Apenas va pasando la resaca de la elección de 2023 y los partidos estatales deben acelerar los trabajos para la de 2024; cada cual tiene que resolver sus propios problemas pero definitivamente para ninguno será algo sencillo

J. Israel Martínez Macedo

La elección de 2024 ya está en marcha y en el Estado de México se anticipa un proceso sui generis debido a la concurrencia de la elección federal para la renovación de la Presidencia, diputaciones federales y senadurías además de las presidencias municipales y las diputaciones locales en las que, por primera vez, no habrá un gobierno priísta a modo de red de protección para apoyar a su candidatos.

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Por si fuera poco, hay un muy claro rompimiento entre los tricolores mexiquenses y su dirigente nacional, quien no solo ha querido lavarse las manos ante la derrota, también les ha faltado el respeto al entrometerse directamente en el proceso local impugnando la elección a través del representante del CEN; una afrenta que no terminará bien para un, de por sí, alicaído Alejandro Moreno que ha recuperado, al menos entre los priistas locales, el mote de “Amlito” por su cercanía con el presidente López y las acusaciones de trabajar para él y no para el PRI.

La resaca de la derrota aún no termina de pasar. Al interior del partido hay grupos que aún buscan culpables y quieren ver cabezas rodar mientras que otros llaman a dejar atrás lo ocurrido el 4 de junio y reagruparse para hacer frente a una elección que, ahora sí, podría ponerlos realmente contra la lona.

Los números no mienten. El priísmo mantuvo su número de votantes pero eso no es del todo bueno, si bien significa que no han perdido esa fuerza de la militancia, también implica que en seis o 12 años, no han podido hacerla crecer tampoco. Las dirigencias estatales de estos últimos años parecen haberse olvidado del trabajo con las bases, de atraer a nuevos militantes y de hacer crecer la estructura por lo que hoy están pagando esos errores.

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La elección de 2024 en la entidad será la verdadera prueba de fuego para los priístas porque, de por sí, ya en este proceso tuvieron varias bajas entre sus filas de personas que decían apoyar con todo al partido y desparecieron en la jornada electoral o, de plano, renunciaron a sus cargos en el gobierno semanas antes de la elección para tratar de que la nueva administración morenista no los vincule con el PRI y buscar un acomodo en esos espacios.

Para 2024 el PRI debe replantearse volver a sus raíces, olvidarse de los compadrazgos y las cuotas de poder y ser muy inteligentes y honestos al postular a sus candidatos. Aún está en vilo la posibilidad de una alianza, más aún cuando los perredistas amenazan con dinamitarla ante el susto de estar a nada de haber perdido el registro como partido estatal.

El conflicto existente con al dirigencia nacional pinta un escenario en el que Alejandro Moreno no contará con el apoyo de los priístas mexiquenses y los priístas mexiquenses no permitirán nuevas intromisiones de su dirigencia nacional; una lucha interna de poder que tendrá constancia en la designación de los candidatos a los puestos federales que, seguramente, querrá imponer el CEN y que, en caso de ejecutarse de esa forma, no contarán con el respaldo de los grupos locales.

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En contraparte, si los priistas mexiquenses consiguen colocar a sus propios cuadros a las diputaciones federales y las senadurías, deberán hacer frente a la elección lejos del respaldo de la dirigencia nacional que, básicamente, se ha echado la soga al cuello al entrar en conflicto con la militancia más numerosa del partido; no es cosa menor.

Por el lado de Morena, la victoria podría generarles más problemas que la derrota. El partido guinda deberá echar mano de todos sus cuadros para cubrir la mayor cantidad posible de espacios en un gobierno voluminoso. Se anticipa que habrá una reducción en el número de dependencias de la organización, que algunas secretaría volverán a fusionarse y otras desconcentradas volverán al sector central.

Se espera, también una andanada de solicitudes de jubilación y jubilación anticipada en puestos operativos clave que podrían generar problemas a la administración si no se cubren con perfiles experimentados o con el conocimiento necesario para que la operatividad continúe; a pesar de los números de votantes con los que ganó la elección, eso no significa que el partido cuente con los perfiles idóneos para estos espacios.

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Aunado a lo anterior, deberán mantener ciertos perfiles con relativa fuerza para hacer frente a la elección de 2024, se trata de 125 personas para encabezar las presidencias municipales más un promedio 4 o 5 por alcaldía para formar parte de las plantillas edilicias, a eso se le deben sumar 45 propuestas de diputados que no pueden salir las filas de quienes se integrarán el 15 de septiembre a las filas gubernamentales.

¿Quién se va a encargar de organizar todas esas estructuras? ¿Higinio Martínez? ¿Horacio Duarte? ¿Delfina Gómez? ¿Martha Guerrero? ¿Mario Delgado? Quién será el hombre o mujer fuerte que asuma el papel de liderazgo. En las tradiciones partidistas heredadas generación tras generación del PNR desde el origen del sistema de partidos en México, la lógica apuntaría a que debería ser Delfina Gómez como gobernadora de la entidad pero ¿será que la dejen?

Los partidos locales deben dejar atrás la elección de gobernadora los más pronto posible para poder mirar hacia adelante y hacer frente a sus respectivas realidades. PRI, PAN y PRD viven en lo individual escenarios diversos que podrían alejarlos y no volver a conformar una alianza que les permita hacer frente en el conjunto. Morena deberá ponerse a trabajar para evaluar cuadros nuevos, confiables y capaces para cubrir todos los espacios que se están abriendo.

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La elección de 2023 fue una elección complicada para los priístas pero la de 2024 sí pinta para ser catastrófica si no se reestructuras y recomponen el camino rápidamente. Para los morenistas, en cambio, una mala selección de cuadros o la imposibilidad de cubrir todos ellos abre espacios a errores importantes que no pasarán factura de inmediato, sino que podrían cobrarse en 2027, incluso 2029.

Si la elección de 2023 fue compleja, la de 2024 pinta un panorama aún más complicado para todos los actores y cada uno de ellos deberá prepararse para hacer frente a sus respectivas necesidades y situaciones. El PRI debe encontrar rápido un nuevo liderazgo que sea reconocido por los tricolores para iniciar la recomposición mientras que Morena necesita urgentemente definir su nueva estructura a partir de su nueva conformación. El tiempo corre y no se detiene para nadie.

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