Hablemos sobre las virtudes en la crianza de los hijos

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Alma Bernal - Catarsis

La crianza es la manera en que se educa a un niño: cómo se reconocen y se respaldan sus dones, la diferencia entre regar una planta y dejarla marchitar

Alma R. Bernal Trujillo / @AlmaBer03976513

Ser padre o madre es una de las actividades más complejas e importantes del género humano. Los padres son los primeros educadores del niño y los más importantes; sin embargo, han recibido poca o ninguna instrucción acerca de lo que deben hacer y cómo hacerlo. Por desgracia, los hijos no vienen con un manual de instrucciones. Entre los padres conscientes crece la preocupación de que los niños estén atrapados en el materialismo en detrimento del carácter, de que estén incorporando valores que anteponen el provecho personal a la ética, la integridad o el amor.

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Muchos llevan una vida en que los valores espirituales y la fe escasean o faltan por completo. ¿Qué deben hacer los padres? En los últimos años se han realizado esfuerzos valiosos para llenar el vacío de la orientación paterna; estos esfuerzos se concentran en el niño como individuo aparte, con sentimientos e ideas únicas.

Mucho se ha escrito sobre la salud emocional y psicológica de los niños y las familias, cubriendo temas tales como respetar los sentimientos del niño, mantener la paz familiar, fortalecer la autoestima, aprender a hablar de modo que los niños escuchen y aprender a escuchar de modo que los niños hablen. Lo que aún queda por tratar, de un modo amplio, es el modo en que los padres pueden satisfacer las necesidades espirituales de sus hijos.

Un niño es un ser espiritual a quien se trae al mundo para que crezca en cuerpo, mente y espíritu. Los padres son fideicomisarios, custodios y administradores; están aquí para amar y guiar a esa nueva persona, sobre todo en los primeros años. Los niños tienen la facultad inherente de aprender. Las investigaciones han demostrado que el cerebro comienza a aprender, a procesar información, aún antes del nacimiento, sus primeros maestros y los más importantes.

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Enseñar bien a los niños es sacar de ellos lo mejor. Muchos tenemos una vaga idea de querer lo mejor para nuestros hijos, desde aseguramos que tengan suficiente comida, ropa, contacto físico, juguetes y amigos hasta brindarles la mejor instrucción que esté a nuestro alcance. Queremos verlos triunfadores, bien casados y con hijos sanos. Queremos que sean felices.

Deseamos para ellos lo mejor. Lo mejor para ellos se relaciona estrechamente con lo mejor que hay dentro de ellos. Cuando se pregunta a una niña de seis años qué eran las virtudes, respondió: “Las virtudes son piedras preciosas en la mina del yo”.

La misión de los padres consiste en extraer esas gemas preciosas presentes en sus hijos y sacarlas a la luz.

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Qué son los niños

Como la bellota, que encierra dentro de sí la facultad de con­vertirse en un enorme roble, el niño tiene un gran potencial. Nacemos con todas las virtudes, los dones interiores, listas para desarrollarse. Lo que el niño devenga será el resultado de cuatro cosas: natu­raleza, crianza, oportunidad y esfuerzo. La naturaleza es el “perfil» de virtudes, los dones que el niño trae al nacer. Aunque cualquier niño tiene en él todas las virtudes en forma potencial, en un grado u otro, las posibilidades de desarrollar ciertas virtudes son mayores en un niño que en otro, así como la rosa tiene atributos diferentes a los del crisantemo.

La crianza es la manera en que se educa a un niño: cómo se reconocen y se respaldan sus dones, la diferencia entre regar una planta y dejarla marchitar. Las oportunidades que los niños tengan de poner en práctica sus virtudes harán posible que se conviertan en lo que son. El esfuerzo es responsabilidad del niño, su capacidad de responder a las oportunidades de poner en práctica sus virtudes. Se dice que Dios proporciona la naturaleza y los padres la crianza. 

El mismo niño debe decidir si responderá a las oportunidades de su vida. La opción ocupa el núcleo de la voluntad moral. Cuando el niño experimenta el surgimiento de sus virtudes, surgen naturalmente una auténtica autoestima y una verdadera felicidad. No hay nada más delicioso que la expresión de amor de un bebé, la maravilla y reverencia con que un niño de tres años examina un charco o una hoja, el orgullo con que el escolar aprende a anudar sus zapatos o montar en bicicleta, la seguridad cada vez mayor con que realiza cada pequeño acto de amabilidad o consideración.

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