son capaces de sacrificar el interés y beneficio colectivo de toda una nación o peor aún, de generaciones enteras de la sociedad.
Pero hay que tener cuidado, México no está en posibilidades de seguir perdiendo el tiempo atraído por espejismos o guiado por falacias, ni tampoco dando impulso a proyectos basados en obstinaciones personales, rencillas, complejos o caprichos de quienes toman decisiones.
El cambio que se requiere debe estar basado en serenos análisis de los problemas y evaluación concienzuda de las opciones posibles para elegir entre las mejores, para que asimismo sean los resultados, más allá de fobias o animadversiones personales. Y si no se ve así, derecho y obligación hay de resistir.
Debe decirse también, que no todo es absolutamente malo o bueno pero cuando se tiene un gran poder basado en la Ley y la democracia, esos dos conceptos son a los primeros que debe apegarse y lamentablemente ahí es donde están las primeras fallas.
El caso de los libros de texto de nivel básico es otro ejemplo de los tantos acumulados en este período de gobierno en el que ha sido recurrente asumir la postura de la víctima ante los amparos, las objeciones o las críticas, pero no se puede dar cauce a intenciones que no solo desatienden al sentido común y a la dinámica social, sino a la propia Ley y no muestran fehacientemente la conveniencia contundente que se necesita.
El poder supremo, si correspondiera a la sabiduría y sensibilidad superior -no a la búsqueda de la popularidad de las decisiones y la renta política por encima de todo- reconsideraría intenciones que van contra la Ley, que no son las más convenientes en costo-beneficio, que lastiman el entorno natural o que trascienden el momento por sus efectos negativos en la sociedad a mediano y largo plazo.
El Tren Maya, el Aeropuerto Felipe Ángeles, la Refinería de Dos Bocas o la desaparición abrupta del seguro popular, la interrupción intempestiva de las adquisiciones de medicamentos; por la forma en que se desarrollaron, son botón de muestra de lo que no se debe hacer impetuosamente, porque han tenido costos descomunales, escasos beneficios y no se debe repetir esa dinámica.
No es un tema siquiera personal, cualquiera que tome decisiones públicas desde instituciones de gobierno lo debe privilegiar, por eso la Ley y los tribunales en varios casos, da la razón a sus adversarios, para acabar por ser el Ejecutivo víctima sí, pero de la terquedad y los desatinos.
Es muestra también de lo que no se deberá replicar en el caso del Edomex ahora que la 4T toma el mando. Resistencia al cambio puede haber y se vence con base en la Ley, inteligencia, buenos diagnósticos, planes, programas, presupuestos, evaluaciones y buena comunicación. Ya deben saberlo.





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