Los barbudos en Toluca

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Rodrigo Sánchez

Hace 71 años el asalto al Cuartel Moncada por Fidel Castro marcó el antecedente clave de la Revolución Cubana, el Profesor Mosquito relató sobre su estadía en Toluca

Rodrigo Sánchez / @RodrigoSanArce

Hace 71 años, el 26 de julio de 1953, en Santiago de Cuba, algunos jóvenes rebeldes del Partido Ortodoxo encabezados por Fidel Castro, asaltaron el Cuartel Moncada con el fin de derrocar al dictador Fulgencio Bautista. Como sabemos, el asalto fracasó y los principales cabecillas fueron encarcelados.

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Si bien este hecho no constituye formalmente el inicio de la Revolución Cubana, si es el antecedente más importante, incluso es el acontecimiento más recordado ya que el inicio exacto de la revolución no está tan claro. Casi dos años después Fidel salió de la cárcel y en 1956 vino a México a preparar su guerrilla, junto con su hermano Raúl, el legendario “Che” Guevara y otros.

Alfonso Sánchez García el Profesor Mosquito, mi padre, contaba en la sobremesa que Fidel y su hermano querían entrenar a sus hombres en las faldas del Nevado de Toluca y mi padre los llevó al municipio de Calimaya, de donde era oriundo; y que el “Ché” entrenó a sus hombres del otro lado, es decir, en las faldas del Popo y el Izta, allá por Amecameca y Chalco. Ciertamente Ernesto Guevara anduvo por el Valle de México y fue a casarse en Tepotzotlán con Hilda Guedea.

Mi padre dejó escrita una crónica sobre la estadía de los barbudos en Toluca, que fue publicada en El plumaje del Mosco (páginas autobiográficas) (primera edición, UAEMex, 2001; segunda edición, FOEM, 2015). Quién mejor que él para contar lo que vivió directamente con los legendarios guerrilleros, en su crónica que mi hermano Sánchez Arteche tituló “Cuando serví de cicerone a la guerrilla cubana”, de la cual reproduzco a continuación las líneas más relevantes.

Pues bien, ellos, Laurita y Joarbe, fueron quienes trajeron a Fidel Castro a Toluca. Venía acompañado de Raúl, su hermano; del coronel Manuel Márquez, más tarde asesinado proditoriamente en el viaje a la Sierra Maestra y que hoy, con justicia, es considerado como el Héroe de Marianao; y finalmente, por Jesús Reyes, Chuchú, que la hacía, en cierta forma, de chofer de Fidel.

Hank me dijo desde un principio que debíamos procurar ayudarles en todo lo posible a cumplir los propósitos que los traían a México. Incluso puso a disposición una camioneta que manejaba Luis Sicilia, que siempre fue secretario privado de Carlos. Estaban precisamente en la casa de este último y nos disponíamos a comer cuando Castro me llamó aparte para explicarme sus requerimientos. Quería que le ayudara a localizar un buen sitio, apartado, solitario, mientras más agreste mejor, a fin de preparar jefes de guerrilla. Me explicó que en Cuba contaban con miles de guajiros que estaban dispuestos a tomar las armas en contra de la dictadura, ya insoportable, de Batista.

En Toluca convivieron el Profesor Mosquito y Fidel Castro

Eso fue en 1956 y debo advertir que Castro llegaba precisamente de Nueva York, después de haber constituido en forma definitiva el Grupo 26 de julio. Aquí se le habían juntado algunos importantes personajes del movimiento y me dijo que el coronel Bayo deambulaba por las estribaciones del Popo, en Chalco, con la misma función de preparar cuadros de mando guerrillero. Ese día supimos de la vehemencia, del carácter tórrido de Fidel, pues recuerdo que estuvo platicando durante toda la comida respecto a sus planes revolucionarios, describiendo el estado de ignominia en que luchaban las fuerzas estudiantiles y del pueblo en general; habló de las torturas, de las vejaciones, de las traiciones e infidencias de los propios elementos que se creían de avanzada; en fin, relató los crímenes (que incluso entonces no eran tantos) de la dictadura batistiana y terminó dando un terrible golpe sobre la mesa:

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–Para enero próximo —gritó— te juro que estaremos colgando traidores en los postes de La Habana.

Esta frase la transcribo casi textualmente, aunque parezca contradictoria, ya que no hubo tales colgados, aunque sí funcionó el paredón en lugar de los arbotantes habaneros. Tampoco fue en enero de 1957, pero sí el mismo mes de 1959. De modo que su profecía de esta tarde se hizo realidad, pero con algunas pequeñas variantes. Recuerdo que Hank se quedó impávido, también su esposa Lupita, y Luis Sicilia incluso saltó medio metro sobre su asiento.

