Periodista. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Miembro fundador del Sistema de Radio y Televisión Mexiquense, conductor principal de diversos noticieros y programas informativos en el mismo. Conduce «Estrategia Pública» los martes a las 20:00 en Mexiquense Radio 1600 AM. Colabora en el canal de YouTube Trascendi Humanitas.
“La palabra progreso no tiene sentido mientras haya niños infelices.” —Albert Einstein
Hace 101 años (1924), se declaró el 30 de abril en México como la fecha para reafirmar los derechos de nuestros niños, trabajando en la construcción de una infancia feliz y buscando su desarrollo pleno. Surge así el “Día del Niño” en nuestro país, 35 años antes, incluso, de que la ONU decretara el 20 de noviembre como la fecha con los mismos fines a nivel internacional.
Qué lejos quedaron esas buenas intenciones. De poco sirvió habernos adelantado a organismos mundiales en el análisis de lo que debería hacerse para garantizar los derechos elementales de nuestra infancia.
Con el correr de los años, el país optó por voltear la vista antes que enfrentar la explotación laboral y física de nuestros niños. Y, aunque se buscó protegerlos laboralmente, poco se hizo para blindarlos del reclutamiento del crimen organizado o del uso como principal “producto” del turismo sexual, donde México ocupa ahora el deshonroso segundo lugar mundial, solo detrás de Tailandia.
Cifras estiman que alrededor de 17 mil menores en México son explotados sexualmente. Según el INEGI, diariamente más de cuatro niñas o niños son víctimas de abuso sexual, especialmente en destinos turísticos como Playa del Carmen, Acapulco o Puerto Vallarta, favoritos de los más de 600 mil depredadores sexuales que viajan a nuestro país a destruir nuestra mayor riqueza natural: nuestros hijos.
La pobreza, la violencia familiar, la desatención y los vacíos legales han provocado que muchos menores vean transformados sus sueños en auténticas pesadillas kafkianas que los marcarán de por vida.
Para colmo, la corrupción, el desinterés por impartir justicia y las lagunas legales hacen que solo uno de cada cien casos presentados llegue a una sentencia condenatoria. Y conviene recordarlo: este no es un fenómeno reciente.
Hace ya dos décadas, Lydia Cacho documentó la explotación, el comercio y el turismo sexual infantil en México. Aunque en su momento hubo escándalo público, las autoridades siguieron “nadando de muertito”, sin voluntad de enfrentar abiertamente este ultraje.
Hoy existe una nueva oportunidad, gracias a la iniciativa impulsada por la diputada federal queretana Tania Palacios Kuri, quien logró el respaldo casi unánime del pleno —451 votos a favor, cero en contra y cero abstenciones— para reformar la Ley General de Turismo, protegiendo a los menores que viajan y se hospedan con adultos.
A partir de esta reforma, los hoteleros están obligados a comprobar fehacientemente el parentesco o la tutela legal de los adultos que viajen con menores. En caso contrario, deberán negar el servicio y reportarlo de inmediato a las autoridades.
Esta reforma, se estima, llena vacíos legales e involucra a sectores antes imposibilitados de participar en el combate a este cáncer incrustado en los seres más sensibles de nuestra sociedad. Sería ingenuo pensar que el problema se resolverá por arte de magia, pero al menos hoy se cuenta con una herramienta más para enfrentarlo, y la prevención no es cosa menor.
Por cierto, esta medida ha sido tan bien recibida que el Senado ya anunció que sumará nuevas acciones para fortalecer la protección de la niñez. Cuando el fin último es servir verdaderamente, no importa quién proponga una iniciativa para que valga la pena apoyarla. Lamentablemente, muchas autoridades siguen prefiriendo el garrote antes que el cerebro… y el corazón.






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