De la vista y de la apetencia

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Mario Vallejo Soriano - Soliloquios catárticos

«De la vista nace el amor», este conocido refrán se aplica en la industria alimentaria, donde las imágenes influyen en nuestras decisiones gastronómicas

Mario Vallejo Soriano / @VallejoSoriano

“De la vista nace el amor” es una frase que se escucha en repetidas ocasiones en diferentes circunstancias desde casi siempre. No hace falta explicarla, seguramente también la hemos aplicado en incontable número de veces cuando se decide ir al mercado a comprar el recaudo, al centro comercial a “hacer el súper” o a comprar un nuevo ajuar para la señora de la casa o de la casa misma.

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Esta conocida expresión, que también es muy utilizada en las diferentes áreas de la comunicación, pero sobre todo en el diseño y la mercadotecnia. Hoy en día se aplica de manera recurrente en la industria de los alimentos pasando, por supuesto, por la presentación que ha sido retomada en las artes culinarias.

No hay que ir lejos, en las populares cadenas de restaurantes, los locales siempre están rodeados de imágenes de los platillos que ofrecen. De igual forma, los menús, sobre todo ahora que se presentan de manera digital, cuentan con fotografías muy bien producidas donde la vista hace la venta. Es más fácil ver un suculento plato, mirar los colores y la disposición de los elementos y decidir, por encima de los ingredientes o de otros platillos solo registrados en oraciones.

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Un axioma de la imagen pública dice que 83 por ciento de las decisiones que tomamos las realizamos a partir de la vista. Por ejemplo, al ver una fotografía de unos coloridos chiles en nogada o una fresca ensalada verde, solemos decir “qué rico se ve” y al momento consideramos y decidimos lo que deseamos comer.

Sin embargo, la publicidad suele ser engañosa porque, cuántas veces hemos quedado decepcionados de la presentación de una hamburguesa que en la imagen se muestra con una jugosa carne desbordada de queso, montada sobre una cama de lechuga, con una brillante rodaja de jitomate y unas desparramadas gotas de catsup, todo ello arrebozado en un suave y consistente pan a uno aguado y aplastado, relleno de un famélico pedazo de carne y apenas unas marchitas hojas de lechuga y de jitomate todavía verde. Exagerado sin duda, pero muchas veces la realidad de un platillo dista mucho de la producción fotográfica.

Hoy en día, los restaurantes que se precian de ser tendencia consideran que no solo se trata de ofrecer nuevos platillos, innovación en las recetas o creación de nuevos sabores sin perder la esencia de la cocina, la sazón, dirían las abuelas, sino pensar también en el diseño: las formas, texturas, colores, balance, armonía, cantidad, volumen, etcétera, en el plato es decir la presentación de la comida que se va a ofrecer al comensal, el emplatamiento, dicen los expertos.

Sin duda, las imágenes nos dicen, nos invitan e incitan a comer tal o cual alimento. La mercadotecnia gastronómica se sirve de la imagen para vender, solo basta de una buena fotografía o de ayudarse de los usuarios de alguna red social donde los “foodies” o comidistas en español, suben sus fotografías para invitar a determinado lugar.

Para los sibaritas, no hay una experiencia gastronómica completa, al menos en la degustación, si no se plasman en los platillos aromas, texturas, colores y, por encima de todo, sabor. Elementos que lleven el acto de comer a niveles de sublimación, a la pecaminosa gula y al éxtasis de los sentidos, mientras que para los creadores, el reconocimiento y la solicitud para degustar de un platillo más, o de la repetición del platillo bajo el anzuelo sensorial de la vista, donde nace el amor. 

¡Buen provecho!

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