De los monumentos

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Mario Vallejo Soriano - Soliloquios catárticos

Periodista con estudios en Lengua Inglesa y Comunicación. Titular de relaciones públicas y comunicación social de diversas dependencias gubernamentales durante más de dos décadas.

Monumentos o caprichos políticos: de las “Suavicremas” al “Coyote en ayuno”, el arte urbano divide, escandaliza y al final, se impone

Cuando tenemos la oportunidad de visitar otros lugares, lejanos, por ejemplo Roma, Italia, dicen que uno no puede dejar de visitar esas grandes obras de arte que están a la vista de todo andante: arte en los edificios, en las plazas públicas, en las avenidas, en las calles y, en cada uno de ellos, bien podemos observar las grandes fuentes, los monumentos, esculturas o la arquitectura misma.

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Todo ello son elementos culturales y artísticos de las ciudades; reflejan parte de la cultura local que, en muchos casos, trasciende más allá de los mismos lugares y, en algunos casos, como el que se menciona, se volvieron parte del patrimonio, no solo del lugar, sino de la humanidad.

Algunas fuentes, por ejemplo, se construyeron con un sentido práctico, ya que servían para hacer llegar agua potable a la población o “simplemente” como bebederos, pero no solo eso; los edificios de viviendas o de servicios, al margen de su utilidad, eran, en la mayoría de los casos, pensados estéticamente.

Muchas de estas creaciones, como las esculturas y monumentos, son ideadas y construidas en entornos comunes, sociales, urbanos, para recordar hechos o actos cruciales de la historia de una sociedad, llámese ciudad o nación, pero otras veces solo para mostrar la expresión artística de los escultores.

Nada nuevo que los gobiernos o gobernantes, específicamente, le dan cierta importancia al recordatorio de fechas específicas a través de las diversas manifestaciones artísticas, a veces con esculturas, a veces con monumentos o con obras faraónicas a simple capricho o a veces, “sin querer queriendo”.

Me llega a la mente el conjunto escultórico de las Torres de Satélite, ubicado en el municipio de Naucalpan, creado más como un producto mercadológico para vender un ambicioso proyecto urbanístico que nunca concluyó y que, al paso de los años, irónicamente, fue considerado como una verdadera pieza artística.

Situación similar sucedió con el hoy Monumento a la Revolución Mexicana, en la Ciudad de México, pues la estructura que actualmente conocemos solo es una parte del malogrado Palacio Legislativo Federal que mandó construir el entonces mandatario Porfirio Díaz en las postrimerías de su gobierno; estructura que, años más tarde, fue rescatada para honrar al entonces recién concluido movimiento social armado.

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Regresando al Estado de México, existen cientos de construcciones, algunas “monumentales”, que, al margen de ser estéticas, se vuelcan en símbolos de identidad de los lugareños, como el Coyote en ayuno, ubicado en el municipio de Nezahualcóyotl, o el Guerrero Chimalli, escultura que se encuentra en el municipio de Chimalhuacán, ambas obras del reconocido artista plástico Enrique Carbajal «Sebastián» (si no las conoce, afortunados somos de contar con internet).

Decía que, guardando las debidas proporciones, ambas esculturas en su momento fueron motivo de críticas por diversos factores: por su estética, su intención social y política, pero, sobre todo, por el económico. Sin embargo, y sin lugar a dudas, han logrado su objetivo: ser ampliamente reconocidas e identificadas como parte de una comunidad.

Otro ejercicio de identidad, en el caso de la capital del Estado de México, son las famosas, reconocidas e identitarias Torres Bicentenario, construidas para conmemorar justamente el bicentenario del inicio de la lucha armada por la Independencia de México, en el marco de las actividades conmemorativas que se desarrollaron en todo el país.

Las Torres no solo se miran e identifican por su arquitectura y su identidad, sino porque ahí se encuentra un espacio museístico. Incluso, su nombre oficial fue Museo Torres Bicentenario, que, en un inicio, estuvo dedicado a la misma lucha armada, pero que en la última administración estatal se tornó en un museo galería, que tiene o tenía la intención de ser un punto de encuentro para que los artistas emergentes pudieran darse a conocer y comercializar su obra.

Las Torres Bicentenario, como las conocemos populosamente, lograron tener una gran aceptación entre la gente, quienes inmediatamente las hicieron suyas y, al mismo tiempo, desplazaron del imaginario social a la Puerta Tollitzin, que también pretendió dar identidad a los tolucos, sin mucho éxito. Sin embargo, la creatividad popular la hizo más famosa cuando nombró a este monumento como “Las Jirafas”.

Hoy, las Torres Bicentenario son ampliamente conocidas, reconocidas y de uso común, porque bien se pueden encontrar como imagen de los servicios de taxis y autobuses o como logo de ciertos eventos sociales o económicos, como lugar de eventos o, más simple, como referente de la ciudad, entrada y salida de la ciudad.

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En fin, que estas obras escultóricas, monumentales, conmemorativas o festivas, se vuelven parte del entorno social, obras que crean identidad y unidad. ¿Les suena el Monumento a la Independencia, coloquialmente conocido como el Ángel de la Independencia?

Los monumentos, al menos desde la perspectiva de un espacio, una imagen o una evocación, regularmente buscan recuerdos positivos. Porque, acoto, también hay esfuerzos que nunca cuajaron, como la tristemente famosa Estela de Luz, también en la Ciudad de México, bautizada coloquialmente como Las Suavicremas, monumento que muy pocos recuerdan, para bien…

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