Periodista. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Miembro fundador del Sistema de Radio y Televisión Mexiquense, conductor principal de diversos noticieros y programas informativos en el mismo. Conduce «Estrategia Pública» los martes a las 20:00 en Mexiquense Radio 1600 AM. Colabora en el canal de YouTube Trascendi Humanitas.
“Cuando mezclas ignorancia y soberbia obtienes una dosis de mediocridad”
Salomón
Dicen que, para tener éxito en la vida, uno tiene que saber elegir sus peleas. La contienda siempre debe evitarse, pero si esto ya no es posible, será preferible optar por una batalla antes que por una guerra: la primera representa un enfrentamiento específico y limitado en tiempo y espacio, en tanto que una guerra es un conflicto de mayor duración y alcance. Pues bien, pareciera que este consejo no aplica para quienes detentan el poder en nuestro país, pues ni optan por la prudencia, escogen mal a sus adversarios y escalan los conflictos innecesariamente.
Llevamos una semana presenciando cómo, después de publicado en la revista Letras Libres un artículo del expresidente Ernesto Zedillo, la soberbia ha nublado el juicio de nuestras autoridades. El ensayo, al igual que los escritos en muchos otros medios —y con argumentos semejantes— concluye que la democracia en nuestro país ha muerto tras la aprobación de la reforma al Poder Judicial.
Todos han sido contundentes, pero sin duda, este caso alcanza un nivel mayor cuando quien lo dice fue el artífice de la anterior gran reforma judicial: el creador del Consejo de la Judicatura Federal y quien consolidó el papel de la Suprema Corte de Justicia de la Nación como tribunal constitucional. En una palabra: quien respetó su autonomía y contribuyó a construir una sociedad democrática.
Tales consideraciones fueron erróneamente ponderadas, y la respuesta fue la acostumbrada: el ataque frontal, la descalificación y, finalmente, la amenaza directa contra quien las profirió. De paso, pensaron, desviarían la atención de un tema álgido: la iniciativa de ley de telecomunicaciones que, en su redacción original, permite a las autoridades “competentes” solicitar el bloqueo de plataformas digitales a todo aquel que publique en contra de lo acordado por este gobierno.
Si bien en este tema consiguieron un impasse, este no se ha resuelto del todo, toda vez que incluso la ONU, a través de la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, ha pedido al Senado mexicano consultar y considerar los estándares internacionales de libertad de expresión antes de aprobar semejante “mordaza”.
Pero volviendo al tema central: el expresidente mexicano no se ha inmutado y ha hecho crecer la polémica con argumentos sólidos de contraataque, a tal grado que es él ahora quien marca la agenda de gobierno, y no sus pretendidos detractores.
Pese al inmenso aparato que han desplegado para desacreditarlo, en una palabra: se equivocaron de distractor y de personaje. Hoy, más que nunca, su efectividad para gobernar está en entredicho, y solo atinan a hablar de la popularidad que los respalda (81 %, dicen), sin aportar elemento alguno que lo sustente.
Si este porcentaje va de la mano con el que asegura que el rechazo de los mexicanos a los dichos de Zedillo alcanza 60%, o con aquel que supuestamente estaba a favor de la reforma judicial y lo demostraría en las urnas (68% y 75% de los encuestados), pero ahora la propia presidenta Sheinbaum admite que solo sufragará 5% del padrón y que ello es un “éxito”, entonces entendemos que lo que vivimos en México es solo una mascarada.
Los tiempos por venir se tornan cada vez más difíciles. Zedillo decidió dejar el silencio a un lado; con argumentos puntuales y cuestionamientos certeros dejó en claro que la Cuarta Transformación no castiga necesariamente el delito, sino la voz que disiente, la que pide y exige claridad, aquella que osa pensar que la democracia es el único camino por el que vale la pena transitar.





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