Agua, pan y sal (1a Parte)

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Cultura Angélica Vargas - Zoo Politismou

Es la invocación que se realiza mientras se extiende sobre un petate, el pan, en forma de huesos que representa el alma de los muertos

Angélica Vargas

-¡Santa crucita ánima!

Se oye al momento de la consagración de la ofrenda de Día de Muertos en las casas en las que aún se habla otomí, al Norte de la capital mexiquense.

Es la invocación que se realiza mientras se extiende sobre un petate, el pan, en forma de huesos que representa el alma de los muertos.

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A cada una de las partes que la integran se repite la llamada, cuatro cruces en total una de cal, una de pencas de maguey, una de sal y una más de semillas (variedades de maíz y frijol), la bendición prosigue al momento de colocar los alimentos y bebidas.

Mientras los pueblos otomíes mantienen la tradición de “tender” la ofrenda, el caso de la ofrenda matlazinca es diferente, la elevación de arcos y niveles hacia el cielo y desde el inframundo sirven de portales para la entrada de las almas de los familiares muertos.

La ofrenda mestiza colocada sobre una mesa dispuesta con un mantel para la ocasión se purifica con la colocación en primera instancia de la sal.

Alrededor de ella se dispondrán todos los alimentos que la integrarán.

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Agua después de la sal y pan después del agua. Las velas y el copal arden mientras las frutas de colores se van combinando con los demás adornos de papel picado.

Se sirve la comida de los niños (pescado capeado en caldillo de jitomate) a su llegada el 28 de octubre; la comida de los adultos que se esperan para el día primero de noviembre a las 15:00 horas y es la que está compuesta por el mole, arroz, frijoles y tamales.

La ofrenda también incluye la cena de esa noche y el desayuno del día 2.

Al ver cada una de las ofrendas pareciera que son, de hecho, manifestaciones culturales diferentes.

No obstante, hay elementos claves que las unen.

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Sal que limpia y purifica, usada en rituales de sanación en muchos rituales de diferentes religiones.

El pan, que es la carne, el alimento, el cuerpo y representa la comunión.

El agua, fuente de vida. Las velas, guías de luz y símbolos del espíritu humano, el copal que perfuma la habitación de la ofrenfa y las flores, amarillas como el sol, guías del camino de las almas.

El resto de los alimentos, así como las bebidas, su disposición, adorno y demás parafernalia cambian y son tan variadas como tradiciones familiares hay.

En la tradición particular de la que escribe, hay que colocar además el último antojo que la persona tuvo antes de partir al más allá.

“Para el camino” se diría.

Es muy importante preservar las raíces de una tradición que hoy se considera patrimonio inmaterial de la humanidad.

Una creencia que hace a México un país único.

Una práctica cuya diversidad va de lo más solemne a los más profano. De la reflexión a la burla. Del temor a la devoción.

Algunas personas acostumbran a disponer en un plato, la comida que más les gustaba a las personas que recuerdan en su ofrenda.

Si es así, en la mía (si se sigue con la tradición) tendrán que colocar un enorme plato de sopa de verduras y agua de limón.

Díganme, ¿qué es lo que quieren en la suya?

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