Hay que reconocer que la sociedad capitalista moderna es esencialmente una sociedad constituida para consumir, esta afirmación nos puede conducir a la suposición equivocada de que existe una condición causal entre ambos factores sociales

José Javier Niño Martínez / @JosJavierNioMa1

He tomado el título de esta colaboración del apartado de un libro de Roberta Sassatelli que lleva por título: Consumo, cultura y sociedad (Amorrortu, 2012), el cual rescato en la antesala de las fechas que anteceden el cumplimiento del ciclo que denominamos como un año. Sin detenernos en las explicaciones astronómicas lo que busco es un acercamiento a la condición sociocultural del ciclo anual, sobre todo desde la lógica del consumo en la sociedad actual.

En primer lugar, hay que reconocer que la sociedad capitalista moderna es esencialmente una sociedad de consumo, esta afirmación nos puede conducir a la suposición equivocada de que existe una condición causal entre ambos factores sociales, sin embargo, es falso pensar que el consumo superfluo solo se desarrolla en el capitalismo moderno.

Hay que considerar que históricamente existen casos en que las sociedades no capitalistas (como las sociedades medievales por ejemplo) otorgaban un estatus social específico por medio de la propiedad y lucimiento de productos onerosos, entre los que se encontraba el valor asignado a los metales y piedras preciosas (oro, plata, esmeraldas o diamantes) o incluso el color de ciertas telas (rojo o índigo).

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Su propiedad implicaba, al igual que hoy, una situación extraordinaria de distinción de una clase social. Si bien la ambición de los bienes materiales trascendía a los diferente grupos sociales, estos eventos eran excepcionales a los cuales los siervos o incluso pequeños propietarios no podían ni siquiera aspirar, ya no se diga las personas en condición de esclavitud o clases poco favorecidas.

Por otro lado, la característica del capitalismo moderno es que lleva el consumo a una esfera cotidiana. Dice Sassatelli (2012): nuestra cotidianidad se halla organizada, típicamente, como una alternancia bastante estructurada entre tiempos de trabajo y tiempos de consumo, a los que les corresponden lugares diferentes: nos levantamos cada mañana con el fin de obtener los medios no solo para la subsistencia sino para el consumo. En este sentido, la relación de la organización del tiempo se articula a través de dos objetivos centrales: para trabajar y consumir.

El ciclo de la vida suele determinarse a través de cuestiones como el tiempo que tardamos en trasladarnos al trabajo o el costo de la canasta básica. Los significados del lenguaje adquieren sentido en esta lógica de consumo y suelen incluso determinar estados de ánimo entre las personas: horas extra, aguinaldo, inflación o costo de vida pueden traducirse en expresiones de felicidad o decepción según sea el caso.

Vivimos un tiempo en el que el consumo de bienes y servicios supera a las necesidades, que suponen un entorno cultural como la moda o las festividades. El fin de cada año se ha convertido en un entorno propicio para exacerbar el consumo, muchas veces de forma innecesaria e irreflexiva, pero al mismo tiempo representa una oportunidad de acercamiento con familiares y amigos para plantearnos metas como mejores personas y mejores sociedades, una oportunidad que no debemos desaprovechar.

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