Es consultora en comunicación estratégica, docente e investigadora universitaria. Con más de tres décadas de experiencia en los sectores público, privado y social; ha trabajado en comunicación organizacional, gestión reputacional y proyectos culturales así como en iniciativas de comunicación digital y transformación institucional.
No todo el que publica es periodista: en la saturación informativa, el ruido compite con el rigor y pone en riesgo la memoria pública
El pasado fin de semana, en el marco del Día del Periodista Mexiquense y Latinoamericano, se llevó a cabo una ceremonia que obligó a hacer una pausa para recordar a quienes ejercieron el periodismo en el Estado de México y que hoy ya no están. A quienes dedicaron su vida a documentar la realidad, a dar seguimiento a los hechos y a sostener, desde su trabajo cotidiano, el derecho de la sociedad a estar informada.
Cada nota publicada, cada cobertura, cada investigación forma parte de algo más grande que el momento en que ocurre. Forma parte de la memoria pública. Y la memoria, en el periodismo, no es un gesto simbólico: es una responsabilidad permanente, porque lo que se documenta existe para siempre en la conversación pública.
Ese recordatorio cobra aún más sentido en el contexto actual, donde el ejercicio periodístico enfrenta transformaciones profundas. Los modelos tradicionales de los medios están en transición, las audiencias se fragmentan y la lógica de producción y consumo de información cambia con rapidez. Al mismo tiempo, el espacio público se ha ampliado como nunca antes: hoy, cualquier persona puede generar contenidos y colocarlos frente a miles o incluso millones de personas.
Esa apertura ha diversificado las voces, pero también ha modificado la manera en que circula la información. La velocidad con la que se difunden contenidos, muchas veces sin verificación ni contexto, ha colocado en el mismo plano piezas que responden a un trabajo profesional y otras que no necesariamente siguen los mismos criterios. Pero, más ahora que antes, no todo lo que circula es información, y más aún: no todo el que informa o publica es periodista.
En este entorno, el valor del periodismo se redefine. La exigencia de investigar, contrastar fuentes, verificar datos y contextualizar hechos adquiere un peso mayor, porque es precisamente eso lo que permite distinguir entre lo que aporta claridad y lo que solo añade ruido.
El reto no está en adaptarse a nuevas plataformas o formatos, sino en sostener el sentido del oficio en medio de esta transformación. Porque cuando el rigor se diluye, lo que se pierde no es únicamente una práctica profesional, sino una de las bases que sostiene la vida pública.
La memoria de quienes ejercieron este trabajo con compromiso invita al reconocimiento y obliga a mirar el presente con mayor responsabilidad. A entender que el contexto actual demanda más cuidado en lo que se publica, más conciencia sobre sus efectos y más claridad sobre el papel que cada quien desempeña en la construcción de la conversación pública.
El periodismo se define por la forma en que se ejerce. Y en un entorno donde la información circula con suma velocidad, esa diferencia resulta cada vez más relevante.
En este escenario, la pregunta correcta es entonces: cuando todo parece informar, ¿qué estamos reconociendo como periodismo… y qué valor agrega a la sociedad actual?





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