Al otro día nos encontramos en el Hotel Rex, donde habían tomado habitaciones. Parece que sólo Raúl se quedó en casa de Hank con su hijo Carlitos, con quien todavía jugaba como un chiquillo que era este joven revolucionario. Hay que advertir que en esos días Raúl andaba apenas por los dieciocho años, aunque ya mostraba la misma pasión y rebeldía que su hermano. Durante el desayuno lo vi preparando su cámara fotográfica, de la que no se despegaba. Tomó una gran cantidad de fotografías de los dos viajes que hicimos por el interior del estado. No sé si aún existan esas placas. En caso de que así sea, deben ser una prueba de lo que en estas líneas digo.

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Ese día fuimos al Nevado de Toluca, pasando por Calimaya y Zaragoza. Nos acompañaron en esa ocasión Laurita y Joarbe. Nos internamos en la sierra con apenas unos comestibles que la propia Laurita se encargó de preparar y brindarnos amorosamente al mediodía. A partir del molino de Santa Rosa, ya abandonado, fuimos buscando algunos sitios apartados y cuando encontramos el que fue de su gusto, se pusieron a practicar el tiro al blanco con las botellas de refresco y cerveza que habíamos consumido en el trayecto.

Todos portaban pistolas 45 y hasta Raúl era ya un experto tirador. Así pasamos la tarde, pero en cierto momento algunos pastorcillos comenzaron a asomar la cabeza por entre las barrancas y al final de cuentas el lugar no le gustó a Fidel, pese a que le aseguré que el molino era de algunos parientes míos y de confianza. Creo que le pareció estar emboscado. Por lo demás, le habían hablado de un capitán Acosta, dueño de un rancho por el rumbo de Ixtapan de la Sal, y quiso que el día siguiente lo empleáramos en localizarlo y tratar con el dueño. Yo tenía que en mente también otros lugares, pero ese día regresamos a Toluca y la cena se organizó en la casa de Hank.

Por la mañana, antes de partir rumbo a Tenancingo e Ixtapan, Raúl quiso conocer la zona arqueológica de Calixtlahuaca, como a diez minutos de Toluca. Era notable el interés de los jóvenes por la cultura, las costumbres, etc., de México. Recuerdo que el día anterior, al pasar por Calimaya, Fidel platicó con algunos campesinos sobre sus condiciones, sus percepciones, la forma en que trabajaban y vivían, y muchos otros aspectos. Por lo que toca a Calixtlahuaca, Carlos me recomendó que hiciera una explicación, lo más amplia posible, teniendo en cuenta el interés y la preparación de los muchachos. En las ruinas Raúl se dio vuelo tomando fotografías. En esa ocasión no nos acompañaba Laurita y Joarbe y viajábamos en el coche de Fidel. El día antes lo había hecho en la camioneta de Hank, que tenía mayor cupo.

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Fidel permanecía generalmente silencioso, sin duda meditando. Raúl tampoco era muy expresivo y menos aún Chuchú, que se encontraba al volante. Más tarde lo volví a ver como capitán de la guardia personal del ya Primer Ministro de Cuba. De modo que la conversación corría por cuenta de Márquez, con quien dialogaba interminablemente sobre los temas de la política.

Buscamos al capitán Acosta en su rancho, pero no estuvo y ese día no hubo tiro al blanco. Pero llegamos hasta el balneario de aguas termales, donde los muchachos quisieron probar el azufre. Haciendo honor a su temperamento, recuerdo bien que Fidel se la pasó en la alberca chicoleando a una gringuita muy rubia, muy blanca, pero un poco gordita.

Era fin de semana y yo quedé de buscar por mi cuenta al capitán Acosta, cuyo rancho sí había tentado a los revolucionarios. Debía llevarles la respuesta la semana siguiente a la casa de Hilda Guedea, que estaba en la ciudad de México, en las calles de Nápoles, no recuerdo qué número. Al final de cuentas no pude localizar al tantas veces mencionado Acosta, pero con mi hermano Edmundo conseguimos un ranchito muy apartado, por los cerros tenanguenses.

Por cierto que fui a tomar el turismo para viajar a México y entrevistarme con Fidel en la casa de la Guedea, compré el diario para informarme durante la hora y pico del trayecto… y casi se me saltan los ojos al ver la noticia de que Fidel y los muchachos habían caído en manos de agentes de la Federal de Seguridad, sin duda pagados por el “chacal de La Habana” o por la CIA. Vi, entre otras cosas, que habían cateado el departamento de Hilda Guedea, por lo que me pareció inútil e incluso peligroso irme a meter a la boca del lobo. Ahí habían sorprendido a varios rebeldes cubanos.

Cuando regresé con Hank, ya sabía también la noticia y me indicó que tratara de ver a Fidel en el cuartel del Pocito, donde –según se decía– fue llevado con sus compañeros (después supimos que a muchos, entre ellos a Chuchú, les habían aplicado torturas, aunque a los dirigentes del grupo les tuvieron un poco de mayor respeto). Los mantuvieron incomunicados y pese a mi calidad de periodista no los pude ver. El resto es historia que nada tiene que ver con Toluca, que es ya archisabida y por ello pienso que con las anteriores notas he cumplido.

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