Botero con su obsesión del volumen en la plástica se convirtió, ya en el siglo XXI en el blanco de los gordofobos que lo acusaban de mostrar a personas irreales
Angélica Vargas
“La belleza está en el ojo de quien la mira” más o menos son las palabras que se le atribuyen al filósofo David Hume, la frase muy traída y llevada, convertida casi en cliché parece no poder ajustarse a la realidad, llena de esquemas, modelos y opiniones que insisten en dictarnos lo que es hermoso.
Y en este panorama apareció la propuesta plástica de Fernando Botero, por allí de finales de los años 50 del siglo pasado cuando en su interés por representar el volumen como un eje de la plástica comenzó a representar a sus famosos “gordos”
De poco servían las explicaciones de Botero sobre que él no pintaba “gordos” -como de forma genérica y peyorativa se les suele llamar a las personas con sobrepeso- si no que su obra, enfocada en sensualidad del volumen requería de personas que efectivamente eran amplias y curvilíneas
Convencido de que era importante resaltar la tercera dimensión de un cuerpo en la pintura y la escultura comenzó su signo característico, la pintura satírica, reducida en espacio y enfatizando la redondez de sus protagonistas.
Por increíble que parezca las críticas a Botero, más allá de cualquier problema con la perspectiva, la proporción, la técnica, el color o cualquier otro factor relacionado con la práctica misma de su arte, resulta que sus detractores se enconaban con la idea de que las personas que pintaban eran de hecho, muestras de estilos de vida poco saludables y por lo tanto no eran intrínsecamente hermosos.
La gordofobia, es en su definición, una práctica de discriminación y marginación en contra de las personas a causa de su sobrepeso.
Botero con su obsesión del volumen en la plástica se convirtió, ya en el siglo XXI en el blanco de los gordofobos que lo acusaban de mostrar a personas irreales y ensalzar de cierta forma, condiciones de vida que afectaban seriamente a las personas.
A contrapelo de lo que las modelos pequeñas, aniñadas e hiperdelgadas decían en el mundo de la moda, las musas de Botero se presentaban lejanas e indiferentes y relucientes sobre sus curvas.
La belleza está en el ojo de quien la mira, por increíble y controvertido que parezca la belleza también fue dada a conocer por Fernando Botero a través de sus escenas pobladas de figuras contrarias a lo que por entonces (y por ahora) era considerado bello.
Fernando Botero y su pintura se convirtió, casi al final de su carrera en el emblema de los movimientos de una imagen corporal positiva, resaltando la sensualidad de las formas que también se encuentran en el “plus size” y el ambiente “curvy”.
Calificar la obra de Botero y reducirla a “un pintor de gordos” no solo es simplista sino inadecuada porque ni siquiera el pintor -fallecido a los 91 el pasado 15 de septiembre- lo consideró así.
El arte es de inicio punto de reflexión y Botero lo hizo posible, criticó las estructuras sociales de sus país y al hacerlo con su particular estilo nos sigue haciendo pensar en que la intolerancia a los cuerpos con profundas curvas es motivo suficiente para mostrarlas.





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